La crisis de la vivienda que azota a España no es un fenómeno aislado. Esta situación crítica ha alcanzado a gran parte del norte global, impulsada por el auge del neoliberalismo y las políticas capitalistas que, tras la crisis financiera de principios de siglo, abrieron las puertas a la inversión inmobiliaria de los fondos buitre. Javier Gil, investigador del CSIC, narra en su primero libro, Generación Inquilina, cómo los ciudadanos tienen en la mano las llaves del cambio, aunque para ello es necesario llevar a cabo desobediencias a la política y una lucha conjunta.
-Pregunta: En el libro hablas de cómo influyen el neoliberalismo y el capitalismo en el mercado inmobiliario, ¿cómo definirías su implicación?
-Respuesta: Directamente habla del capitalismo rentista y de un nuevo paradigma rentista que nace en 2008. La vivienda se convierte en el elemento central en torno al cual se articula todo. Se pasa de un capitalismo donde lo central era producir mercancías, generar riqueza y consumo a un nuevo capitalismo donde la inversión se dirige hacia el control de activos para, de manera especulativa, obtener beneficios, fomentando que su precio suba, ya sea vivienda, oro, criptomonedas o acciones.
-P: La idea del libre mercado se suele relacionar con ideas políticas de derecha, ¿crees que solo un Gobierno socialista o de izquierda podría terminar con la actual crisis?
-R: Los mercados son profundamente políticos y están completamente regulados. El mercado inmobiliario está superregulado de arriba a abajo, pero para favorecer la subida de precios. Necesitamos otro tipo de regulación, que ponga el bienestar de las personas en el centro y no la rentabilidad de la posesión de activos o del rentismo. Lo que vemos es que está siendo muy difícil tanto para partidos de izquierdas como de derechas enfrentarse y controlar el problema de la vivienda. Yo sí que creo que solo se puede entender con una política de izquierdas, en sentido de regular e intervenir los mercados. Porque la generación inquilina cada vez cree menos en este sistema y esto empieza a tener expresiones políticas directas, como es el auge de las extremas derechas. Hay un vínculo superestrecho entre la crisis de vivienda y el auge de las extremas derechas.

-P: En el libro haces referencia a la sociedad de propietarios, ¿cómo la definirías?
-R: La sociedad de propietarios es un elemento central de este proceso de cambio que se inicia en los años 70, asociado al neoliberalismo, que es un proceso de desposesión de la clase trabajadora. Les quita sindicatos, el Estado de Bienestar y empieza a dispararse la desigualdad. A esta población se la transforma en propietaria. Estos proletarios, que sentían que eran obreros, que luchaban por sus condiciones laborales y económicas, de repente ya no van a sentirse proletarios, sino que van a sentirse propietarios, clases medias, y su bienestar va a estar más determinado por que el precio de la vivienda nunca baje. Lo que hemos visto a largo plazo es que eso ha estallado por los aires, porque era un modelo irrealizable.
-P: ¿Crees que esta idea de que alguien por tener una vivienda pertenece a la clase media ha dejado de tener sentido?
-R: La vivienda es la condición principal para acceder a la idea de clases medias y la generación inquilina no puede comprarla con sus propios méritos, solo puede acceder a la propiedad vía herencia o si le ayudan las familias. Eso es contrario a la idea de clase media, que es que tú trabajas, tú te esfuerzas y, por lo tanto, te mereces lo que tienes. La desigualdad se justificaba a través de la meritocracia. Quien tiene es porque se ha esforzado. Esa idea se está rompiendo, porque ahora ya vemos en todo nuestro alrededor que quien tiene es porque hereda. Y da igual cuánto trabajes y cuánto te esfuerces, porque ahora mismo los precios de la vivienda en ciudades como Madrid no se pueden pagar con los salarios.
-P: Por esta situación, la diferencia en la economía familiar de quienes heredan y quienes tienen que pagar un alquiler o hipoteca es abismal.
-R: Dos personas con vidas idénticas, que trabajan en lo mismo, que viven en el mismo sitio, pero uno hereda la casa y otro no, pasan 30 o 40 años y uno tiene un patrimonio de casi un millón de euros y el otro no tiene nada. De repente te das cuenta que importa mucho más la capacidad de heredar que el trabajar. Esto supone una ruptura con los pactos sociales dominantes de nuestras sociedades, de ahí ese descontento y desafección y que cada vez más personas tengan desconfianza hacia las sociedades en las que vivimos.

