El año en que los españoles se acostumbraron al vértigo

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Antonio del Rey

Madrid, 11 dic (EFE).- Tras superar el gigantesco impacto humano y económico de la pandemia, despiertos ya del aletargamiento que había provocado en la sociedad, los españoles han tenido que acostumbrarse en 2023 al vértigo provocado por una compleja situación política, salpicada de incógnitas, que no ha acabado de resolverse.

Nada se ha resuelto como parecía, los ciudadanos se ha visto obligados a convivir con coyunturas inesperadas -como la derivada de un candidato a la Presidencia del Gobierno ganador en votos pero sin escaños suficientes para serlo- y al final el año acaba como empezó, con Pedro Sánchez en La Moncloa.

El precio tal vez haya sido una polarización y división que han crecido como nunca.

La amnistía para los implicados en el procés ha prendido como pólvora rápida y ha arrastrado a las calles a miles de manifestantes disconformes con las cesiones de Sánchez al independentismo, los puentes entre Gobierno y oposición siguen rotos, casi hundidos en asuntos como la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

El 28 de mayo es una fecha clave para entender la evolución de este convulso período; aquel domingo el PP logró cambiar el mapa político autonómico y municipal superando al PSOE, y pensó que el camino hacia La Moncloa estaba allanado para su líder, Alberto Núñez Feijóo.

Pero el socialista, en una nueva vuelta de tuerca a su famoso "manual de resistencia", recondujo rápidamente la derrota del PSOE al adelantar por sorpresa las elecciones generales al 23 de julio, justo cuando España estrenaba la Presidencia del Consejo de la UE.

Su decisión desencadenó una tormenta a la izquierda del PSOE. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, se apresuró a registrar como partido su plataforma Sumar y acabó forzando a Podemos, el incómodo socio del Gobierno de coalición, a entrar en la coalición pero sin la ministra Irene Montero en las listas.

Se cobraba la factura del desgaste ocasionado por los morados y de los efectos indeseados de la ley del "sí es sí" por excarcelaciones y reducciones de penas de agresores sexuales.

Todo parecía indicar que el PP acabaría gobernando, con 760.000 votos más que los socialistas en los comicios locales, y se abrió una insólita campaña estival bajo las sombrillas, con los ciudadanos afanados en votar a tiempo por correo y preocupados por si el sorteo para integrar alguna mesa electoral les estropeaba el descanso.

Núñez Feijóo acudía a los comicios tras intentar afianzar desde el Senado su condición de jefe de la oposición en sus "cara a cara" con Sánchez, mientras el jefe de Vox, Santiago Abascal, había movido ficha con su flamante y para muchos estrambótica moción de censura que convirtió al economista y excomunista Ramón Tamames, de 89 años, en candidato fallido a ocupar La Moncloa.

Pero el triunfo del PP el 23M tenía letra pequeña porque los populares necesitaban a Vox para formar gobiernos en ayuntamientos y comunidades, como Aragón, Comunidad Valenciana, Extremadura, Murcia y Baleares, y el PSOE aprovechó estas obligadas alianzas de "la derecha con la ultraderecha" para agitarlas en la campaña de verano.

Activada la masa de votantes/veraneantes, la campaña electoral tuvo su momento álgido en el único debate televisivo cara a cara entre Sánchez y Feijóo que, según los analistas, ganó el líder del PP, provocando un palpable desencanto en la militancia socialista.

Feijóo renunció a asistir a más debates, pero Pedro Sánchez multiplicó entonces sus esfuerzos para tratar de enmendar dar unas encuestas que dibujaban una inevitable mayoría absoluta de PP y Vox. Al final, con récord de votos por correo, el 23J le dio otra oportunidad, la oportunidad de sobrevivir una vez más.

Las cuentas no daban para que Feijóo fuera investido presidente porque, pese a subir espectacularmente de 89 a 137 escaños, el importante desgaste de Vox, que cayó hasta los 33 escaños, dejaba a ambos a cuatro votos de la mayoría absoluta; si los demás se congregaban en torno a Sánchez, cuyo partido resistía con 121 diputados, el presidente seguía en La Moncloa.

Todas las operaciones de la ecuación que podía mantener a Sánchez en su despacho pasaban por un nombre, Junts -el partido del prófugo Carles Puigdemont- y un apellido, sus siete diputados independentistas.

