
No hubo en su vida un solo mérito que el biógrafo mejor intencionado pudiera rescatar. La audacia pudo ser uno, la astucia, otro; la inteligencia pudo ser otro de sus dones, la extrema habilidad para negociar, digna de un estadista, pudo ser otra de sus virtudes. Pero ninguna de esas cualidades, en otro ser humano dignas y hasta valiosas, fueron usadas por Lucky Luciano en favor del bien, de la honestidad, del decoro. Fue un criminal que usó la muerte de los otros como peldaños de una escalera que lo llevó al tope del crimen organizado en Estados Unidos.
A propósito, si de verdad existió un crimen organizado, fue porque Luciano lo organizó; tomó a su cargo la caótica mafia americana en los años violentos de la Ley Seca y la derivó hacia una especie de sindicato, un sindicato del crimen es cierto, como si aquellos grupos mafiosos esparcidos por New York, Chicago, Kansas, Los Ángeles, Detroit, y la naciente Las Vegas, fuesen dirigentes obreros, empresarios o banqueros; sentó a todos ante una mesa, dividió territorios y los adjudicó a bandas calificadas como “familias”, y se proclamó sin gritos como el gran jefe de aquella corporación de asesinos. De hecho, el diseño de Luciano se conoció como “La Corporación”, en inglés “Murder Inc.”, Asesinatos S.A.” Todo legal.
La “suerte” de Luciano
Fue un tipo afortunado, de allí su apodo, “Lucky – Suertudo”. Cuando la suerte le dio la espalda, manejó su imperio desde la cárcel y desde el exilio. El enemigo público número uno de Estados Unidos se hizo aliado del gobierno y favoreció, desde detrás de las rejas, que durante la Segunda Guerra Mundial no fuesen saboteados los buques amarrados en los muelles de New York, territorio de Luciano. Y luego, en 1943, como un general sin estrellas del ejército del que juzgaba su país, manejó a distancia los hilos de la mafia siciliana para que prestaran todo su apoyo a las fuerzas aliadas que invadieron la isla ese año, un adelanto de la futura invasión a Normandía en junio de 1944.

Luciano no hizo nada gratis en su vida: la ayuda de la mafia a los aliados lo habilitaron a exigir, primero, mejores condiciones de vida en la cárcel y, segundo, su liberación. Le concedieron todo, tal vez lo imaginaron un patriota. Como suprema ironía, firmó los papeles de su libertad el mismo fiscal que había logrado su condena, Thomas Dewey, que ya era el gobernador republicano de New York y fue luego dos veces candidato a presidente, las dos veces derrotado por Franklin D. Roosevelt y por Harry Truman.
La libertad de Luciano tampoco fue gratis: lo deportaron, lo mandaron de regreso como un paquete sucio a su Sicilia natal, desde donde siguió en el manejo de los hilos de la mafia americana a distancia y a través de su mano derecha, Frank Costello, uno de los capos de New York. Su influencia se prolongó hasta bien entrados los años 50, escenario de las últimas guerras callejeras de la mafia, reemplazadas luego por una especie de guerra híbrida, con asesinatos puntuales, exactos, dirigidos como por un rayo láser. La modernidad llega a todos lados. Luciano gastó buena parte de su vida en modernizar a la mafia americana, en luchar contra los viejos preceptos de los viejos capos mafiosos. Más que a capa y espada, lo hizo a bala y traición. Logró todo lo que quiso hasta su muerte, en Nápoles, en 1962.
La infancia de Luciano
Lucky Luciano había nacido como Salvatore Lucania el 24 de noviembre de 1897 en Lercara Friddi, un pueblo pequeño de la comuna de Palermo, Sicilia, conocido por sus minas de azufre, donde trabajaba su padre, Antonio. La familia entera, Salvatore tenía cuatro hermanos, emigró a los Estados Unidos en 1907, cuando Salvatore tenía nueve años y viruela que le detectaron en la parada obligada de los inmigrantes, la isla Ellis, en Manhattan. La enfermedad le dejó la cara marcada de por vida, que empezó agitada desde temprano en el Lower East Side de la ciudad, que albergaba y alberga el barrio italiano de New York.