-P: En el libro explicas que el mercado inmobiliario funciona como un esquema ponzi. Si esto es así, ¿quién está en la cima de la pirámide?
-R: En la cima están, por supuesto, los fondos de inversión. 56.000 personas a nivel mundial. Un grupo de personas que caben en un campo de fútbol, que son los grandes poseedores de la riqueza mundial. Está claro que en la cima hay más, pero vemos que hay una élite muy pequeña que controla muchísima riqueza, muchísimas propiedades y muchísimos activos.
-P: ¿Cuándo es el momento en que estas empresas ven a España como un mercado tentador?
-R: En el mercado de la vivienda entran de manera masiva a partir de 2013, con la venta de vivienda pública a Blackstone y a Goldman Sachs por parte del Ayuntamiento de Madrid y de la Comunidad de Madrid. Desde entonces, podemos hablar de una colonización de los fondos de inversión del mercado inmobiliario español, que van a comprar muchísimas miles de viviendas, cientos de miles de viviendas, a los bancos por precios muy por debajo del mercado. Si el dinero utilizado por el Estado para rescatar a los bancos se hubiera utilizado para comprar esas viviendas, ahora mismo tendríamos uno de los parques públicos más grandes de Europa y no habrían entrado los fondos de inversión ni hubiera habido un nuevo ciclo de especulación y probablemente no estaríamos aquí hablando de esto.
-R: ¿Cuál dirías que es la manera de terminar con estos esquemas Ponzi?
-R: Lo primero es sanear el mercado de estos especuladores, hay que expulsarles. Les llamamos fondos buitre precisamente porque su actividad es muy dañina para la economía y para la población. Expulsarles, impedir que entren, poniéndoles barreras, haciendo que cuando compran una vivienda, un edificio a otros fondos, el Estado pueda intervenir la operación y quedarse con esas viviendas al mismo precio. Son políticas que existen en algunas comunidades autónomas, pero necesitamos hacerlo de manera general y constante. El problema solo se soluciona con una democratización real del mercado inmobiliario y eso pasa por una regulación muy distinta a la que tenemos a día de hoy.
-P: También haces referencia al alquiler turístico, tú lo llamas ‘airbnbización’. ¿Cuándo entra Airbnb a España y cómo es que esta plataforma se ve como una forma de obtener un rédito económico?
-R: Cuando hay una regulación que facilita que especules, que subas los precios, que eches a un inquilino para poner a otro que va a pagar más o para convertir la vivienda en un piso turístico, esa dinámica es precisamente lo que genera un contexto alcista, que facilita que suban los precios y que se especule. Muchos caseros dicen: “No, yo a mi propiedad quiero sacarle la máxima rentabilidad. Echo al inquilino, lo pongo en un piso turístico, echo al inquilino, busco a otro que pague mucho más”. Y hay gente que dice: están en su derecho para hacerlo. El problema es que en este país, al igual que en el resto de Europa, el derecho a la propiedad privada es un derecho reconocido, pero no es un derecho absoluto, por eso sí que se le puede poner límites a los usos especulativos.
-P: Respecto a las soluciones, comentas que no es edificar, sino reordenar el mercado. ¿Puedes explicar cuál es esta reordenación?
-R: Lo primero, poner límites a la especulación; regular los usos de las viviendas, que no se puedan transformar en pisos turísticos; bajar los precios por ley para corregirlos a los salarios y a la economía real; poner límites a las compras especulativas; que los alquileres sean indefinidos, que tú no puedas echar a un inquilino que está pagando simplemente para buscar a otro que va a pagar más. Y luego, por supuesto, una fiscalidad que penalice la concentración de propiedades. Por último, el Estado tiene que impulsar la promoción de vivienda y la construcción y gestión con criterios sociales. No puedes dejarlo todo en manos de especuladores.

