Aragonès, el independentista tranquilo que busca la reválida pese a los malos augurios

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Martí Puig i Leonardi

Barcelona, 6 may (EFE).- Apasionado de la política desde que tiene uso de razón, independentista desde siempre, la carrera política de Pere Aragonès se aceleró sin remedio cuando Oriol Junqueras, desde el otro lado de los barrotes de la celda donde estaba encarcelado, le dijo que se preparara para ponerse al frente del partido.

De ahí, a la vicepresidencia en el gobierno de Quim Torra y a convertirse en el primer presidente de la Generalitat de ERC desde la recuperación de la democracia, el tercero de su historia, tras Francesc Macià, que murió en el cargo, y Lluís Companys, fusilado por el régimen franquista.

Aragonès (Pineda de Mar, Barcelona, 1982) afronta ahora el reto de revalidar la presidencia de Cataluña, a la que accedió con apenas 38 años, una batalla que no se presenta sencilla visto el empuje del socialista Salvador Illa y del líder de Junts, Carles Puigdemont.

Licenciado en Derecho por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y máster en Historia Económica por la Universitat de Barcelona (UB), el candidato republicano puso en pausa el doctorado que comenzó a cursar y amplió estudios sobre políticas públicas y desarrollo económico en Harvard (Reino Unido).

En 2016, fue nombrado secretario de Economía, bajo las órdenes de Oriol Junqueras, entonces vicepresidente del Govern y conseller de Economía y Hacienda.

Aragonès conoce a Junqueras desde antes de que este se incorporara a las filas de ERC, cuando, como profesor universitario de Historia, era convocado por las juventudes del partido para dar charlas.

La carrera del primero no se entiende sin el impulso que le ha dado el segundo, ni sin el terremoto político de 2017: Junqueras situó a Aragonès lejos de los preparativos del referéndum del 1 de octubre, con la intención de "protegerlo" ante lo que intuía que estaba por llegar.

Meses después, desde la cárcel y en presencia de la secretaria general de ERC, Marta Rovira, que poco más tarde se instalaría en Suiza para regatear a la Justicia española, Junqueras pasó el testigo a Aragonès: "Si le pasa algo a ella, te toca a ti", le dijo, según reveló la periodista Magda Gregori en un libro centrado en la figura del candidato.

Hoy, con Junqueras pendiente de que se apruebe la amnistía, la relación entre ambos se ha enfriado, más por cuestiones del día a día que por diferencias políticas, según fuentes conocedoras de las entrañas del partido. Los liderazgos de uno y otro poco tienen que ver entre sí: "Oriol es más barroco, intuitivo, creativo. Yo soy más cartesiano, intento establecer un método", resume el propio Aragonès.

Sin el tono casi mesiánico de Junqueras y caricaturizado incluso como tecnócrata, Aragonès hace suya esa célebre frase de Quintiliano: "Suaviter in modo, fortiter in re", esto es, suave en las formas, firme en el fondo.

Encuadrado en la izquierda liberal del partido, más de John Maynard Keynes que de Karl Marx, con un carácter exento de tintes épicos y poco amante de la refriega partidista, reivindica el camino recorrido por ERC: de la unilateralidad propugnada en 2017 a la apuesta por la negociación con el Estado, en la que los republicanos enarbolan nuevamente la bandera del referéndum acordado.

Decidido a facilitar la gobernabilidad de los ejecutivos de Pedro Sánchez pese a los reproches de Junts, ERC ha dado también durante su mandato el primer paso de aproximación al PSC, con dos acuerdos sobre los presupuestos de la Generalitat tras años sin colaborar.

A Aragonès, el gusanillo de la política le entró de forma casi natural: su abuelo fue alcalde de Pineda de Mar en los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, su padre fue concejal en las listas de Convergència i Unió e incluso los bisabuelos tuvieron responsabilidades políticas en el ámbito municipal.

Con nueve años, Aragonès ya escribía redacciones sobre la disolución de la URSS; con alguno más se dedicaba a fundar partidos independentistas inventados con sus amigos; con 16, militaba en las juventudes de ERC; y con 24, fue diputado en el Parlament.

Su pose sosegada contrasta con sus toques de humor en la distancia corta, incluidas imitaciones de sus adversarios políticos que solo saca a relucir ante sus colaboradores más estrechos.

Con pocas horas libres, poco amante del deporte, los momentos de relax los encuentra entre los fogones -recomiendan especialmente sus arroces, inspirados en los de su abuela- y al lado de su familia: su mujer, Janina Juli, exmilitante de las juventudes de Convergència, y su hija Clàudia, de cinco años, que apunta hacia el televisor, divertida, cuando ve a su padre en las noticias. EFE

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