A los 14 años dejó el colegio, los libros y lo que tuviese que ver con la educción formal y empezó a trabajar como chico de los mandados de una casa de sombreros. Ganaba siete dólares por semana. Descubrió pronto que el dinero estaba en la calle, mientras los padres lo encarrilaron y lo mandaron a la Brooklyn Truant School. La leyenda dice que a esa edad y en esas calles, Salvatore conoció a dos chicos judíos que pronto serían sus socios: Meyer Lansky y Bugsy Siegel. Lansky sería con el tiempo uno de los principales capos de la mafia judía estadounidense, creador del sistema financiero que lavó millones de dólares de la Mafia. Benjamín “Bugsy” Siegel “inventó” Las Vegas y fundó el primer hotel y casino de la ciudad, el célebre “Flamingo”.
Luciano, que ya había cambiado de muy joven su apellido original, entendió muy rápido cuáles eran los resortes que la mafia italiana usaba en las calles para recolectar dinero: montó una banda, “Five Points Gang” y empezó a vender protección a los chicos judíos frente a las bandas irlandesas e italianas. En 1911 lo apresaron por robo, tenía trece años, y fue a parar a un reformatorio; a los dieciocho le cayó una condena de seis meses por vender heroína y morfina al mando de su banda y con un ladero que lo seguiría de por vida: Frank Costello. La vida en la calle es dura por más joven y jefe de una banda juvenil que se sea. Luciano fue arrestado varias veces por robo, agresión, juego ilegal, chantaje y venta de droga. Zafó siempre por un acuerdo nunca cumplido que le disculpaba la prisión, si abandonaba los Estados Unidos. Luciano siempre aceptó la primera parte del trato y nunca cumplió con la segunda.
En los años 20, cuando Estados Unidos implantó la Ley Seca que prohibía fabricar, vender, transportar y hasta consumir bebidas alcohólicas, el joven Luciano, tenía 23 años, descubrió que el contrabando de alcohol era ya un gran negocio. Para entonces, conocía a muchos de los grandes capos de la Mafia, entre ellos a Vito Genovese, su viejo amigo Frank Costello también había ganado fama con rapidez. Fue un mafioso judío, Arnold “The Brain – El cerebro” Rothstein quien “educó” a Luciano en cómo contrabandear alcohol y eludir a la policía, incluido el pago de sobornos. Luciano, Costello y Genovese se hicieron socios, financiados por Rothstein.
Ley Seca y mafia
El joven mafioso expandió su negocio con la prostitución, con un nuevo socio, Joe Adonis, y con una modalidad flamante para esa industria: la narco prostitución. Luciano contrataba a mujeres adictas, o las hacía adictas, y les pagaba sus servicios con drogas. En 1925 Luciano manejaba, según sus biógrafos, doce millones de dólares al año, libres de gastos fijos como el de sobornos a políticos y policías. En 1927 era millonario.
Uno de los capos del Lower Manhattan, Joe Masseria, reclutó a Luciano como uno de sus pistoleros de confianza cuando ese papel parecía ya quedarle pequeño, pero Luciano se unió a Masseria, que era el “don” más poderoso de Manhattan, con la idea de reemplazarlo: el contrabando de alcohol lo había convertido en amo de los muelles de New York, mientras que la prostitución, el juego ilegal y los chantajes lo habían convencido de que era capaz de desafiar a los capos de la vieja escuela.
Para finales de los años 20, Luciano ya pensaba en un “sindicato del crimen”; la mafia neoyorquina había luchado en las calles durante cuatro años, entre 1928 y 1931, en una guerra que había enfrentado a los capos Masseria y Salvatore Maranzano, jefe del clan Castellamarense. que había sido enviado desde Sicilia. Los dos, y sus métodos, representaban a la vieja mafia italiana que defendía valores como el” honor”, el “respeto” y la “dignidad”, según códigos propios e inalterables; por ejemplo, no concebían trabajar con no italianos y, los más puristas, con no sicilianos.