-P: Dentro de las distintas alternativas de vivienda que mencionas, propones las cooperativas, ¿cómo funcionan ese tipo de propiedades?
-R: Ya funcionan en algunas comunidades autónomas como en Cataluña, pero donde tienen muy poco peso. En otros países representan porcentajes del mercado inmobiliario muy significativos, hasta un 30%. Básicamente no es ni propiedad ni alquiler para la población, porque la dueña de las viviendas es la cooperativa. Pero como no quieren maximizar beneficios, sino producir vivienda asequible, el coste es el que se necesita para mantener la vivienda. Esto sería la base de un nuevo paradigma de vivienda.

-P: Tu libro también es una especie de mensaje a esta generación inquilina de que puede venir algo mejor, pero si las cosas están tan mal, ¿por qué es difícil cambiarlas?
-R: Precisamente porque no hay una cultura de organizarse y cambiar las cosas que no nos gustan. Hay una cultura del sálvese quien pueda. Ese es uno de los grandes éxitos del neoliberalismo y lo que beneficia a un sistema que cada vez concentra más riqueza y donde cada vez hay más desigualdad. Necesitamos lo contrario, que esta generación inquilina, aunque sea muy heterogénea, se empiece a ver como parte de un mismo grupo social y empiece a organizar sus intereses colectivos de manera antagónica hacia otros grupos que están impidiendo que esta población viva mejor. A partir de ahí es cuando puede surgir el cambio social.
-P: También comentas que en los bloques de viviendas no conocemos a nuestros vecinos. Al final, encontrar una solución es difícil si no sabes quién vive enfrente.
-R: Muchas veces la gente no quiere conocerse porque no tiene tiempo ni interés. Luego pasa una crisis natural como fue la Dana y de repente ves que gente que no se conoce empieza a colaborar de manera solidaria y cooperativa, como si fueran familia. Cuando las crisis cada vez son mayores, como la de la vivienda, vamos a necesitar más estos vínculos comunitarios.
-P: ¿Ves que ya existe una organización en cuanto a propietarios e inquilinos?
-R: En Madrid hay muchos bloques que son propiedad de fondos de inversión, que los fondos les quieren echar y los inquilinos ya están organizados con el Sindicato de Inquilinas. Hace poco, en Cataluña, CaixaBank pretendía echar a muchos inquilinos, se organizaron con el Sindicat de Llogateres de Catalunya y han conseguido que CaixaBank venda las vivienda a la Generalitat para hacer vivienda pública. Ahí vemos que otro tipo de política es posible y que estas respuestas y actos de desobediencias para conquistar derechos ya se están dando. Pero para cambiar las cosas necesitamos que se den a una escala mucho mayor.

-P: Por último, en tu libro te preguntas si podemos vivir mejor, pero quería preguntarte cuándo podremos vivir mejor.
-R: Esta mezcla de actos de desobediencia civil, de generar nuevos movimientos políticos, nos harán vivir mejor. Las posibilidades están ahí. Hay un contexto de abundancia generalizada, pero esa abundancia está secuestrada políticamente. Cada vez vemos más cercamientos a la riqueza. Lo que hacen es quitársela a las mayorías sociales y dejarla para unos pocos. Hay que conseguir generar las condiciones políticas para que esa riqueza se pueda redistribuir, porque nunca antes en la historia las mayorías sociales, en términos materiales, podríamos vivir tan bien como podemos vivir ahora. Y no podemos por una simple razón: por la fuerte concentración de riqueza.
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