Gozoso o desdichado: siete cuadros del Museo del Prado para recordar lo azaroso del amor

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Cristina Lladó

Madrid, 13 feb (EFE).- El Museo del Prado está lleno de amor. Con motivo de la celebración del día de San Valentín, un recorrido por la pinacoteca revela cuadros de todas las épocas que cantan al amor poético y lujurioso de los dioses, a la felicidad conyugal y también al desgarro y sufrimiento que provocan los amores frustrados.

El jefe de Contenidos Didácticos del Prado, Fernando Pérez Suescun, acompaña a EFE en un paseo por las salas del museo y las fases del amor reflejadas en grandes obras de todos los tiempos, prueba de que, gozoso o desdichado, el amor vivirá para siempre.

A lo largo de la historia, muchos son los amantes que han recurrido a tretas y engaños para conquistar a la persona amada, asegura Pérez Suescun, parándose ante el ‘Hipómenes y Atalanta’, de Guido Reni, fechado 1618-1619.

La bella Atalanta se negaba a casarse y, para eludir a sus numerosos pretendientes, decidió que se desposaría con quien le ganara en una carrera.

Viendo que la joven vencía a todos sus contrincantes, Hipómenes pidió ayuda a la diosa Venus, quien le dio tres manzanas de oro, para que el joven las fuera tirando al suelo a lo largo de la carrera y así distraer a Atalanta y poder vencerla.

Felizmente casados, los jóvenes acuden un día al templo de la diosa Cibeles y “en pleno frenesí amoroso, tienen relaciones en el templo, lo que indigna a la diosa”, cuenta Pérez Suescun.

En castigo, Cibeles los convierte en leones y los condena a tirar de su carro. Y ahí siguen, cientos de años más tarde, en la Plaza de Cibeles de Madrid, tirando del carro de la diosa del Real Madrid sin siquiera mirarse.

También el amor conyugal tiene un sitio entre los cuadros del Prado. Así, el veneciano Lorenzo Lotto pintó en 1523 a ‘Micer Marsilio Cassotti y su esposa Faustina’, una pareja de recién casados que observan al espectador con mirada cautelosa y ligeras sonrisas.

Sobre ellos, un cupido de sonrisa maliciosa, les coloca un yugo sobre los hombros, símbolo de las obligaciones que contraen al casarse. Decorado con hojas de laurel, que representan la felicidad y el triunfo, según Pérez Suescun; pero yugo al fin y al cabo.

El cuadro fue encargado por el padre del novio y en él, la novia luce un medallón con la imagen de Faustina la Mayor, una emperatriz romana modelo de la esposa perfecta.

El Prado cuenta con infinidad de fabulosos cuadros sobre la felicidad del amor, muchos de los cuales son obra de Pedro Pablo Rubens (1577-1640), como ‘Las tres Gracias’, jóvenes del séquito de Afrodita que se asociaban al amor, la belleza, la sexualidad y la fertilidad.

Tres bellas jóvenes que bailan o conversan desnudas en un claro del bosque.

‘El jardín del amor’, otro cuadro de Rubens, recién casado con Hélène Fourment, muestra a una pareja acaramelada junto a un verdadero jolgorio de jóvenes sobrevolados por amorcillos que les animan a la exaltación del amor.

Los angelitos portan símbolos matrimoniales y la fuente con Venus y las tres Gracias aluden al “amor fecundo”, lo que disipa todas las dudas: el amor es felicidad y disfrute.

Y sin embargo, avisa Pérez Suescun, en la sala 75 del museo la historia cambia.

Tres grandes cuadros de amores trágicos: el de Doña Juana la Loca, los Amantes de Teruel y la trágica historia de Francisco de Borja, duque de Gandía. Obras que advierten sobre el sufrimiento y el desgarro que puede causar el amor prohibido o no correspondido.

En medio de un camino embarrado, con todo su séquito con expresión de aburrimiento y preocupación, doña Juana de Castilla mira medio desquiciada de amor el féretro de su esposo, Felipe el Hermoso, en el dramático cuadro de Francisco Padilla (1848-1921).

En la pared de enfrente, José Moreno Carbonero retrata en 1884 al duque de Gandía llorando desconsolado en brazos de un compañero de armas junto al féretro abierto de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

Su mujer, que lo observa desde una esquina, comprende desesperada que el amor de su marido no le corresponde.

Al ver el cuerpo putrefacto de su verdadero amor, el duque exclama “nunca más servir a señor que se me pueda morir”. Una promesa que cumplió fielmente ya que, a la muerte de su esposa, tomó los hábitos e ingresó en los Jesuitas con una entrega que le valió ser nombrado general de la orden y posteriormente canonizado como San Francisco de Borja.

Y finalmente, ‘Los amantes de Teruel’, de Antonio Muñoz Degrain, un cuadro de 1884 que ilustra la trágica leyenda de los amores desdichados que llevaron a la muerte a Diego de Marcilla e Isabel de Segura. Él murió por no recibir un beso. Ella por darlo.

Una historia “que se adelantó en varios siglos al ‘Romeo y Julieta’ de Shakespeare”, concluye con orgullo Pérez Suescun poniendo fin a un paseo por el amor en el Museo del Prado que podría haber sido mucho más largo y azaroso. EFE

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