El tenis se convirtió en vida a muy temprana edad. La idea de que Nadja Manjón iba a ser profesional se instaló en su familia y fue creando una presión en la joven tenista. Creció con el peso de llevar a la élite. Un sueño en el que su familia había invertido el dinero. Hasta que un día le hicieron la pregunta que lo cambiaría todo: “¿Cuándo lo vas a dejar? No ves que no llegas”. Tiró todo lo relacionado con el tenis, aunque volvió a coger la raqueta para estudiar en Estados Unidos. Acabada la carrera, puso fin a esa relación amor-odio y comenzó una nueva vida. Ahora ha conseguido reencontrarse con ese deporte que tanto le ha dado y que es su “vida” y se lo “ha dado todo”, asegura en una entrevista con Infobae y comparte su historia en su libro Los que no llegaron, donde habla de la otra cara del deporte.
Nadja empezó en el tenis por descarte, dado que sus tardes se repartían entre patinaje artístico, gimnasia rítmica y la raqueta. Ni el tiempo ni sus padres daban para dividirse tanto y tuvo que quedarse solo con una. “Elegimos la que más dinero podría dar, en el caso de llegar a ser profesional”. Al principio acudía al club al lado de su casa en Galicia, donde había 20 niños por clase. La situación cambió cuando decidieron que sería el tenis a lo que dedicaría su tiempo. Decidieron, porque fue un movimiento dado tras debatirlo con su familia. Sus primeros pasos en el deporte de la raqueta fueron frenéticos: clases particulares y en grupo, competiciones y un cambio de ciudad.
Cuando Nadja tenía cuatro años, se mudaron a Mallorca por dos motivos: por el tenis, porque allí había un boom muy importante; y porque a su madre le ofrecieron un buen trabajo allí. En tierras mallorquinas comenzó a entrenar en una academia de alto rendimiento, lo que dio lugar a competiciones más serias. Torneos nacionales, entrenamientos individuales o preparación física fueron las nuevas dinámicas que se incorporaron a la vida de la joven tenista. “Todo empezó a ser un poquito más serio y con más presión. Yo pensaba: ‘Vamos a Mallorca por tu tenis, hay que tomárselo en serio. No valen entrenamientos malos, tienes que ganar y empezar a mostrar resultados’”, recuerda.

Por entonces, su padre ya había dejado su carrera profesional para volcarse en la carrera deportiva de Nadja y en la de su hermano. “Nosotros somos muy de todo o nada”, afirma en tono jocoso. De Mallorca se trasladaron a Madrid, dada la frecuencia con la que tenía que salir de la isla para acudir a competiciones. “Empecé a ganar torneos y ya fue el último paso de todo o nada, porque en el instituto se hacía un poco complicado”. Nadja aprobaba, pero necesitaba ese apoyo de los profesores para compaginar la vida deportiva con la educativa. Ante tal situación, volvieron a hacer las maletas y pusieron rumbo a Valencia.
En las pistas de TenisVal, la academia de Pancho Alvariño y José Altur que vio crecer a David Ferrer, Pablo Andújar o Álex Calatrava (cerrada hace unos años) comenzó a desarrollar su sueño con las pelotas aterciopeladas. Allí compartió pistas con Paula Badosa y Sara Sorribes, donde estudiaba a distancia para poder centrar su día a día en el tenis. Los dos primeros años en tierras valencianas fueron de ensueño. Ganó distintos torneos y dio el salto a las competiciones WTA, donde necesitaba conseguir tres puntos para tener ránking. Consiguió dos. El problema fue acudir a esos torneos, ya que no todos los fines de semana había uno en España y tenía que viajar al extranjero.
“Ahí es donde la presión empezó a aumentar porque la academia era más cara, porque empiezo a crecer y hay que empezar a mostrar más resultados. Todo eso nos estaba agobiando. Nos estaba comiendo”, detalla. Y añade: “Mi padre había dejado su carrera por mí, me había convertido en su carrera y los resultados no estaban llegando. Es como: ‘ves que tu hija ni está siendo increíble en los estudios ni tampoco está llegando en el tenis y tú lo has dejado todo por ella’. Nosotros somos muy honestos con nosotros mismos y no me decían ‘Nadja, no pasa nada, nos sobra el dinero. He tirado diez años de mi vida, da igual’”. Fueron esos pensamientos los que la acompañaban cuando saltaba a la pista para entrenar y jugar.

Cuando la tenista gallega tenía 17 años llegaron a su límite económico. La presión se disparó y un día le hicieron una pregunta que marcaría su trayectoria: “¿Cuándo lo vas a dejar? No ves que no llegas”. En ese momento, iba de camino a un entrenamiento y le dijo a su padre: “Da la vuelta y nos vamos”. Y se fueron. Llamó a su entrenador para dejarlo y tiró todo lo relacionado con el tenis, incluidos los trofeos, menos las raquetas, porque las quería vender. “Pensé: ‘Al menos me saco un dinerillo’”. A los tres días estaban de vuelta en Galicia. En ese momento, estaba terminando bachiller y tenía que decidir qué carrera estudiar. “Estaba más perdida que un pulpo en un garaje literal. Me pasé el verano viajando a Cádiz a ver a mis abuelos, a Alemania a ver mis otros abuelos. Me fui a Estados Unidos a ver a mi tío”.