Luciano representaba a la mafia joven que clamaba por un orden nuevo, con socios nuevos también, judíos e irlandeses. Se unió entonces a un clan de italianos que, en los años por venir, serían líderes mafiosos como su amigo Costello, Vito Genovese, Albert Anastasia, Joe Adonis, Joe Bonanno, Carlo Gambino, Joe Profaci, Tommy Gagliano, Salvatore Piccioluno y Tommy Lucchese: buscaba formar una asociación criminal en la que italianos, irlandeses y judíos unieran fuerzas y recursos para que el crimen organizado fuese un negocio lucrativo para todos.
Fue entonces, por esos proyectos alocados, cuando en octubre de 1929 fue secuestrado a punta de pistola por tres tipos que lo molieron a palos, le marcaron la cara con una navaja, le cortaron la garganta y lo dieron por muerto en una playa de Staten Island. Luciano vivió y se ganó para siempre el apodo de “Lucky”. Nunca se supo quién, o por orden de quién había sido llevado al suplicio. Y si lo supo, jamás lo dijo.

El ascenso de Lucky Luciano
Los cambios proyectados por Luciano no se consiguen sin sangre: ningún poder cae sin luchar. Luciano traicionó a Masseria y pactó su muerte en secreto con Maranzano para heredar los bienes del muerto y para ser el segundo del jefe que quedaba vivo. El 15 de abril de 1931, Luciano invitó a Maseria a un restaurante de Coney Island. Después de comer, jugaron a las cartas y Luciano pidió permiso para ir al baño. Fue entonces cuando Genovese, Anastasia, Adonis y Siegel, entraron al restaurante y dispararon contra Masseria y sus dos custodios. Los asesinatos llevaron a Luciano a la jefatura de la banda de Masseria, acéfala por asesinato, y se convirtió en el brazo de derecho de Maranzano.
Bajo el influjo de Luciano, la mafia de New York quedó en manos de cinco familias, división que rige hasta hoy. Además de Luciano al mando de la banda Masseria, el resto de las familias estaban encabezadas por Maranzano, Profaci, Gagliano y Vincent Mangano. Todos serían iguales, dijo Maranzano, y con los mismos derechos. Pero se proclamó como “capi di tutti capi”, jefe máximo de la mafia, lo que implicaba una rendición de cuentas y una entrega de parte de los beneficios de las familias restantes. La nueva mafia seguía algunos modelos de la vieja. Y Maranzano era su alumno más aplicado.
El nuevo “capi di tutti” pensó entonces en liquidar a Luciano, el único tipo que podía hacerle sombra. Contrató a un eficiente sicario irlandés, Vincent “Mad Dog- Perro Loco” Coll para que se encargara de todo. El 10 de septiembre Maranzano citó a Luciano y a Genovese para que lo visitaran en sus oficinas del lujoso edificio del 230 de Park Avenue que aún hoy es un señorial edificio conocido como “The Crown of Park Avenue”, a orillas de Grand Central Station.
Luciano sabía que Maranzano quería matarlo. Lo había puesto sobre aviso un miembro de la familia Lucchese, así que llegó a la cita con cuatro gánsteres judíos reclutados por Lansky y Siegel y desconocidos para la gente de Maranzano. Disfrazados como policías, dos de ellos desarmaron a la custodia de Maranzano y los otros dos, con la ayuda de Tommy Luchese, apuñalaron varias veces al “capo di tutti capi” antes de terminar la tarea a balazos.

Luciano llega a la cima
Ahora Luciano era el jefe más poderoso de la mafia estadounidense. Tenía su propia familia criminal, controlaba en New York el juego ilegal, las apuestas, la usura, el tráfico de drogas y la extorsión, la venta de “protección”; a través de los sindicatos controlaba los muelles de la ciudad, la recogida de basura, la construcción y el transporte con camiones. Junto al resto de los capos creó la “Comisión”, un órgano colegiado, como el de una academia o el de una gran empresa, que integraban las cinco familias de New York, los clanes de Chicago, incluido el “Chicago Outfit” de Al Capone, la “Oficina” de New Jersey, y las familias criminales de Filadelfia, Buffalo, Kansas, Los Ángeles y Detroit. El crimen organizado, se había organizado.
