
Un partido que comenzó en sábado y acabó entrada la madrugada del domingo -cosas de la Federación- cambia el signo de la historia del Athletic. Desde que Berenguer marcara su penalti, varias generaciones de aficionados dejaron de vivir de la memoria de sus antepasados. Cambió la narrativa, es que llevaba 40 años enquistada en la misma página. Una séptima final hubiera sido demoledor para los bilbaínos. En cualquier caso, la victoria fue agónica porque no llegó hasta la rueda de los penaltis, la misma suerte que había llevado al irreductible Mallorca hasta la Cartuja después de eliminar en las semifinales a la Real Sociedad.
El desenlace avaló el plan del Mallorca de Javier Aguirre, un equipo que disfruta sufriendo y gana confianza después de negar espacios y disparos al contrario. Y de encontrar la pausa entre tanto caos. Raíllo la humanizó cuando, después de dos disparos blocados por la zaga vasca, recogió el balón dentro del área rodeado de rojiblancos y cedió a Dani Rodríguez para que la pusiera ahí, donde sólo él era capaz. Golpe de autoridad. El Mallorca trasladaba al marcador las sensaciones mostradas en el juego. Al Athletic le agarrotaba la tensión competitiva, mientras que los bermellones se movían en ella como quien lleva decenas de finales jugadas a sus espaldas.
Al Athletic le costaba encontrar aire y espacio y cuando podía correr se mostraba impaciente y con falta de precisión. A Nico le anularon un gol por fuera de juego, el remate de Guruzeta no encontraba la red... El Mallorca agradeció el descanso ante el ímpetu bilbaíno, pero también lo hizo Ernesto Valverde, que modificó en la caseta lo visto sobre el verde. Metió a Vesga por Prados y su equipo ganó intensidad y jerarquía para atacar. No obstante, quien la tuvo fue el Mallorca. Larin mediante. Agirrezabala le negó el gol tras haber dejado por el camino a Vivian. Los leones comenzaron a mostrar su versión de San Mamés.
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Cambio de inercia
La parada fue un punto de inflexión porque pocos minutos después llegó el empate de Sancet. Dani Rodríguez se durmió, Nico Williams recuperó y filtró en profundidad para que Oihan definiera. Intensidad, rapidez y verticalidad. El ABC del Athletic en su máxima representación. El tanto despertó a la afición vasca, algo anestesiada desde el tanto bermellón y desprendió de la losa de la responsabilidad de ganar a los de Ernesto Valverde. Muriqi se estrelló con el palo y posteriormente con el guante de Agirrezabala, pero el partido ya estaba decantado para el Athletic.
Los leones dieron en La Cartuja un zarpazo germinado en la otra punta de España, en una ciudad de Bilbao entregada para la ocasión. Por sus calles no se hablaba de otra cosa, hasta sus pintxos eran conscientes de la trascendencia del partido. Cambiaron su denominación de origen por un día. Txangurro y Txori dejaron paso a otros apellidos. Los Sancet, Prados, Williams, Guruzeta, Paredes… aunque uno por encima de todos, Valverde. Ernesto ha creado un señor equipo que funciona con la precisión de un reloj suizo y la velocidad -hermanos Williams mediante- de un rayo. Tanto para compactarse y refugiarse sin balón como para estirarse y atacar los espacios con él.
Ya no importaba la táctica, las pizarras se quedan en blanco cuando llega la prórroga porque se juega más con el corazón que la cabeza. En el bermellón hay un hueco reservado para Abdón Prats, el jugador que marcó el gol del ascenso a Primera División y el de la permanencia una temporada después. Su camino con el Mallorca empezó en Segunda División B -actual Primera RFEF- y siete años después desemboca en La Cartuja, donde fue suplente. En cuanto comenzó la prórroga, Aguirre se acercó para transmitirle que su equipo necesitaba permanecer juntos en bloque bajo, con lo cual, sus opciones de participación disminuían drásticamente.

Todo lo contrario ocurría en el banquillo colindante. Valverde agitaba la coctelera con Berenguer, Raúl García, Muniain y Lekue. Aguirre lo contrarrestaba con Nastasic, más leña al fuego. Aún quedaba gasolina y circulaba por las piernas de Nico WIlliams. Siempre incisivo por banda, siempre imprevisible. Desbordó por la izquierda y la puso a su hermano que remató al aire, luego recibió desde la derecha y sólo Maffeo pudo interponerse en su camino con la gloria. También quedaba un retazo de combustible en el área contraria. Muriqi, un cóndor por alto, ganó el enésimo balón aéreo al que Agirrezabala creció unos centímetros para evitar que se colara.
El ejercicio de supervivencia del Mallorca durante la prórroga llegaba a puerto y Aguirre sacó su ancla para dejar clavada la tensión y sacar las sonrisas de cada jugador. Como en San Sebastián. A los que teóricamente tendrían que temblarles las piernas, encadenaban hoyuelos en sus rostros. Los leones se unían para unir sus fuerzas en un solo rugido. Muriqi fabricó el primero; Raúl García igualó; falló Morlanes; no lo hizo Muniain; sí Radonjic; Vesga acertó -con resbalón incluido-; Antonio Sánchez dio vida; pero Berenguer la aniquiló y firmó la sentencia de muerte del Mallorca. El Athletic Club tocaba el cielo. Ya tiene su Gabarra, cuarenta años después, que se dice pronto. Inicia el recorrido en Sevilla y llegará a Bilbao, no importa, su depósito rebosa gasolina. A lo bajini, ya saben.
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