
Alexandra Peraut tenía dos años cuando sus padres, Esther y Cédric, detectaron que algo no iba bien en su crecimiento: su peso estaba debajo de los percentiles normales, se le caía el pelo y su piel era tan fina que se le transparentaban las venas. En Barcelona les aseguraron que tardarían dos años en ofrecer un diagnóstico a su caso, pero su madre sabía que no podían esperar tanto tiempo.
“Nosotros empezamos a movernos. Un día vi por Internet una foto de una niña que era igual que mi hija y se lo comenté a mi marido: ‘creo que Alexandra puede tener progeria’”, cuenta Esther en una entrevista con Infobae. Con esta hipótesis entre manos, sus padres localizaron al doctor Carlos López Otín, un investigador de la Universidad de Oviedo, quien, en solo tres días, confirmó la sospecha.
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La progeria o síndrome de Hutchinson-Gilford es una enfermedad ultra rara que afecta a una persona de cada 20 millones. Esta patología genética causa un envejecimiento excesivamente rápido en los niños, cuya esperanza de vida ronda los quince años. Aunque no existe una cura, el tratamiento se centra en mejorar la calidad de vida y prevenir problemas del corazón o ictus, que suelen ser la principal causa de fallecimiento.
Recibido el diagnóstico, el doctor López Otín puso en contacto a la familia con la Progeria Research Foundation, una fundación creada en Estados Unidos por un matrimonio de pediatras que tuvieron un niño con progeria, Sam Berns, fallecido en 2014. “En el momento en el que nació Alexandra no había ninguna asociación específica de progeria en España. Únicamente estaba la FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras), que tampoco tenía ni idea de lo que era la progeria”, explica su madre.
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Alexandra y su familia viajaron hasta Boston, donde la pequeña se sometió a diversas pruebas para entrar en un ensayo clínico, además de conocer a otras familias estadounidenses y europeas con niños con progeria, quienes le brindaron “un manual que habían preparado a lo largo de los años de todo lo que conlleva esta enfermedad”.
A pesar de que esta enfermedad enfrenta a los padres a la crudeza de sobrevivir a sus hijos, Esther asegura sentirse “agradecida con la vida”, porque Alexandra es mucho más que un caso de una enfermedad ultra rara: “Alexandra es un regalo de hija. Es una niña maravillosa que nos da felicidad y una alegría increíbles. Lo más importante para nosotros es verla feliz cada día y hacemos lo máximo para vivir el presente y no pensar en el futuro. Lo que tenga que venir, ya vendrá”, cuenta Esther.
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La alteración del núcleo de una célula
Cuando el doctor Manel Esteller conoció el caso de esta niña, único en España, no dudó en contactar con la familia. El investigador explica a este medio que, tras haber estudiado el genoma de María Branyas, la supercentenaria española más longeva del mundo que vivió hasta los 117 años, le pareció “muy lógico estudiar el otro extremo de la vida”.
El doctor Esteller se unió junto con el investigador Vicente Andrés, del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), para llevar el caso de Alexandra, para investigar desde el tipo de mutación que tiene su genoma o las bacterias de su boca o colon hasta los relojes biológicos: “Tiene una aceleración de su envejecimiento que se puede ver en las células, en su ADN”.
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La enfermedad que sufre Alexandra se origina por la mutación de un gen que altera el núcleo de la célula, lo que provoca a su vez la modificación de otros miles de genes. “Es como un director de orquesta que no señala bien con la batuta”, aclara. Cada uno de estos genes está relacionado con el envejecimiento, por lo que su alteración deriva en una aparición temprana de riesgo cardiovascular, alopecia, pérdida de masa muscular...
Por el momento, la pequeña, que ahora tiene diez años, no ha presentado síntomas de afectación cardiovascular, algo que tanto su familia como el equipo médico celebra porque le confiere más tiempo y más calidad de vida. Aun así, Alexandra toma cada día una aspirina para prevenir accidentes cardiovasculares.