Bajo Luciano, que igual respetó algunos códigos de la vieja mafia, como el de la “omertá”, la ley de silencio que protege a las familias de las persecuciones legales, la Comisión pretendía dar solución a todas las disputas entre gánsteres, delimitar cuáles familias controlaban cuáles territorios y prevenir toda guerra entre bandas. El organismo, una versión mafiosa de una corte suprema, podía y debía decidir quiénes debían ser asesinados y cómo: era una respuesta al caos generado el 14 de febrero de 1929 por la banda de Al Capone en Chicago. Ese día, siete miembros de una banda rival fueron asesinados en un garaje por sicarios disfrazados de policías. Las fotos de la “Masacre de San Valentín” horrorizaron a los americanos y marcaron el principio del fin para Capone.
La primera prueba para La Comisión llegó enseguida. En 1935, Dutch Schultz, conocido como “El barón de la cerveza” planeó asesinar al fiscal especial de New York, el republicano Thomas Dewey, una figura de renombre que, con los años, sería gobernador del Estado y dos veces candidato a la presidencia de Estados Unidos. Enterada de los planes de Schultz, la Comisión le ordenó dejarlos de lado con el argumento, comprensible, de que un asesinato de esa naturaleza desencadenaría una represión contra la organización. Schultz dijo que le negregaba la Comisión y que mataría a Dewey o a su asistente, David Asch. El 24 de octubre de 1935 Schultz fue asesinado a balazos en un taberna de Newark, New Jersey.

Luciano condenado
Como la historia a menudo va de la mano con la ironía, fue el fiscal Dewey, a quien de alguna forma Luciano había salvado la vida, quien lo acusó por el manejo de la prostitución en New York y, después de una larga batalla judicial, logró que el 18 de julio de 1936, el mismo día en el que estallaba la Guerra Civil Española, Luciano fuese condenado por sesenta y dos cargos de proxenetismo a entre treinta y cincuenta años de cárcel. Lo encerraron primero en Sing Sing y luego, a finales de 1936, en el Correccional de Clinton, en Dannemora, un sitio remoto, lejos de la ciudad de New York. Luciano siguió al mando de su familia y de la mafia desde la cárcel y a través de su segundo, Vito Genovese. Cuando en 1937 Genovese tuvo que huir a Italia para evitar ser acusado de asesinato, la mano derecha de Luciano fue su viejo amigo Frank Costello.
Entonces llegó la guerra. El 7 de diciembre de 1941 Japón atacó Pearl Harbor y Estados Unidos entró de lleno en la Segunda Guerra Mundial. El 9 de febrero de 1942, el buque “Normandie”, que había sido capturado y reacondicionado para el transporte de tropas con un nuevo nombre, “Lafayette”, estalló en el puerto de New York y quedó totalmente escorado a estribor. Aunque el mafioso Albert Anastasia dijo haber sido el responsable del ataque, las autoridades temieron una ola de sabotajes en los muelles y hablaron con el hombre que los conocía metro a metro y hombre por hombre: Lucky Luciano.
Fue la inteligencia naval americana la que decidió hablar con el jefe mafioso y, como muestra de buena voluntad, lo trasladaron desde la prisión de Dannemora a la de Great Meadow en Comstock (New York), mucho más cercana a Manhattan. Desde entonces, los muelles de la ciudad fueron un colegio de señoritas y nunca más hubo atisbo de atentado contra algún barco, mercante o no, de Estados Unidos. Tampoco hubo huelgas.
