
El 2 de abril de 1969 tuvo lugar un acontecimiento histórico en España clave para la posterior Transición. Se trató de la entrada en vigor del Decreto-ley 10/1969, que establecía la prescripción de todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939. En otras palabras, aquella ley supuso el indulto de todas aquellas personas que hubieran apoyado a la República o incluso luchado por ella en la Guerra Civil.
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Así, el 2 de abril hubo varias personas que pudieron volver a salir a la calle tras pasar tres décadas escondidas para no ser fusiladas o, en el mejor caso, encarceladas durante el resto de sus vidas. Los llamados topos pudieron volver a disfrutar de sus vidas, y más adelante, también contar sus vivencias que han quedado para la posteridad en historias como la de La Trinchera Infinita, película de 2019 que se inspira en la vida de Manuel Cortés Quero, quien durante años estuvo escondido en un cuarto interior de su propia casa.
Dos hermanos escondidos en el mismo pueblo... sin saberlo
Sin embargo, el título crucial para comprender lo vivido por estas personas es el libro de Los Topos. El testimonio de quienes pasaron su vida escondidos en la España de la posguerra (Capitán Swing). En este libro, los periodistas Jesús Torbado y Manuel Leguineche recogieron varios testimonios de personas que habían pasado escondidas todo el Régimen de Franco, dando lugar a historias realmente sorprendentes.

Una de ellas es, precisamente, la de Juan y Manuel Hidalgo. Estos dos hermanos lucharon en el bando republicano durante toda la guerra, hasta que finalmente regresaron al municipio de Benaque (Málaga) para refugiarse tras la derrota. Llegaron, sin embargo, por separado. Juan lo hizo en abril, el mismo mes en el que había finalizado la guerra, tras más de dos semanas andando.
“Mi hermano llegó seis días antes que yo”, les explicaba Manuel a los periodistas. Estuvieron, de hecho, varios días sin saber qué había sido del otro y no fue sino gracias a sus respectivas mujeres que supieron la verdad. “Tengo que decirte que mi marido está en casa”, le dijo la esposa de este a la mujer de Juan. “Pues mi marido también vino”, fue la respuesta.
La alegría fue inmensa, pero por delante quedaban aún 30 años. “Mientras estuve aquí, nunca vi a mi hermano, ni una vez. El estaba escondido en su casa, a unos veinte metros, pero no nos vimos nunca”. Al fin y al cabo, salir de su casa era arriesgarse a ser detenido por la Guardia Civil y ser ejecutado. “Si teníamos que decirnos algo, mandábamos a las mujeres. ‘Mira, pasa esto y lo otro’”. Este hombre explica, de hecho, que nunca pensó en salir hasta pasados treinta años. “La pena más grande que se ha echado en España son treinta años. Yo decía: la pena de treinta años ya la he cumplido”.
Se volvieron a ver por primera vez en 1966
“Yo no lo puedo contar todo, no me atrevo”, se recogen en el libro las palabras de Juan. “Aquí el problema estuvo cuando nació la niña, en el año 42″. Su mujer tuvo que mentir y contar en el pueblo que había “perdido su honra” para que no supieran lo que había ocurrido. “Yo esperaba una amnistía. Luego supe que hubo muchas, pero ninguna llegó a nuestros oídos. No nos dijeron de ninguna... Y de esa última nos enteramos de casualidad. Se enteró Manuel por la radio”.
En 1945, y también en años sucesivos, Franco emitió algunos indultos limitados que no afectarían a la totalidad de los republicanos hasta la entrada en vigor del decreto el 2 de abril de 1969. Sin embargo, gracias al asesoramiento de una sobrina suya, Juan y Manuel pudieron salir un poco antes. “Nos presentamos en Marbella el día 28 de diciembre de 1966″. Fue entonces la primera vez que pudieron verse, transcurridos casi 30 años.

La historia de ambos hermanos queda recogida en el libro de Leguineche y Torbado, con todos esos momentos en los que estuvieron a punto de ser descubiertos y los problemas que enfrentaron. También quedan recogidas sus primeras sensaciones tras volver a ser libres. “Lo que más me llamó la atención fue Marbella. Antes eran unas pocas de chozas y ahora hay unos rascacielos grandísimos. Las chicas con la falda muy corta, medio desnudas... Me admiraban todas aquellas cosas”, recordaba Manuel.
“Aquello pasó y pasó. No me queda ningún rencor”, resolvía por su parte Juan. “Lo que yo no quisiera era escuchar más de la Guerra. Ni la palabra. Fue mucho lo que se sufrió, mucho lo que padecimos. Yo he pasado veintinueve años de guerra”.
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