
Granada, finales del siglo XIX. Entre terremotos, inundaciones y epidemias, nació Emilio Herrera Linares en el barrio de San Antón. Su infancia transcurrió en un hogar rodeado de libros, mapas y relatos de hazañas humanas; y marcada por desastres naturales que hubieran doblegado a cualquiera, pero no doblegaron su ánimo. Por el contrario, le enseñaron a reconocer la vulnerabilidad del ser humano ante la fuerza de la naturaleza, y despertaron en él un deseo insaciable de estudiarla y comprenderla.
Desde joven, Herrera sintió fascinación por el cielo y por los secretos del movimiento. La ingeniería militar y la aerostática lo atraparon con la promesa de explorar los límites de lo posible. A los diecisiete años ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, donde comprendió que la ciencia no solo explica la naturaleza sino que también puede desafiarla. Sus primeros vuelos en globo, la participación en competiciones internacionales de aerostación y la observación de eclipses solares fueron apenas el inicio de una vida dedicada a la exploración científica y al rigor técnico.
Con los años, Herrera se convertiría en inventor de avances pioneros: desarrolló la escafandra estratonáutica, el primer traje capaz de mantener al ser humano con vida a altitudes extremas; colaboró en la construcción del autogiro junto a Juan de la Cierva; fundó el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos; impulsó la aviación militar y civil española; y sentó las bases de lo que décadas después serían los trajes espaciales de la NASA. Cada proyecto reflejaba una obsesión por unir seguridad, conocimiento y audacia, anticipando la era de la exploración espacial mucho antes de que los cohetes surcaran el cielo.

La vocación de mirar hacia arriba
Emilio Herrera Linares nació 13 de febrero de 1879, en Granada, España, y era hijo de Rita Linares Salanava y del militar Emilio Herrera Ojeda, quienes le transmitieron desde pequeño la pasión por el conocimiento y la curiosidad por lo extraordinario. Entre sus antepasados estaba Juan de Herrera, arquitecto del Monasterio de El Escorial —la monumental residencia y mausoleo de los reyes de España— un vínculo familiar que sembró en él el respeto por la precisión, la planificación y la ambición de alcanzar obras que perduraran en el tiempo.
Su infancia estuvo marcada por los desafíos de la ciudad: terremotos, epidemias y crecidas del río Darro formaron parte de su entorno cotidiano, moldeando en Emilio una conciencia temprana de la fragilidad humana y una fascinación por comprender la naturaleza. Desde niño, observaba el cielo con atención y se preguntaba cómo la ciencia podría permitirle ir más allá de lo conocido. Granada se convirtió en su primer laboratorio emocional; crecer en una ciudad sacudida por desastres naturales lo volvió observador y meticuloso, consciente de las fuerzas físicas que modelan el entorno, aunque su familia atravesó aquellas catástrofes sin pérdidas personales.
“En mi casa siempre se habló de estudio y de responsabilidad”, recordaría décadas más tarde en textos autobiográficos. Esa combinación de disciplina y curiosidad fueron las que marcaron toda su trayectoria. La mayor parte de su educación fue en Granada antes de trasladarse a Guadalajara. Aunque comenzó a estudiar arquitectura, pronto comprendió que su verdadera vocación estaba en la ingeniería militar y, más específicamente, en la naciente ciencia aeronáutica.
Ingresó en la Academia de Ingenieros a los diecisiete años. Allí se formó bajo la influencia decisiva de Pedro Vives Vich —quien se convertiría en el primer comandante de la Aeronáutica Militar Española— y se sumergió en el estudio de la matemática aplicada, la física atmosférica y la experimentación técnica. La arquitectura le había enseñado a pensar estructuras; la aviación le ofrecía la posibilidad de liberarlas de la gravedad.
Sus primeros ascensos en globo aerostático estratosférico no fueron simples ejercicios militares sino experimentos científicos. En 1905 participó en la observación del eclipse solar de Burgos desde la atmósfera, experiencia que consolidó su interés por la investigación en altura. También compitió en certámenes internacionales donde la aerostación se convertía en un laboratorio público de precisión técnica.
Cada ascensión implicaba cálculos minuciosos de presión, temperatura y comportamiento de materiales. En esas experiencias empezó a gestarse la pregunta que marcaría su obra: ¿hasta dónde puede ascender el ser humano sin sucumbir a la hipoxia y al frío extremo?

Aviación, prestigio y la obsesión por la altura
Su carrera militar comenzó formalmente en 1896. Ascendió a teniente y en 1903 solicitó su traslado a la Escuela Práctica de Aerostación, convencido de que globos y dirigibles abrían una frontera científica inédita. En 1909 contrajo matrimonio con Irene Aguilera Cappa, con quien formaría una familia que también quedaría atravesada por la historia española del siglo XX.
Ese mismo año participó como aerostático en la Guerra del Rif, en el Protectorado español de Marruecos, un conflicto marcado por la resistencia de las tribus bereberes frente al dominio colonial español y francés. Allí aplicó técnicas de observación aérea y cartografía, perfeccionando métodos que más tarde trasladaría a la aviación. A medida que la necesidad de dirigibles en campaña disminuía, Herrera comenzó a interesarse cada vez más por los aeroplanos.
En 1914, junto al ingeniero militar José Ortiz Echagüe protagonizó el primer vuelo en avión entre Europa y África al cruzar el Estrecho de Gibraltar. La hazaña le valió el nombramiento como gentilhombre de cámara por Alfonso XIII. Pero el reconocimiento no desvió su atención de los problemas técnicos que lo obsesionaban: estabilidad, autonomía, resistencia de materiales.