Otra vez, cuando todo parecía que se iba a resolver a favor del PP, volvía la incertidumbre y volvía a aparecer el espectro de algo ya vivido en 2016: una repetición electoral. Con Puigdemont en Bélgica el precio de cada uno de sus votos subiría rápido.

Entre tanto, la elección de la expresidenta de Baleares Francina Armengol como presidenta del Congreso, por mayoría absoluta, parecía un mal augurio para los intereses de Feijóo, al ser designada en primera votación, con apoyo de Junts, gracias a unos acuerdos alcanzados por el PSOE con la izquierda y el independentismo.

Fruto de esos acuerdos ahora ya se puede utilizar el catalán, el gallego y el euskera en el hemiciclo de la Cámara Baja, algo que hasta hace poco parecía imposible.

El rey comenzó sus consultas para proponer candidato a la investidura. Aun sin tener los apoyos garantizados, propuso a Feijóo por la "costumbre" de postular al que más escaños había conseguido y Armengol fijó el debate para el 26 y 27 de septiembre.

Si España no tenía presidente antes del 27 de noviembre sus ciudadanos tendrían que acudir de nuevo a las urnas el 14 de enero.

La palabra amnistía ya había asomado la patita desde la agridulce victoria del PP y ya no se bajaría del carro político, y la foto de Puigdemont y Yolanda Díaz en Bruselas del 4 de septiembre rompió el tabú de la negociación con el prófugo expresidente. Ambos desataban todas las tormentas políticas y mediáticas al acordar "explorar todas las soluciones democráticas" para desbloquear el "conflicto político" catalán.

 Ante las advertencias de Puidgdemont, para quien cualquier negociación debía pasar por la amnistía, la derecha, la sociedad civil y una parte crítica del socialismo clásico, con figuras relevantes como Felipe González, Alfonso Guerra, Nicolás Redondo Terreros o el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, se movilizan.

Como estaba previsto, Núñez Feijóo no supera la investidura en un debate marcado por el rechazo de PP y Vox a la amnistía y se pone en marcha el contador. Ya está claro que la única alternativa para evitar elecciones es la que pueda encabezar Sánchez, y contando con Junts.

Las manifestaciones contra la amnistía se multiplican mientras el rey propone a Sánchez segundo candidato a la investidura. Los socialistas tienen 38 días para recabar los votos necesarios y se ponen a la tarea preparando el terreno para que la opinión pública asuma una futura ley de amnistía pactada con sus socios.

Sánchez pronuncia por vez primera esta palabra en las cumbres europeas de Granada, y ante el Comité Federal del PSOE del 28 de octubre la defiende para "hacer de la necesidad virtud".

Las semanas que mediaron hasta la investidura fueron frenéticas, aunque la discreción primó en las negociaciones con Sumar, ERC, PNV y, sobre todo, con Junts, salpicadas de filtraciones y desmentidos que solo se resolvían a medida que se anunciaban los acuerdos con cada fuerza política comprometida a apoyar a Sánchez.

Todo esto en medio de una creciente indignación traducida en la calle con manifestaciones multitudinarias que tuvieron su expresión violenta en los alrededores de la sede del PSOE en la madrileña calle de Ferraz, donde noche tras noche se concentraban jóvenes agitadores de la ultraderecha.

Los acuerdos fueron fructificando, pero el de Junts se resistía en unas conversaciones a contra reloj, celebradas en Bruselas, donde el secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, llegó a reunirse con Puigdemont despertando todas las suspicacias y el máximo rechazo de la oposición.

Al final, el PSOE registró en solitario en el Congreso la imprescindible ley de amnistía sin esperar al acuerdo con Junts, que llegó el 9 de noviembre y desbloqueó la investidura de Sánchez, celebrada exitosamente el 16 de noviembre en un debate que evidenció las muchas dificultades que le esperan en esta legislatura.

Para sortearlas ha nombrado un Gobierno de coalición con Sumar con Félix Bolaños, artífice de los acuerdos, como peso pesado, y ya sin Podemos, aunque los morados han comenzado pronto a aguar la fiesta al romper con Sumar a la primera de cambio pasándose al grupo Mixto en el Congreso.

El tiempo dirá cuánto se puede acercar este Gobierno al abismo. EFE

adr/jla

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