La joya del Renacimiento español está en Salamanca: un palacio del siglo XVI que hoy es propiedad de la Casa de Alba

Más allá de su fachada histórica, ofrece la posibilidad de conocer de cerca la vida familiar y artística de la nobleza

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El Palacio de Monterrey, en
El Palacio de Monterrey, en Salamanca. (Shutterstock)

El Palacio de Monterrey se alza en el centro de Salamanca como uno de los máximos exponentes del Renacimiento español. Esta construcción del siglo XVI destaca por su fachada diseñada para simbolizar el poder nobiliario, así como por sus elegantes torres y una decoración que ha marcado el patrimonio arquitectónico de la ciudad.

El edificio fue impulsado en 1539 por Alonso de Acevedo y Zúñiga, III conde de Monterrey, quien confió el proyecto a los arquitectos Rodrigo Gil de Hontañón y fray Martín de Santiago. El palacio, concebido como una residencia urbana de prestigio, respondía a la voluntad de expresar la autoridad y el linaje del conde a través de la arquitectura monumental. Las torres angulares —hoy quedan solo cuatro de las seis originales— y la suntuosa crestería refuerzan el carácter singular del conjunto, combinando la función residencial con un aspecto de fortaleza que evocaba la posición preeminente de su promotor.

A pesar de su ambición inicial, el palacio es conocido también por su carácter inacabado. Las limitaciones económicas derivadas de inversiones previas en la fortaleza familiar de Monterrey, en Galicia, y la ayuda a la defensa de Viena, sumadas a la muerte del conde y de su heredero, detuvieron el avance del proyecto. El presupuesto original ascendió a 10 millones de maravedíes, una cifra considerable en la época, pero solo se completó una de las alas previstas y una galería. Este hecho confiere al edificio una personalidad única en el contexto del Renacimiento civil español.

El Palacio de Monterrey influenció de forma notable la arquitectura española e hispanoamericana, especialmente a través de lo que se conoce como estilo Monterrey o neoplateresco. Su legado se percibe en obras posteriores como la Academia de Caballería de Valladolid, el Museo Arqueológico de Sevilla o el Palacio de la Diputación de Palencia. Actualmente, es propiedad de la Casa de Alba y, tras su restauración más reciente en 2017, se mantiene abierto a visitas desde mayo de 2018, funcionando como espacio museístico y residencia viva de la familia ducal.

De símbolo nobiliario a referente cultural:

El valor del Palacio de Monterrey va más allá de su arquitectura, reflejando también la evolución social de la nobleza castellana. Se integró en la Casa de Alba a raíz del matrimonio entre Catalina de Haro y Guzmán, VIII condesa de Monterrey, y Francisco Álvarez de Toledo y Silva, X duque de Alba, en el siglo XVII. Desde entonces, el edificio forma parte del patrimonio familiar y ha sido adaptado, restaurado y mantenido como residencia activa.

Durante el siglo XIX, el palacio tuvo diversos usos, incluida la ubicación de una escuela pública, antes de consolidarse como residencia del duque de Alba. Fue declarado Monumento Histórico Nacional el 6 de mayo de 1929 —actual Bien de Interés Cultural—, y ha conocido restauraciones importantes en los siglos XIX y XX.

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El impulso renovador más reciente corresponde al XIX duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, quien promovió las obras que culminaron en la apertura de estancias y jardines al público en 2018. La Fundación Casa de Alba, creada en 1973 por Luis y Cayetana, ha dedicado su labor a la conservación, apertura y difusión del patrimonio, facilitando el acceso a las colecciones artísticas y manteniendo el carácter de residencia viva del edificio.

El interior del Palacio de Monterrey alberga una colección artística de interés histórico y singularidad. Destacan dos paisajes de José de Ribera (1639), considerados únicos en su producción independiente. Otras piezas relevantes incluyen el Jasón con el dragón de Salvatore Rosa, un retrato del gran duque de Alba realizado por Alonso Sánchez Coello, otro de Santa Teresa de Ávila de Juan Carreño de Miranda y una pintura atribuida a Annibale Carracci. La colección se enriquece con esculturas de Mariano Benlliure y óleos de Manuel Benedito.