En 1915, Emilio Herrera viajó a Estados Unidos para observar de primera mano los avances más recientes en aviación. Regresó a España con el primer hidroavión del país destinado a la formación de pilotos, dando un impulso decisivo a la profesionalización del sector. Su experiencia como observador durante la Primera Guerra Mundial le permitió comprender no solo el potencial estratégico de la aviación, sino también sus aplicaciones civiles, anticipando un futuro en el que el aire se convertiría en un territorio de progreso y conectividad.
Con la ambición de cruzar océanos por vía aérea, impulsó la creación de Transaérea Colón, una compañía que soñaba con unir América del Norte y Europa mediante vuelos transatlánticos, entonces un proyecto de enorme riesgo y audacia. Junto al ingeniero e inventor Leonardo Torres Quevedo diseñó el dirigible Hispania, con el que planeaban realizar la primera travesía transatlántica española. Aunque las dificultades financieras frustraron la empresa, el proyecto dejó constancia de la visión tecnológica de Herrera y su capacidad para soñar a lo grande.
Su prestigio lo llevó a participar en vuelos emblemáticos como los del Graf Zeppelin, auténticos símbolos de la era dorada de los grandes dirigibles. Durante la década de 1920, trabajó junto al ingeniero y aviador español, Juan de la Cierva, en el desarrollo del autogiro y promovió la creación del Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, inaugurado en 1921. Ese espacio, cuna de la investigación aeroespacial española, se convertiría décadas después en el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), sentando las bases de la innovación tecnológica del país.
Convencido de que la investigación necesitaba instituciones sólidas, impulsó también la creación de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Aeronáuticos. Su mirada no se limitaba al terreno técnico: participó activamente en el movimiento esperantista y representó a España en la Conferencia Internacional para el empleo del Esperanto en las Ciencias, defendiendo la idea de un lenguaje común capaz de unir a la comunidad científica internacional. Cada proyecto, cada viaje y cada encuentro consolidaba su ambición: explorar, comprender y, sobre todo, superar los límites conocidos del vuelo humano. Su mirada ya estaba puesta en la estratósfera.

El antecedente del traje espacial
En 1935, Emilio Herrera presentó la escafandra estratonáutica, un traje pionero diseñado para una ascensión en globo hasta los 25.000–26.000 metros. No era solo un equipo de supervivencia: integraba casco hermético con visor triple, suministro autónomo de oxígeno, eliminación de dióxido de carbono, regulación de presión y mecanismos de comunicación, además de soluciones de movilidad en las articulaciones, uno de los mayores desafíos de los trajes presurizados. La guerra civil frustró la ascensión experimental prevista para 1936, pero su diseño dejó una huella indeleble: hoy se reconoce como uno de los antecedentes más sólidos de los trajes espaciales modernos.
Con la proclamación de la Segunda República —la instauración de un nuevo régimen democrático en España el 14 de abril de 1931— decidió servir al nuevo régimen como militar profesional. Representó a España en la Conferencia de Desarme de Ginebra y fue admitido en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, reflexionando sobre la relación entre ciencia, aviación y progreso social. Como director técnico de la Fuerza Aérea Republicana organizó escuelas de vuelo y, tras el estallido de la Guerra Civil, asumió el mando de la aviación republicana, alcanzando el grado de general.

La Guerra Civil Española (1936-1939) lo golpeó personalmente: su hijo menor, Emilio Herrera Aguilera, piloto y sargento, murió en la batalla de Belchite en 1937, mientras que su hijo mayor, José Herrera Petere, se consolidaba como poeta y militante republicano, miembro destacado de la Generación del 36, comprometido con la causa de la Segunda República.
Tras la derrota republicana, partió al exilio, primero en Sudamérica y luego en Francia y Suiza, viviendo con austeridad junto a su esposa. Rechazó colaborar con la Alemania nazi y mantuvo una postura crítica frente a los regímenes de Franco y Salazar. Entre 1960 y 1962 fue presidente del Gobierno de la República en el exilio, símbolo de su coherencia ética y política.
Durante años, Herrera continuó su labor científica: colaboró con revistas especializadas y organismos internacionales, fue consultor de la UNESCO y asesor en física y tecnología para Naciones Unidas, defendiendo la relatividad y manteniendo contacto con, nada menos que, Albert Einstein.
En sus últimos años, subsistió gracias a los derechos de sus patentes y trabajos matemáticos hasta su muerte en Ginebra, el 13 de septiembre de 1967. En 1993, sus restos regresaron a Granada, cerrando el círculo de una vida dedicada a volar más allá de los límites y a mantener la ciencia al servicio de la libertad.
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