Ante la situación de no saber qué estudiar, no tener muy buenas notas para entrar en una carrera y ver que muchas personas se marchaban a Estados Unidos a estudiar, no tuvo dudas. Comenzó con las entrevistas para elegir universidad, cuyo primer criterio era que no le exigieran mucho a nivel tenístico. Empezó ingeniería de nanosistemas. Duró un año. En cuanto hizo las prácticas, se dio cuenta de que eso no era lo suyo y se cambió a marketing. Poco a poco se fue haciendo al día a día, repartido entre estudiar y entrenar. Sin embargo, las competiciones todavía seguían siendo terreno borrascoso. “Si perdía mi equipo, era como bueno, yo he ganado, yo tengo mi resultado, yo tengo mi beca. Solucionado. Cuando jugaba torneos volvía a la Nadia de competición. Y si no tenía un buen partido o perdía, pensaba: ‘¿Qué demonios hago yo aquí en la otra punta del mundo, peleándome con algo que no quiero?’”.
Con el final de la carrera, llegó su adiós definitivo al tenis y empezó a surgir una pregunta: ¿Y ahora qué hago? Nadja llevaba tanto tiempo dedicada al deporte de raqueta que necesitaba encontrar una nueva actividad que le ocupara el tiempo. Poco a poco fue probando y descartando cosas que no le gustaban, hasta que un día empezó a escribir todo lo que había vivido con la idea de no olvidarse de ello. Sin pretensiones, solo quería sacarlo. Y se dio cuenta de que le ayudaba a ir “sanándolo poco a poco”.
Hasta que un día decidió publicarlo, porque pensó que sus vivencias en el mundo del tenis podrían ayudar a otros. El texto vio la luz bajo el título Los que no llegaron. Con ese libro, Nadja cuenta la otra historia del deporte. La más habitual. La de todos aquellos jóvenes que se quedan en el camino hacia el éxito. La de “los que no llegan”, como reza el título del libro. “No quería compartir toda mi vida, pero lo del tenis, que es la mayoría, pensé que igual le ayudaba a alguien como yo hubiese necesitado en su momento”, asegura.
Nadja y su reencuentro con el tenis
Su reencuentro con el tenis no fue buscado, ni esperado. Llegó de forma natural, cuando intentaba construir su vida en Madrid, a medias entre su trabajo en una empresa de ropa estadounidense y su empleo en el sector inmobiliario. “Volvía a jugar al tenis para intentar conocer a gente. Yo no quería entrenadores ni clases. Y en el club David Lloyd en Boadilla del Monte se puede jugar entre socios, te ponen en un grupo y empiezan a hablarte”. Poco a poco empezó a crear su comunidad, a entrar sin prisas, cuando quiere, puede y le apetece. Fue exactamente lo que ella buscaba. “Eso hizo que empezara a ver los torneos en la tele otra vez. Yo antes no era capaz. Era horrible. Horrible. Y ahora, poco a poco, lo estoy viendo. Me entra la morriña, pero ya no es ese dolor que antes tenía de decir: ‘Dios, yo podría haber estado ahí, no estuve’”.
Para ella el tenis lo fue todo: “Imagínate que conoces al amor de tu vida cuando eres pequeño, quieres casarte, hijos, morir con él, todo y, de repente, antes de que pase todo eso, se va. No por culpa tuya ni por culpa de él. Entonces, todo o nada. Se corta por lo sano, no quiero saber nada. Y si te preguntan por él, tú no tienes ni idea y no quieres saber nada y adiós”. Esa pérdida le dejó un vacío y una pérdida de identidad. “Empiezas a vivir en automático”, asegura. “Hasta que llegó un punto en que me sentía cómoda diciendo: Soy Nadja, a secas. Está bien y es suficiente”, afirma.
Después de todo lo vivido, el tenis lo es todo para Nadja. “Es mi vida. Aunque lo haya apartado durante un tiempo y haya querido renegar del tenis, siempre ha estado presente. Me ha abierto las puertas de las mejores cosas que me han pasado”. Y añade: “Y ahora encima puedo ayudar o intentar ayudar a otra gente que igual está pasando por lo mismo o ha pasado por lo mismo, incluso ni siquiera con el tenis, con otros momentos de la vida, a que no pasa nada y que con tiempo y se pueden buscar otras cosas que hacer. Me lo he dado todo”.
Su historia es la de muchos jóvenes. Una tenista que busca llegar a ser profesional, pero se queda en el camino. Una historia habitual, pero desconocida. La que nadie cuenta. La que nadie comparte. Hasta ahora. Nadja decidió dar visibilidad a su historia y a la de muchos otros a través de su libro y contar la historia de Los que no llegaron.
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