Ximena Hessling
Madrid, 17 ene (EFE).- El silencio cubre un fragmento de la historia de Matadero de Madrid en los años de la posguerra, cuando este espacio que hoy alberga exposiciones y obras de teatro sirvió como un centro de reclusión forzosa para cientos de personas que se encontraban en una situación de extrema pobreza.
La antropóloga María Adoración Martínez Aranda investiga este episodio del pasado "invisibilizado", un "limbo legal" donde la represión, el hambre y el frío se cobraron la vida de cientos de personas. Su trabajo saca a la luz lo que los documentos de la época denominaban como el "campo de mendigos" o "parque de mendigos".
La investigación de Martínez Aranda nace de su tesis doctoral sobre migraciones internas y chabolismo y de la consulta de un informe del Patronato de Protección a la Mujer, que señala que más de ochocientas personas murieron en el invierno de 1941 en Matadero, "un dramático suceso que hasta hoy no ha tenido la suficiente atención", explica en declaraciones a la Agencia EFE.
La búsqueda de respuestas la conduce hasta el testimonio de Juan Gálvez, quien plasmó su calvario en el libro 'Madrid, campo de exterminio', de edición "muy modesta", publicado en 2009.
Gálvez, hijo de republicanos represaliados, terminó recluido en el Matadero siendo apenas un niño cuando buscaba una salida a su situación en un Madrid "devastado por la guerra".
La experta relata cómo el régimen de Francisco Franco "buscaba proyectar una imagen imperial de la capital que chocaba frontalmente con la miseria de las calles".
"El objetivo del régimen es limpiar Madrid de los mendigos y las mendigas, que tenían una dimensión y unas cifras sonrojantes para la alcaldía", afirma Martínez Aranda sobre la política de recogida, clasificación y reclusión de esta población ejecutada por el Servicio de Represión de la Mendicidad.
Las condiciones de vida en el recinto eran "infrahumanas", describe la investigadora, quien detalla que "las naves que originalmente estaban destinadas al ganado se habilitan en apenas veinte días para acoger a 3.000 personas, lo que da idea de la precariedad absoluta de materiales y condiciones", describe la investigadora.
Los internos dormían sobre paja, carecían de ropa de abrigo y apenas recibían dos raciones diarias de un agua caliente con alguna legumbre flotando.
"Juan Gálvez habla del pijama de rayas, que es lo único que llevaban puesto desde que ingresaban hasta que salían, identificando ese lugar como los campos de concentración que vería después", añade la antropóloga.
Matadero funcionaba como "una prisión sin registro oficial", un espacio donde las familias perdían el rastro de sus seres queridos durante meses. "Era un limbo a todos los niveles porque estaban privados de libertad, recluidos en contra de su voluntad y sin posibilidad de comunicarse con el exterior", recalca Martínez Aranda.
A pesar de la magnitud del drama, el centenario de Matadero celebrado el año pasado ignoró por completo este capítulo, lo que la investigadora considera una forma de violencia simbólica.
"Me sorprende que en las publicaciones oficiales como la memoria para la rehabilitación de Matadero de la Fundación del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid no se hiciera referencia a este episodio, mencionando solo que algunas naves tuvieron un uso de índole social en los años cuarenta", critica la experta.
Este sábado, la Asociación Pasillo Verde-Imperial organiza un acto de homenaje en el propio Matadero para romper el silencio y dignificar a las víctimas, con la participación de la profesora Martínez Aranda y de la artista digital Amaya Hernández.
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(Recursos de archivo en EFEServicios: Referencia 8000390144, 8000388398)

