
Durante diez días, el tiempo dejó de ser una línea recta para Jorge Yunes. No avanzó. No corrió. No apuró nada. Simplemente estuvo. El comienzo de 2026 lo encontró conviviendo con su abuela de más de 90 años, no por una decisión buscada ni por una iluminación tardía, sino por una combinación menor de la logística familiar.
Diez días completos, sin agenda, sin cortes, sin edición. Diez días que terminaron convirtiéndose en una experiencia fundante, personal y profesional.
Yunes es mediador, abogado y especialista en neurociencia aplicada a la gestión de conflictos. Su trabajo cotidiano transcurre entre audiencias, desacuerdos, tensiones latentes y decisiones que suelen tomarse con la mente acelerada.
Se desempeña como mediador pre-judicial en el Ministerio de Justicia y hoy coordina espacios académicos donde el derecho dialoga con la neurociencia. Sin embargo, nada de eso explica del todo lo que ocurrió en esos días.
La experiencia empezó a tomar forma pública cuando Yunes la convirtió en una editorial publicada en LinkedIn, que abrió con una declaración directa: “Este año quiero estar plenamente presente en cada conversación, en cada conflicto, en cada mirada”. No se trataba de una consigna motivacional ni de un balance de fin de año, sino del registro de algo que ya había empezado a suceder.
“Éstos últimos días del 2025 y los primeros días del 2026 inesperadamente tuve el honor y el privilegio de vivir con mi abuela por temas de logística familiar. Los que siguen mis editoriales saben que mi abuela ya pasó los 90 años y está impecable cognitivamente. Es verdad que la carrocería puede costarle un poco, las rodillas, el corazón, el cansancio corporal, pero hay algo que he aprendido con ella, a conversar mejor y a mejorar mi performance en el chinchón y en la escoba de 15.”

A partir de ese texto surgió la pregunta inevitable, la que ordena todo el relato: ¿cuándo se dio cuenta de que estaba más ausente de lo que creía?
—Me di cuenta cuando empecé a notar mi propia impaciencia. Cuando me gana el mood “fastfood mental”, me acelero sintiendo que me alejo de las personas.
Yo trabajo en gestión de conflictos y a veces (por no decir casi-siempre) me toca identificar mi propio multitasking mental. Me comencé a dar cuenta de que scrolleaba con mi mente sin el celular en la mano, mientras escuchaba en mis mediaciones. Cuando una persona comienza a decir lo que yo predije, me comienzo a ir despacito con mi mente a mi agenda, a mis próximas audiencias de mediación y cuando me doy cuenta, agarro el lápiz para tomar nota y volver.
Ahí conecté fuerte con el concepto de wandering mind —la mente errante— y con ese paper tan citado que muestra algo incómodo: cuando la mente se va, no solo dejamos de estar presentes, sino que somos menos felices. No importa si estamos haciendo algo agradable o no: cuando la mente divaga, el bienestar cae. Y lo más fuerte: pasamos una enorme parte del día así, en otro lado.
También me pasa en lo cotidiano. En eventos familiares, en conversaciones uno a uno. Estamos, pero no estamos. Nos acostumbramos a salir en “manada”, como si fuéramos un montón de caballos salvajes cruzando el campo abierto: cuerpos juntos, mentes dispersas. Yo conduzco muchas audiencias, muchas conversaciones, muchos encuentros… Pero no siempre los habito. Al darme cuenta de esto, comencé a ser más curioso, creativo y muy intencional con cada caso que llega a mis manos.
Por eso hoy hablo de la presencia como una práctica y no como una consigna. Porque no se resuelve con buena intención ni llenando tu oficina de “lindas quotes”. Se entrena. Se pierde. Se recupera. Y siempre, siempre, se puede volver a empezar.

La convivencia con su abuela no tuvo grandes revelaciones ni escenas memorables. Hubo comidas simples, silencios largos, preguntas repetidas, algunas partidas de cartas. Hubo también algo más difícil de nombrar: una atención constante, sin urgencia. Ella no apura, no compite, no exige rendimiento. Pero mira. Y se da cuenta. Sabe cuándo el otro está y cuándo no. Lo sabe desde siempre. Le cambió los pañales.
Ahí apareció la incomodidad. La certeza de que, en general, estamos ausentes. Cuerpos presentes, mentes en otra parte. Escuchamos mientras respondemos mensajes, pensamos la agenda o repasamos culpas viejas. Multitarea emocional. Y con ella, no había margen para eso. La presencia era un requisito tácito. O se estaba, o no se estaba.
—¿Qué te enseñó la convivencia con tu abuela que no aparece en los libros ni en la formación profesional?
—Me cuesta responder esta pregunta. Y quizás por eso tuve que dejar de pensar y empezar a mirarla. Mientras miro a mi abuela, me animo a hacer algo distinto: armarte un acróstico, no es muy académico, pero sirve muchísimo cuando sos estudiante. Algo nació la conexión 5G que necesitamos para habitar los conflictos con presencia.
Gratitud
Ser agradecido por lo que tenés: por las herramientas que fuiste adquiriendo, por tu capacidad de argumentar, por el lugar desde donde hablás y, sobre todo, por la audiencia que te está escuchando. Mi abuela no lo decía así, pero lo vivía así.
Ganar–Ganar
El conflicto binario, ese donde uno gana y otro pierde, es una escuela que atrasa y ya no se usa, aunque sistemáticamente tiene plena vigencia en mis audiencias. Mi abuela me mostró otra cosa: aun cuando los ingredientes son escasos, ella siempre tiene una receta para ampliar y mejorar. Siempre podemos elevar la mirada y crear valor en lo que de verdad importa.
Gestión
Para habitar el conflicto tenemos que hacer, no hay espacio para los “espectadores” ni lugar en la tribuna, tenemos que poner manos a la obra. Gestionar con todo el cuerpo. Y aceptar que en el hacer algo puede salir mal. En tiempos donde el único feedback parece ser un “me gusta” o un WhatsApp, necesitamos gestionar más, indagar más, trabajar más profundo.
Glosario
Para habitar el conflicto necesitamos hablar el mismo idioma. Mi abuela no conocía palabras nuevas, pero se tomaba el tiempo de preguntar qué quería decir el otro. Mientras le leía la editorial, cuando llegaban las palabras más “neuro” ella preguntaba y eso es maravilloso. Hoy tenemos que saber todo y nos olvidamos de que preguntar por la palabra, puede abrir un nuevo mundo de oportunidades para habitar ese momento.
Generosidad
Al final, para habitar el conflicto tenemos que sembrar generosidad. Como dijo Octavio Paz, “solo somos nosotros mismos cuando somos capaces de ser otro”. No hay facultad, ni curso de bienestar que nos enseñe a dar. No es lo que me llevo, es lo que dejo. Habitar el conflicto es dejar algo, un aroma, una pregunta, una mirada, pero finalmente dejar algo.
Estas 5G las tiene mi abuela y estoy muy feliz de ser su nieto.

