Juan Ortega cuaja la actuación de mayor calado artístico de una Goyesca de reencuentro

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Álvaro Rodríguez del Moral

Ronda (Málaga), 5 sep (EFE).- La LXVII Corrida Goyesca de Ronda, que abarrotó la plaza de la Real Maestranza, se ha saldado con la salida a hombros del rejoneador Diego Ventura y los diestros José María Manzanares y Juan Ortega que fue, a la postre, el autor del toreo de mayores quilates de un festejo en el que había brillado el aura previa de Morante de la Puebla.

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Con este acontecimiento, que había agotado todo el billetaje disponible a las pocas horas de ponerse a la venta -hace ya cinco meses- se reanudaba el normal desarrollo de esta corrida anual que había dejado de celebrarse en 2024 y 2025 mientras se culminaban las obras de consolidación estructural de las arcadas de piedra que han legado, además de un recinto más seguro, una nueva policromía de los tendidos que ahora se presentan en rojo almagra.

Había abierto plaza el rejoneador Diego Ventura después de abrir la puerta grande con autoridad en la corrida ecuestre de la mañana. Despachó un ejemplar de Ribeiro Telles, remiso de comportamiento, con el que volvió a ponerlo todo gracias a una monta precisa en la que no faltaron los alardes como prescindir de la cabezada en un par a dos manos que coronó una labor entregada, bien rematada con el acero, que le sirvió para volver a salir a hombros.

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Pero la máxima atención gravitaba en torno a la presencia de Morante de la Puebla que había escogido un peculiar terno azulón, más romántico que goyesco, para comparecer en esta Goyesca recuperada en la que hizo el paseo envuelto en un inmenso capote grana, galoneado de oro, y tocado con una montera decimonónica que sujetaba con un añejo barbuquejo.

Su primero apenas se empleó en el capote y echó la cara arriba en el único puyazo que tomó. El público se puso a la contra mientras el diestro de La Puebla, que midió al animal en los primeros muletazos, comprobó que estaba vacío de todo gas. No se dio coba y se marchó a por la espada echándolo abajo como buenamente pudo.

Pero Morante iba a mecer todo el cuerpo recibiendo al cuarto. Una bellísima larga cordobesa lo dejó colocado ante el caballo pero el animal salió del peto pegando frenazos. Con la muleta en la mano su matador se iba a volver a desengañar ante una embestida rebrincada y corta, sin entrega ninguna, trasteada por Morante con el compromiso habitual en una labor reunida y de mérito sordo en la que no había enemigo posible.

Manzanares, uno de los toreros que más se han prodigado en la Goyesca, se gustó en el variado recibo capotero al segundo, de esmirriada presentación. Pero el bicho se iba a partir un pitón en el peto ensombreciendo aún más esa paupérrima presencia que ya había puesto en guardia al público.

Josemari intentó hilvanar el trasteo con la gente a la contra y el animal, con su sosa nobleza, embistió pegando cojetadas en la muleta. El alicantino mantuvo la compostura en un trasteo de meras apariencias en el que pareció torear de salón a un carro renqueante al que despenó de un feo espadazo al encuentro, refrendado con el descabello.

Con el quinto, que gateó en el capote, no iba a mejorar demasiado la decoración. Manzanares se empleó en una labor larga y tesonera, compuesta en la forma, para trajinar de aquí para allá la potable embestida de un animal que, aunque amagó con rajarse, derrochó nobleza en la muleta. Lo cazó de un espadazo recibiendo y cortó dos orejas tan generosas como olvidables.

Juan Ortega acudía por segunda vez en su vida torera a este festejo. Lo hizo ataviado con el traje más genuinamente goyesco, cortado en la sastrería Santos en el colofón de un concienzudo trabajo de investigación histórica que alumbró un auténtico viaje en el tiempo, reforzado por la fuerza del escenario rondeño.

El diestro sevillano ligó un puñado de verónicas estimables antes de gallear por chicuelinas. Abrió con ayudados, más hondos por bajo que por alto. Y la faena comenzó a fluir por el lado diestro y se animó en un airoso molinete antes de trazar un puñado de naturales que acabaron resolviendo las deficiencias de la embestida de su enemigo.

Ortega se acompasó con el pasodoble ‘La Concha Flamenca’ en una arrebatada serie diestra antes de volver a ceñirse por la otra mano en el confín de una faena, hilvanada con excelentes pases de pecho, y rematada de estocada y descabello para pasear una oreja de peso.

Había que amarrar la cosa: al sexto le pegó, uno a uno, varios lances de los suyos rematados con una airosa larga. Ortega brindó a Joselito Arroyo, al que le unen lazos de amistad y admiración, antes de ponerse a torear con sencilla belleza, sublimada en un lentísimo cambio de mano. El diestro sevillano mantuvo ese empaque natural y dibujó excelentes naturales antes de volver a la diestra con la sensación de trasteo hecho.

Pero un cartucho de ‘pescao’ abrió la puerta de un nuevo tramo de excelentes naturales que precedieron a la estocada que cerraba la faena, y su actuación global, la de mayor contenido artístico de una Goyesca que devolvía la continuidad al festejo. Paseó dos orejas que tenían otra entidad.

FICHA DEL FESTEJO

Se lidió un toro de Ribeiro Telles a caballo, tardo y remiso. Las reses de lidia ordinaria correspondieron al hierro de Garcigrande, muy desiguales de presentación. El primero estuvo vacío de todo; el segundo, impresentable, fue sosísimo; el tercero, con sus defectos, se dejó; deslucido el cuarto; noble y rajado el quinto y noblón el sexto.

El rejoneador Diego Ventura, con casaca verde y azabache, dos orejas.

Morante de la Puebla, de azul Mahón y blanco con golpes cobrizos, silencio y palmas.

José María Manzanares, de plomo con galones cobrizos, silencio y dos orejas.

Juan Ortega, de terciopelo corinto con golpes de oro y madroñera dieciochesca, oreja y dos orejas

Lleno de ‘no hay billetes’ en tarde veraniega. La plaza de la Real Maestranza de Ronda reabría sus puertas tras dos años de obras de consolidación de sus arcadas de piedra. EFE

arm/may

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