
Al hablar de París, hay unas cuantas cosas que vienen a la mente de manera inmediata y casi inconsciente: la Torre Eiffel, la catedral de Notre Dame, el museo del Louvre, el río Sena, la basílica del Sacré-Coeur, el Moulin Rouge y el mal genio de sus habitantes.
Pero en la ciudad hay muchos más destinos turísticos que merecen la pena y con atractivos para los amantes del arte y de la historia. Es el caso de la Iglesia de Saint-Sulpice, situada en el corazón de la capital francesa, cuya majestuosidad arquitectónica viene del siglo XVII, aunque sobre unos cimientos del siglo XII. Este emblemático edificio no solo destaca por ser uno de los más grandes de la ciudad, sino también por albergar en su interior tesoros artísticos y arquitectónicos como las obras de Jean-Baptiste Pigalle y Eugène Delacroix, así como el renombrado órgano de Cavaillé-Coll. Además, la iglesia ofrece visitas guiadas que permiten a los visitantes explorar sus rincones más destacados, incluidas sus criptas y la Capilla de los Ángeles. Para estas actividades, es necesaria una inscripción previa.
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La Iglesia de Saint-Sulpice ofrece un viaje a través del tiempo y del arte. La capilla dedicada a la Virgen resalta por una estatua elaborada por Pigalle, mientras que la sacristía y los trabajos en madera de estilo Louis XV muestran la refinada artesanía de la época. Los murales de Delacroix brindan un espectáculo visual inigualable, sin olvidar el gnomon, un intrigante instrumento de astronomía incrustado en el suelo de la iglesia. La estructura exterior está dominada por dos torres distintivas que flanquean su fachada y que ofrecen a los visitantes vistas memorables desde la Place Saint-Sulpice.
De Luisa Isabel de Orleans al ‘Código Da Vinci’
En esta iglesia está enterrada Luisa Isabel de Orleans (1709-1742), hija de Felipe de Orleans, regente de Francia, y de la señora de Blois, una hija natural de Luis XIV. Según cuenta la Real Academia de Historia, no era muy querida en la familia: “Su abuela paterna, la princesa palatina, la criticaba con dureza: ‘No puede afirmarse que sea fea; tiene los ojos bonitos, la piel blanca y fina, la nariz bien hecha, aunque un poco delgada; la boca muy pequeña. Sin embargo, a pesar de todo esto, es la persona más desagradable que he visto en mi vida; en todas sus acciones, ya hable, o coma o beba, impacienta, por lo que ni yo ni ella hemos vertido lágrimas cuando nos hemos dicho adiós’”.
Su suerte cambió al acordarse su casamiento con el heredero de la Corona española. Al producirse la reconciliación entre las dos ramas de la dinastía borbónica, se selló el acuerdo mediante un doble vínculo matrimonial: la boda del príncipe de Asturias, Luis, con una hija del duque de Orleans, la princesa Luisa Isabel, y el futuro enlace del rey de Francia, Luis XV, con la infanta española María Ana Victoria (un casamiento que nunca llegaría a realizarse).
Convertida en Princesa de Asturias, “causó buena impresión y pareció adaptarse bien a su nuevo país”, señala la Real Academia de Historia. La abdicación de Felipe V en 1724 convirtió a la joven pareja en nuevos reyes de España. Luisa Isabel tenía 13 años. “Su conducta como reina escandalizó a todo el mundo y amargó a su esposo, que la quería sinceramente. (...) Bebía con exceso, hasta embriagarse, comía sin medida, se exhibía ligera de ropa y cometía toda clase de locuras, impropias de la decencia y del protocolo”, según los historiadores.
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La situación llegó al extremo de que el rey se vio obligado a recluirla en el viejo alcázar de los Austrias, pero sólo pasó allí 16 días. De todos modos, su reinado apenas duró ocho meses, pues Luis I murió de viruela poco después. Como viuda, tuvo que abandonar Madrid y fue devuelta a la Corte francesa, donde tampoco encontró su lugar. Relegada, enferma y empobrecida, falleció en el palacio de Luxemburgo cuando todavía no había cumplido treinta y dos años. Fue enterrada en la iglesia de Saint-Sulpice, un lugar que también fue uno de los escenarios de la novela de Dan Brown, El Código Da Vinci, lo que ha aumentado la afluencia de turistas.
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