La mafia colabora en la Segunda Guerra Mundial
En 1943, cuando los aliados decidieron invadir Europa por Sicilia para liberar a Italia del yugo de Benito Mussolini y sus amigos nazis, de nuevo la inteligencia naval y la Oficina de Asuntos Estratégicos, OSS, antecesora de la CIA, volvieron a contactar a Luciano. Los aliados iban a necesitar la ayuda de la mafia siciliana para marchar sobre seguro en la isla. Era parte de un plan que había sido diseñado en 1942 por el titular de la OSS, Earl Brennan, que también había abierto un canal de consulta y apoyo con el Vaticano y estaba en contacto con el secretario personal del papa Pío XII, el entonces cardenal Giovanni Bautista Montini, más tarde papa Paulo VI. La vinculación de la inteligencia americana con el Vaticano en Roma y con la mafia en Sicilia, es una historia aparte. Pero es curioso comprobar que, para intentar asegurar aquel primer desembarco aliado en Europa, Estados Unidos buscó la avenencia del cielo y las acaso útiles llamaradas del infierno.
Cinco días después de la invasión aliada a Sicilia, el 14 de julio de 1943, un avión de los usados en la agricultura sobrevoló a baja altura las montañas de Palermo. Arrastraba en la cola una larga bandera amarilla con una L en el centro. Cuando pasó sobre la aldea de Villalba, el piloto dejó caer una bolsa negra de nylon que fue a parar muy cerca de la finca de Calogero Vizzini, Don Calo, el hombre más poderoso de la mafia siciliana. En la bolsa había un pañuelo de seda dorada, también con una letra L. Aquello era un mensaje para Don Calo: le avisaba que ahora podía reunirse con los representantes de las fuerzas aliadas.

La L era de Lucky Luciano, que en esos días seguía preso en Great Meadows, en las afueras de Albany, la capital del estado de New York. Como recogieron los historiadores Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair, Don Calo se reunió con los generales del VII Ejército americano que comandaba el general George Patton. Su ayuda hizo que los aliados cruzaran sin mayores dramas las montañas de San Vito, una operación decisiva para dividir a las fuerzas ítalo germanas. Luego Don Calo controló el gobierno de Sicilia durante la ocupación aliada de Italia. Los aliados le concedieron el título de coronel honorario del ejército estadounidense. Pero las tropas, en la intimidad, lo llamaron “El general Mafia”.
Luciano, que no hacía nada gratis desde que se largó a las calles de Manhattan a sus catorce años, no había actuado por patriotismo. El 8 de mayo de 1945, el mismo día en que terminó la guerra en Europa y Estados Unidos emergía como la nueva gran potencia mundial, los abogados de Luciano presentaron ante el gobernador de New York un pedido de clemencia porque, explicaron, el gángster, “brindó ayuda valiosa, sustancial e importante a los mandos militares de los Estados Unidos” y que su información y cooperación “contribuyeron con la guerra”. Los abogados no especulaban: acompañaron su pedido con una carta del Comandante Charles Haffenden, de la inteligencia Naval, que escribió entusiasmado sobre el gesto patriótico del preso: “Estoy seguro de que la mayoría de la inteligencia desarrollada en la campaña de Sicilia fue responsable directa del número de sicilianos que surgieron de los contactos con Charles “Lucky” Luciano”.
El 3 de diciembre de 1945, la Comisión de Libertad Bajo Palabra de New York votó, por unanimidad, conceder clemencia a Luciano con la condición de que fuese deportado a Italia, dado además que, a diferencia de su padre y hermanos, él nunca había adquirido la ciudadanía estadounidense
Lo curioso, esta historia está llena de curiosidades, es que ahora quien tenía que firmar el pedido de clemencia era el gobernador del Estado, Thomas Dewey, aquel fiscal que había acusado y logrado condenar a Luciano en 1936. Dewey dijo que iba a estudiar el caso, pero tres voces cercanas al gobierno de Truman lo ayudaron a decidir porque, además, eran tres de sus mejores amigos: el Secretario Naval, James Forrestal, y los hermanos John Foster y Allen Dulles, John Foster secretario de Estado y Allen jefe de la OSS a punto de convertirse en la CIA. Dewey aceptó a regañadientes y puso por escrito su amargura: “Cuando Estados Unidos entró en la guerra, los servicios armados solicitaron la ayuda de Luciano para inducir a otros a que entregaran información sobre posibles ataques enemigos. Al parecer, él colaboró con ese objetivo, aunque no se sabe bien el verdadero valor de la información obtenida”.

