
Había lugares de los que para los marginales era posible escapar. De una cárcel, de una ciudad y hasta de un país, burlando sus controles. Pero de aquella prisión instalada frente a las costas de la Guayana Francesa parecía imposible huir incluso cuando las puertas permanecían abiertas. El problema no eran solamente los guardias que vigilaban. Estaba el mar, las corrientes, los arrecifes y los tiburones. Todo en el escenario de una selva donde también las enfermedades y el hambre aportaban lo suyo.
Y más allá de eso, una legislación que podía obligar a un condenado a permanecer allí incluso después de haber cumplido su pena. Durante un siglo, el sistema penitenciario conocido como Bagne de Cayenne –presidio de Cayena, renombrado como la “guillotina seca” debido a las terribles condiciones de tortura y aislamiento- convirtió aquella región tropical de Sudamérica en el destino de decenas de miles de presos franceses.
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La pequeña Île du Diable, terminó prestándole su nombre a toda la pesadilla. Pero la realidad era todavía más compleja. La colonia penal estaba formada por establecimientos de tierra firme y por varios archipiélagos. Los más conocidos eran Île Royale, Île Saint-Joseph e Île du Diable, pertenecientes a las llamadas “de la Salvación”. La pequeña Isla del Diablo fue utilizada especialmente para presos políticos y algunos detenidos considerados particularmente peligrosos. Allí estuvo encerrado Alfred Dreyfus, el capitán francés injustamente acusado de espionaje y condenado por traición.

En ese lugar, durante décadas, el Estado francés construyó una prisión cuya fama terminó siendo tan terrible que sobrevivió mucho tiempo después de que los últimos presos abandonaran sus celdas. Recién el 22 de agosto de 1953, aquel mundo llegaba finalmente a su final. Habían pasado aproximadamente cien años desde su creación.
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Una solución para “los indeseables”
La historia comenzó durante el siglo XIX. Francia buscaba una manera de deshacerse de una población penitenciaria que crecía y, al mismo tiempo, pretendía utilizar sus colonias para desarrollar territorios considerados remotos. La Guayana Francesa parecía ofrecer una solución. En 1852, durante el gobierno de Napoleón III, comenzó a funcionar el sistema penitenciario que terminaría siendo conocido como la colonia penal de Cayena. La idea tenía una lógica aparentemente sencilla: enviar a los condenados lejos de Francia.
El océano Atlántico separaba a los presos de sus familias y de la sociedad que los había condenado. Pero el aislamiento no era el único objetivo. Los prisioneros serían utilizados como mano de obra. Había que construir caminos, levantar instalaciones, trabajar en explotaciones y aserraderos. Y abrir paso en un territorio dominado por una naturaleza que los funcionarios franceses conocían mucho menos de lo que creían. Así, la Guayana Francesa se convertiría así en una gigantesca prisión al aire libre. Y para muchos presidiarios, la sentencia no terminaría cuando abandonaran la cárcel.
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En 1854, Francia estableció un sistema de residencia forzada. Los presos que habían cumplido sus condenas podían ser obligados a permanecer en la Guayana Francesa durante un período equivalente al tiempo que habían pasado realizando trabajos forzados. Para quienes recibían condenas superiores a ocho años, la permanencia podía convertirse en definitiva. El castigo, por lo tanto, tenía dos etapas. Primero la prisión, después podía llegar el exilio permanente. La idea era que los condenados ayudaran a poblar y desarrollar la colonia.
En teoría, algunos recibirían tierras, pero en la práctica, muchos estaban demasiado enfermos, debilitados o traumatizados como para comenzar una nueva vida. La colonia necesitaba trabajadores y el sistema penitenciario se encargaba de proporcionarlos.
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La expresión “Isla del Diablo” terminó convirtiéndose en sinónimo de todo el sistema, aunque geográficamente se trataba de una isla diminuta dentro de un complejo mucho más amplio. En realidad, la vida penitenciaria se distribuía entre diferentes establecimientos. Île Royale era uno de los principales centros. Île Saint-Joseph tenía fama de ser el lugar de reclusión y castigo, donde los presos podían ser enviados a confinamiento solitario. Y la pequeña Île du Diable adquirió especial notoriedad como lugar de deportación de presos políticos.