El ritmo bajó sin proponérselo. Las conversaciones no buscaban llegar a ningún lado. A veces no iban a ningún lado. Y en ese descenso apareció una verdad conocida pero poco practicada: la presencia regula. Ordena. Calma. No resolvió dilemas ni tomó decisiones definitorias. Volvió a habitar el momento. Sin nostalgia del pasado ni ansiedad por el futuro.
—Desde la neurociencia y la gestión de conflictos, ¿por qué la presencia regula y desarma tensiones?
—Porque le baja volumen al miedo. Cuando estoy presente, mi cerebro deja de interpretar automáticamente al otro como una amenaza. Y eso es clave, porque no todo “otro” es un enemigo del que tengo que huir, ni alguien con quien tengo que luchar o competir.
Muchas tensiones en los conflictos se activan por respuestas innatas al miedo: las clásicas 3F: fight, flight, freeze. Éstas son reacciones rápidas, automáticas, biológicas. El problema no es que aparezcan, el problema es no darnos cuenta de que nos gobiernan. Es justo cuando logro detectarlas en mi cuerpo, en mi respiración, en mi mirada, que empiezo a recuperar el margen de elección.
La presencia me devuelve la posibilidad de elegir y te adelanto algo. Si no elegís, alguien lo hará por vos. Un scroll infinito de tensión social se respira en la mirada, en los silencios, en el modo de estar sentado o de escuchar. Rara vez aparecen ideas o buenas palabras cuando el cerebro está leyendo si hay amenaza. Estar presente no elimina el conflicto, pero desactiva la lógica de guerra.

—¿Creés que hoy, especialmente a partir de cierta edad, estamos obligados a reaprender a estar con otros sin ser multitasking?
—Si, tanto los nativos, como la generación silver, todos necesitamos reeducar nuestro cerebro. Algunos hablan de ponerse en modo avión. Yo te elevo la apuesta, hablar y responder. La típica pregunta de terapia ¿Qué te pasa con esto que estás diciendo? o también ¿Qué pensás de ésto que te dije recién? El multitasking no se ataca, se reformula. No es cuestión de luchar contra los pensamientos, dicen todos los neurocientíficos, es cuestión de poder volver a elegirlos o reemplazarlos.
Es clave no solo soltar el celu, sino intentar tener buenas conversaciones, de esas donde hay dos o más personas hablando. Hablando de verdad.
La abuela no resolvió conflictos. Ayudó a desarmarlos. Enseñó a quedarse. A no levantarse de la mesa antes de tiempo. Para Yunes, tiempo, conversación y conflicto son tres primos que solo funcionan si permanecen juntos. El conflicto necesita tiempo para aflojar. La conversación, tiempo para respirar. Y alguien que ordene, que modere, que cuide los ritmos. Sin eso, todo se desborda.
—Si tuvieras que dejar una idea concreta para quienes integran la llamada generación silver, ¿cuál sería?
—Que afinen el oído, como se afina una guitarra antes de un concierto. Todos los días salimos a la vida con nuestra guitarra al hombro. Y si está desafinada, no hay canción posible, por más talento que tengamos.

Para afinar hace falta algo que escasea: silencio y quietud. Algunos pueden hacerlo sin afinador, es cierto. Pero yo creo que la generación silver tiene un elemento que otras generaciones todavía están madurando: el oído.
Un oído entrenado por el tiempo, por las pérdidas, por las conversaciones largas y por los silencios incómodos. Escuchar bien no garantiza que todo salga bien, pero es siempre un buen comienzo. Porque cuando el oído está afinado, los conflictos empiezan a sonar distinto.
[La experiencia de Jorge Yunes evoca otra historia de abuela-nieto, la del actor Miguel Angel Muñoz que se convirtió en un film documental “100 días con la Tata”]
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