La vuelta a Italia
El 9 de febrero de 1946, Lucky Luciano trepó al buque de carga “Laura Keene” que iba a llevarlo deportado a Italia después de ser liberado de Great Meadows. Era de verdad un tipo de suerte. A bordo lo esperaban sus fidelísimos amigos Frank Costello, Joe Adonis, Mickey Lascari y Meyer Lansky, todos ante una mesa en la que sólo había langosta y champán. Los amigos de Luciano habían pensado en todo: le habían preparado dos valijas; una de ellas con su ropa preferida y algunos nuevos trajes y camisas que, presumían, iba a necesitar en Italia. La otra valija contenía un millón de dólares. Por la noche, el inminente viajero se despidió de Estados Unidos con una cena de spaghettis y vino junto a Albert Anastasia, amigo y capo de una de las cinco familias de New York, la Genovese: las otras cuatro, eran o empezaban a ser según la organización territorial hecha por Luciano, las familias Colombo, Bonnano, Gambino y Lucchese.
Luciano se instaló en Nápoles y dirigió desde allí el comercio internacional de heroína. Compraba a un proveedor legal, un importante laboratorio farmacéutico, un promedio de doscientos kilos de heroína por año, la embarcaba a Cuba, convertida en el patio de atrás de Estados Unidos; los cubanos adulteraban y engordaban aquellos doscientos kilos y después los desembarcaban en Miami y New York, operaciones supervisadas todas por el capo mafioso de Miami, Santo Trafficante, de alegórico apellido, y de su Hijo, Santo Jr.
Para vigilar su negocio de cerca, el inquieto Luciano viajó a inicios de 1947 a Cuba, dominada entonces por el dictador Fulgencio Batista. Desde La Habana, convocó a una asamblea mafiosa a la que llegaron los grandes capos: Genovese, Lansky, Anastasia, Trafficante y Sam Giancana, que jugaría un papel importante en las relaciones que en los años 60 enturbiaron el gobierno de John Kennedy. En esa gran asamblea los convocados decidieron una nueva logística para la distribución de la heroína y el asesinato, por traidor, de Bugsy Siegel, jefe de la mafia en Las Vegas y antiguo amigo de Luciano y de Lansky: fue asesinado a balazos en su casa el 20 de junio de 1947.
Estados Unidos presionó al gobierno cubano para impedir que Luciano se instalara en Cuba y también pidió al gobierno italiano que el proveedor legal de heroína de Luciano dejara de hacerlo. Pero Luciano entonces trianguló la droga con un traficante libanés que lo proveía de opio sin refinar del que se obtenía una pasta base de morfina que llegaba a los laboratorios sicilianos de heroína, viajaba luego a Marsella y después a Cuba y seguía su ruta hacia Estados Unidos.
La lucha por el poder en Nueva York
Por fin, en 1954, la justicia italiana falló para que durante dos años se limitara el accionar de Luciano: debía presentarse ante la policía cada domingo, debía permanecer en su casa todas las noche y no podía dejar Nápoles sin autorización judicial. En 1929 Luciano había formado pareja con una bailarina de los clubes nocturnos de Broadway, Gay Orlova: nunca se casaron ni tuvieron hijos. En 1948, en Italia, formó pareja con Igea Lissoni, otra bailarina, italiana, veinte años menor que él que tenía ya cincuenta y un años: la mujer murió de cáncer en 1959.
Las luchas por el poder entre las familias de New York recrudecieron en 1957. Vito Genovese intentó terminar con el poder de Luciano, que ejercía de forma vicaria Frank Costello. El 2 de mayo de ese año, un sicario baleó a Costello en el vestíbulo de su apartamento en el edificio “The Majestic”, frente al Central Park. El asesino tiró a la cabeza y dio por muerto a su víctima, rozado por la bala: Luciano no era el único afortunado. Ahora, desde Italia y sin su “capo”, herido y decidido a retirarse, no pudo impedir el ascenso al poder de Genovese.