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No obstante, tiene signos típicos de la progeria, como la caída de pelo, la baja estatura y peso y una incipiente pérdida de masa muscular y ósea. Además, Alexandra es muy sensible a la luz, por lo que siempre tiene que llevar gafas de sol.
Esta misma maduración precoz hace que estos niños sean, de promedio, bastante inteligentes, en tanto que “tienen una calidad mental superior a la que toca por edad”. “Quizás es porque han madurado por sus circunstancias o es debido al envejecimiento, pero sus cerebros son más adultos”, reflexiona el investigador.
De hecho, Alexandra aprendió pronto a leer y escribir. Según cuenta su madre, habla cinco idiomas (español, catalán, francés, inglés y chino), monta a caballo, toca el piano y la flauta travesera, hace canto coral, baila e, incluso, acaba de empezar a practicar con la escuela del pueblo acrobacias de circo.
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Los tres frentes del tratamiento de la progeria
La progeria no tiene cura, pero existe un tratamiento (el único) en fase experimental que se administra en Seattle, Estados Unidos, y cuyo objetivo es retrasar la sintomatología, ganar tiempo. “Lo que hace es actuar a nivel de la proteína mutada, la lámina A, para que tenga una actividad normal”, aclara el investigador. Alexandra y su familia viajaron hasta Seattle para recibir esta medicación, pero no le fue bien y tuvo que suspender el tratamiento.
The Progeria Research Foundation recoge que la investigación avanza en tres frentes principales: ADN, ARN y proteínas. Uno de los avances más prometedores es la edición genética, que en estudios con ratones ha logrado corregir la mutación responsable de la enfermedad, mejorar sus síntomas y aumentar su esperanza de vida hasta un 140 %. Aunque los resultados son esperanzadores, todavía se necesitan más estudios antes de probar esta estrategia en humanos.
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Otra línea busca actuar sobre el ARN para impedir que las células produzcan progerina, la proteína tóxica que provoca gran parte del daño. Algunos tratamientos experimentales han conseguido reducir significativamente la producción de progerina y aumentar la supervivencia de los ratones. También se estudian medicamentos como la progerinina, que ha mostrado resultados prometedores al prolongar la vida de los animales tratados. Además, en 2023 se identificó un biomarcador capaz de medir la progerina en la sangre, lo que podría acelerar los ensayos clínicos y permitir saber antes si un tratamiento funciona.
Las familias, detrás de cada avance científico
En 2019, Esther y Cédric fundaron la Asociación Progeria Alexandra Peraut para visibilizar esta enfermedad ultra rara, apoyar a las familias y promover la investigación. Desde la asociación piden que los diagnósticos sean más tempranos “porque hay enfermedades minoritarias para las que el tiempo corre en contra”, así como más inversión pública en la investigación de estas patologías.
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Entre sus iniciativas destaca la publicación del libro Una niña entre veinte millones, que narra la historia de Alexandra y cuyos beneficios se destinan a proyectos de investigación. Para apoyar el desarrollo de estudios científicos y mejorar la calidad de vida de niños como Alexandra, la asociación ha habilitado un apartado de colaboración a través de su página web (asociacionprogeria.com).
En septiembre del año pasado, el laboratorio de Fisiopatología Cardiovascular Molecular y Genética que dirige el doctor Vicente Andrés en el CNIC recibió una donación de 10.000 euros por parte de la Asociación Alexandra Peraut gracias a una gala de recaudación de fondos celebrada en el mes de marzo.
“Mi laboratorio podrá seguir avanzando en la investigación de la progeria, con el objetivo de mejorar su tratamiento y encontrar una cura para esta enfermedad. Además de proporcionarnos recursos para nuestra investigación, este apoyo de la asociación nos recuerda que detrás de cada avance científico hay familias, niños y niñas que esperan una solución”, expresó el investigador.
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