El mar hacía de barrera natural. Las islas estaban rodeadas por aguas peligrosas y fuertes corrientes. La llegada y salida de las embarcaciones era complicada. Y para escapar no bastaba con atravesar una puerta. Había que enfrentarse al océano y luego, a la selva. Por eso el entorno natural funcionaba como parte de la propia estructura carcelaria. No hacía falta levantar un muro alrededor de cada preso. La naturaleza lo hacía por Francia.
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Enfermedad, hambre y muerte
El clima tropical era otro enemigo. Los presos llegaban desde Francia a un ambiente completamente diferente donde padecían un calor insoportable, humedad, lluvias, insectos y enfermedades. La malaria y otras afecciones tropicales causaron innumerables muertes. La alimentación también podía ser insuficiente y los trabajos eran extremadamente duros. Además, las condiciones sanitarias eran deficientes. Esa combinación resultaba devastadora.
La colonia adquirió una reputación que no se debía únicamente a la brutalidad de los guardias. La propia naturaleza parecía formar parte de la condena. Una fuente publicada en 1953, cuando el sistema estaba llegando a su fin, describió el lugar como una prisión rodeada por “pantanos febriles” y aguas infestadas de tiburones. Ese mismo informe señaló que unos 70.000 franceses habían sido enviados a la colonia desde su creación y que poco más de 2.000 habían regresado a Francia.
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Las cifras históricas varían según el período y según qué establecimientos se incluyan, pero el dato sirve para comprender la magnitud de la tragedia. La mortalidad fue extraordinariamente elevada. Por eso la colonia recibió otro apodo todavía más siniestro: la guillotina seca. No hacía falta una ejecución pública. El calor, la enfermedad, el hambre, el trabajo y el aislamiento podían hacer el trabajo lentamente.

Para un preso que decidía huir, el problema era encontrar una ruta. El mar parecía ser la primera posibilidad. Pero también era una trampa. Las aguas alrededor de las islas eran peligrosas y estaban pobladas por tiburones. Un intento de fuga podía terminar en minutos. Si el fugitivo conseguía alcanzar tierra firme, aparecía un segundo obstáculo: la selva guayanesa. Densa, húmeda, difícil de atravesar y llena de enfermedades, podía ser tan mortal como la prisión. Por eso los relatos de fuga adquirieron una dimensión casi legendaria. Algunos consiguieron sobrevivir. Otros desaparecieron. Y muchos fueron capturados nuevamente. La prisión no necesitaba perseguir a todos. El territorio se encargaba de hacerlo.
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<b>El hombre que convirtió la colonia en un escándalo</b>
El nombre de Alfred Dreyfus cambió para siempre la historia de la Isla del Diablo. Era un capitán del Ejército francés, miembro de una familia judía de Alsacia. En 1894 fue acusado de haber entregado secretos militares a Alemania. El proceso estuvo marcado por pruebas manipuladas y prejuicios antisemitas. Fue condenado por traición. El 5 de enero de 1895, fue degradado públicamente y enviado a la Isla del Diablo. Allí pasó años aislado.
Su caso, sin embargo, no desapareció. En Francia, familiares, periodistas e intelectuales comenzaron a denunciar las irregularidades. El escritor Émile Zola publicó en 1898 su célebre carta abierta “J’accuse...!”, que convirtió el caso en una crisis política y social. La prisión que había sido diseñada para aislar a los condenados terminó transformándose, paradójicamente, en uno de los símbolos más visibles de la injusticia del Estado francés.
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Dreyfus regresó a Francia. Y aunque debió atravesar nuevos procesos, finalmente fue rehabilitado. En 1906, recuperó oficialmente su honor y fue reintegrado al Ejército. Pero la Isla del Diablo ya había quedado asociada para siempre a su nombre. La fama de la colonia no se construyó solamente a través del caso Dreyfus. Los testimonios de los presos también llegaron a Francia. Algunos lograron regresar. Otros escribieron sus memorias. Contaron historias de trabajos extenuantes, castigos, enfermedades y violencia.
