
Los cortometrajes, ese eterno infravalorado en las temporadas de premios. Todo el mundo sabe decir qué actor o qué película ganó el Oscar o el Goya, pero suele costar más pensar en quiénes lo consiguen por hacer lo mismo con mucho menos tiempo y presupuesto. Hay quien dice que son solo una película a medias o ni eso, cuando la realidad es que muchas veces albergan universos y personajes infinitamente más fascinantes que los largometrajes. La edición de los Goya que se celebra este sábado en Granada bien lo demuestra, con una serie de trabajos de lo más lúcidos y atrevidos y que cuentan otra particularidad: muchos de ellos están dirigidos por grandes actores del cine español.
Eneko Sagardoy, Celia de Molina, Mabel Lozano y Carolina Yuste son algunos de los nombres que descubre uno al acercarse a los cortometrajes nominados a los Goya. No compiten todos entre ellos, sino que están repartidos entre las tres categorías que aluden a este formato; Sagardoy y Molina se disputan el cabezón de la ficción, mientras que Yuste y Lozano son dos de las grandes candidatas en documental y animación, respectivamente. Huidas en carretera, partos dolorosos, transiciones de género y la lucha contra el cáncer son algunos de esos universos que presentan de forma audaz e ingeniosa estos intérpretes al ponerse tras las cámaras.

De oxímoron y paradojas
Cómo describir un parto si no es comparando su dolor... con el de un parto. Eso dice el personaje de Andrea Ros en Cuarentena, el cortometraje con el que la actriz y ahora directora Celia de Molina aspira al Goya. “Es un asunto absolutamente infrarrepresentado en el cine, y si se habla de ello, se hace desde una visión idílica o médica, un lugar amable que no es el de las mujeres”, explicaba en una reciente entrevista. Si bien en los seis minutos de los que consta su obra no se recrea un parto, sí se exponen sus contradicciones —o mejor dicho, su oxímoron— a través de una lúcida conversación no exenta de toques de humor y con un gran giro final protagonizado por la hermana de la directora, Natalia de Molina.
De las paradojas del parto y el posparto a las oscuras carreteras del norte del País Vasco. Allí se sitúa la historia de Betiko gaua (La noche eterna) la otra contendiente al Goya de ficción en cortometraje con otro debutante tras las cámaras como Eneko Sagardoy, el icónico gigante de Handía, por el que el de Durango conquistó el Goya a actor revelación. Ahora se propone hacer lo propio como cineasta, con un thriller sobre una hija a la caza de su madre entre gasolineras comarcales sin saber muy bien por qué huye, aunque en esa frenética carrera al volante irá entendiendo poco a poco por qué ella misma puede convertirse en su madre algún día. Con una estética nocturna de lo más atractiva, una dirección que no tiene nada que envidiar a Rodrigo Sorogoyen y unas actrices de la talla de Elena Irureta y Miren Gaztañaga, Betiko gaua es la puesta en escena de un gran cineasta en ciernes.

Despedidas emotivas y luchas encarnizadas
Las otras dos viejas conocidas de la pantalla que se pasan a la dirección son Carolina Yuste y Mabel Lozano. La primera realiza en Ciao Bambina un documental en torno a la transición de género a partir de la historia de su amigo Rafael, encapsulando en apenas 20 minutos un viaje de más de 10 meses. Con una realización espontánea y cercana al del vídeo casero, Yuste logra crear esa sensación de diario personal mientras repasa junto a su amigo algunas de las problemáticas y cuestiones que surgen a lo largo de esa transición.
Mucho menos descarnada, pero no por ello menos sincera e imaginativa, Mabel Lozano explora en Lola Lolita Lolaza su lucha contra el cáncer —y el recorrido que hacen otras tantas mujeres— a través de un personaje animado. El formato no solo le permite a la actriz de Los ladrones van a la oficina narrar de una forma mucho más liviana el asunto del cáncer —que muchas veces suele ser tabú, como ella misma confiesa— al conferirle ese tono de humor, sino que también le permite dar forma a muchas de las preocupaciones y pensamientos intrusivos que una tiene durante el proceso, entre ellas ironizar con la figura de “la guerrera”.
Cada uno a su manera, estos cuatro actores reconvertidos en directores demuestran que el cortometraje es un vehículo excepcional para contar pequeñas grandes historias, tratar temas que no tienen cabida en algunas películas y, sobre todo, poder desarrollar su talento desde otro rol. Independientemente de quién de ellos se alce con el cabezón, si es que alguno lo hace, la edición de estos Goya podría habernos descubierto a los grandes directores y directoras del mañana, ya sea en formato corto o largo.
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