En octubre de ese año, Genovese y Carlo Gambino decidieron asesinar a Anastasia, aquel aliado de Luciano que había cenado spaghetti y vino la noche antes de su partida a Italia. La mañana del viernes 25 de octubre, Anastasia entró a la peluquería del Park Sheraton Hotel, en la calle 56 y la Séptima Avenida, en el centro de New York. Cuando el jefe mafioso tenía la cara cubierta por los fomentos calientes que su peluquero le aplicó como paso previo para afeitarlo, dos sicarios entraron al local y balearon a Anastasia. Herido y aturdido, Anastasia sacó su pistola y disparó contra sus asesinos, pero lo hizo a las figuras de sus asesinos, reflejadas en los espejos de la peluquería: los dos pistoleros dispararon hasta que Anastasia cayó muerto. Gambino formó su nueva familia y Genovese emergió como el nuevo jefe de la mafia estadounidense.
Al mes siguiente, el flamante capo convocó a una nueva gran asamblea de jefes mafiosos en Apalachin, New York, para que se aprobara la anexión de la familia Luciano a sus huestes. Toda la convocatoria estaba infiltrada, monitoreado y grabada por el FBI, que desató una cacería a campo traviesa, apresó a sesenta y cinco jefes mafiosos, desnudó el entramado de la mafia, dejó en ridículo a sus jefes y los envió a la justicia y a los requerimientos de grandes jurados y de comisiones formadas en el Congreso. La estrella de Genovese se apagó.
Meses después, en un hotel de Palermo, Sicilia, Luciano se reunió con su viejo amigo Costello y con Carlo Gambino, que había abandonado con la velocidad del rayo su alianza con Genovese para decidir cuáles eran los pasos a seguir ya sin genovese que, en 1959 fue condenado a quince años de cárcel por conspiración para violar la ley federal de narcóticos. Gracias a la ayuda prestada a la justicia americana por enviados de Luciano. No había demasiados pasos a seguir. El mundo que Luciano había edificado, o ayudado mucho a edificar, se derrumbaba. Los Estados Unidos cambiaban de piel y de cara, la antorcha, los ideales, el futuro, todo había pasado, o parecía haber pasado, a una nueva generación, según el discurso inaugural de Kennedy en enero de 1961. La mafia debía adaptarse o morir. Se adaptó.
Rechazo a Hollywood
Luciano, acaso consciente de los nuevos tiempos, recibió de buen grado a inicios de los 60 la propuesta de Martin Gosch, un productor de Hollywood empeñado en producir una película de semi ficción que contara la historia de la Mafia. Y Luciano tenía mucho que contar. Gosch lo contrató pero Luciano finalmente se negó a “pedido” de su amigo Meyer Lanski que hablaba en nombre de las familias de New York y que le aconsejaban que mejor no. Sin embargo, decidió que sí podía contar a Gosch la historia de su vida para que fuese llevada al cine.
El 26 de enero de 1962, Luciano y Gosch se encontraron en el aeropuerto internacional de Nápoles para agregar un nuevo capítulo al guión. Luciano no lo sabía, pero un grupo de agentes antidrogas italianos lo habían seguido para arrestarlo acusado de narcotráfico. A Gosch le pareció que Luciano no estaba bien. Lo vio pálido, algo vacilante, se preguntó si podía estar bajo los efectos de alguna droga. Cuando le dio la mano vio que Luciano miraba hacia la nada y perdía un poco de estabilidad. Se asustó y le preguntó: “Charlie, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?” Luciano contestó: “Nada”. Y cayó muerto a sus pies.
Tres días después, unas quinientas personas fueron a su funeral, después de que su cuerpo viajara por las calles de Nápoles en un coche fúnebre tirado por caballos. Su familia pidió y obtuvo el permiso del gobierno de Estados Unidos para llevar su cuerpo a New York para ser sepultado allí. Los restos de Luciano fueron depositados en la cripta familiar de los Lucania en el St. John Cemetery, de Queens, ante la mirada doliente de dos mil personas.
La oración fúnebre la pronunció su viejo amigo, Carlo Gambino.
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