Entre los relatos más famosos estuvo el de René Belbenoît, un exconvicto que publicó en 1938 Dry Guillotine, una obra que provocó indignación por la descripción de las condiciones de la colonia. También décadas después la cultura popular contribuiría a convertir el lugar en una leyenda. El caso más conocido fue Henri Charrière, conocido como “Papillon”, cuyo libro publicado en 1969 relató sus años en el sistema penitenciario y sus supuestas fugas.

Aunque numerosos aspectos de sus memorias fueron posteriormente discutidos por investigadores, el libro tuvo una enorme repercusión internacional y volvió a colocar a la colonia penal en el imaginario mundial. La prisión ya no existía. Pero su mito seguía creciendo.
La conmoción que obligó a cerrar las puertas
Para las autoridades francesas, mantener el sistema se volvió cada vez más difícil. Las denuncias se multiplicaron. Los testimonios de los sobrevivientes revelaron las condiciones. La presión de la opinión pública aumentó. Y finalmente Francia comenzó a desmontar la colonia. Un dato resulta fundamental para comprender el proceso: en 1938 dejaron de enviarse nuevos presos al sistema penitenciario de la Guayana Francesa. Pero eso no significó que las prisiones quedaran vacías. Todavía quedaban hombres cumpliendo condenas.
La Segunda Guerra Mundial retrasó el cierre definitivo. Después de 1946 empezó una clausura progresiva de los distintos establecimientos. Uno tras otro fueron desapareciendo, hasta que quedó el último: La Isla del Diablo.
En agosto de 1953, la historia estaba terminando. Los últimos presos fueron trasladados: 58 reclusos, hombres golpeados y quebrados por años de encarcelamiento, fueron enviados desde la colonia hacia una prisión en París. La escena tenía algo de definitivo. Por primera vez en aproximadamente un siglo, la colonia penitenciaria quedaba sin detenidos. El 22 de agosto de ese año quedó asociado al cierre definitivo del sistema. Francia había terminado con una institución que durante generaciones envió a miles de hombres a una región donde la condena podía convertirse fácilmente en muerte.
Pero el cierre no borró las huellas. Las construcciones quedaron abandonadas. La vegetación comenzó a cubrirlas y los muros se deterioraron. Las celdas vacías resultaron el testimonio de un sistema que fue presentado alguna vez como una herramienta de justicia y terminó convertido en símbolo de crueldad.
La historia tuvo una ironía final. El lugar que había sido elegido para aislar a los hombres del resto del mundo terminaría convirtiéndose, décadas después, en un destino turístico. En 1965, las islas pasaron a estar vinculadas al Centro Espacial Guayanés. Algunas construcciones fueron restauradas y preservadas como patrimonio histórico. Y “Las Islas de la Salvación” comenzaron a recibir visitantes. La del Diablo, en cambio, mantiene restricciones de acceso y puede contemplarse desde embarcaciones. Las ruinas quedaron allí.
Todo aquello que alguna vez había sido diseñado para hacer desaparecer a los hombres de la sociedad terminó transformándose en un lugar donde la historia podía ser observada. La Isla del Diablo no fue la cárcel más grande del sistema ni la que albergó permanentemente a la mayor cantidad de presos. Pero terminó siendo su símbolo. Porque su nombre incluyó todo aquello que convirtió a la colonia penal de Cayena en una de las instituciones penitenciarias más temidas de la historia.

Durante aproximadamente un siglo, Francia utilizó la Guayana como destino para quienes quería mantener lejos de la sociedad. Algunos habían cometido delitos graves. Otros eran reincidentes. Y como Dreyfus, había presos políticos o víctimas de decisiones judiciales injustas. Todos quedaron sometidos a un sistema en el que el aislamiento geográfico era parte esencial de la pena.
El mencionado 22 de agosto de 1953, cuando los últimos prisioneros fueron trasladados, no terminó solamente la historia de una cárcel, sino una determinada manera de entender el castigo. Una en la que mandar a un hombre a miles de kilómetros de su casa podía ser considerado suficiente castigo, aunque el viaje terminara conduciéndolo a la enfermedad, al hambre o a la muerte.
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