Antes de convertirse en uno de los nombres propios del fútbol español y en una pieza clave del FC Barcelona, Ferran Torres fue, simplemente, un niño que creció rodeado de tranquilidad en Foios, un pequeño municipio al norte de Valencia donde empezó a dar sus primeras patadas a un balón sin imaginar hasta dónde llegaría.
A sus 25 años, el delantero atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera, consolidado como uno de los atacantes más destacados del equipo azulgrana. Sin embargo, lejos de dejarse arrastrar por el éxito, tiene muy presente sus orígenes. “Crecí allí, tengo a todos mis amigos allí y la verdad es que me siento como en casa”, recordaba en una entrevista en Panenka, dejando claro que su vínculo con su pueblo sigue intacto.
Su infancia transcurrió en un entorno sencillo y familiar. Lejos de las grandes ciudades o de los focos mediáticos, Ferran encontró en casa su primer campo de entrenamiento. “Vivíamos en una casa con un piso más bajo y ahí tenía mi portería, y mis perros, que hacían de defensas”, explicó. Aquellas improvisadas sesiones, jugando durante horas, fueron moldeando su relación con el fútbol. “Podía jugar y pasar el rato muy bien”, añadió.
El balón siempre estuvo presente en su vida. Tanto que, según él mismo reconoce, no pedía otra cosa en cumpleaños o celebraciones: “Mis regalos siempre eran balones, espinilleras o botas. No quería otra cosa”. Fue precisamente su madre quien le regaló su primer par de botas "del Base Sport de Torrent. Siempre me acordaré“.
Esa pasión temprana le llevó a iniciarse en el fútbol sala en su colegio, las Escuelas Profesionales Luis Amigó. Aunque solo estuvo un año, aquella etapa fue clave en su desarrollo. “Aprendes mucho porque es diferente al fútbol 7 o al fútbol 11”, explicaba. Curiosamente, Ferran reconoce que no vivió tanto el fútbol callejero como otras generaciones: “Soy del 2000, y ya estaba todo más modernizado”.
Su carácter competitivo también empezó a tomar forma en aquellos años. Recuerda con especial cariño los partidos con sus amigos, donde las pequeñas rivalidades servían como motivación. “Nos picábamos a ver quién metía más goles y quién daba más asistencias”, contaba a Panenka. Esa competitividad sana, lejos de generar conflictos, impulsó su rendimiento desde muy joven.
El salto a una estructura más profesional llegó pronto. Con apenas siete años fue captado por el Valencia CF, un paso que marcaría el inicio de su camino en la élite. Aun así, en aquel momento no era consciente de lo que eso significaba. “Cuando estás viviendo esa época no piensas en que vas a ser futbolista de Primera División”, admitió. Para él, el fútbol seguía siendo un juego, una forma de divertirse con sus amigos: “Todos empezamos, más que porque nos gusta, por estar con los amigos, por jugar con ellos y pasártelo bien. Pero de esas épocas sí que hay momentos que se te quedan marcados, de los que no se te olvidan. La verdad es que pasé una muy buena infancia“.

Un comienzo profesional difícil
Sin embargo, no todo fue sencillo en su infancia. Durante la adolescencia vivió momentos complicados que pusieron a prueba su optimismo. Uno de los más duros fue el divorcio de sus padres, que ocurrió cuando tenía apenas 12 o 13 años. “Fue un shock para mí porque era bastante pequeño y no sabes cómo afrontarlo”, confesó en una entrevista en The Wild Project. A esa situación se sumó su entrada en la residencia del club, donde continuó su formación.
Lejos de compartir lo que sentía, Ferran optó por guardar silencio. “Yo no contaba a mis compañeros porque estaba allí interno”, recordaba. En ese contexto, el fútbol se convirtió en su refugio. Entrenar, competir y mejorar eran su forma de canalizar emociones y seguir adelante.
Además, también atravesó dificultades físicas. En plena etapa de crecimiento, llegó a experimentar un cambio corporal brusco que afectó a su rendimiento, “con 12 años, que pasé a infantil A, creo, ese verano crecí 12 centímetros”. “Yo llego a Valencia en pretemporada y no sabía ni controlar un balón, estaba patoso, me caía corriendo yo solo… Ahí sí que pensaba que se me terminaba el fútbol, que no servía. Ese mismo año cogí la enfermedad del beso, una mononucleosis, y a partir de entonces, cuando me recuperé, fue todo hacia arriba: me subieron de equipo, me subieron de equipo y me subieron de equipo, y hasta el día de hoy", reconoció.

El apoyo de sus padres
En todo ese proceso, su familia jugó un papel fundamental. Aunque su padre no era especialmente aficionado al fútbol —“Mi padre no ha sido futbolero nunca. Ahora más al tener a su hijo ahí… ”—, siempre estuvo a su lado. Su madre, en cambio, sí compartía esa pasión: “Mi madre sí que ha sido muy futbolera, le encanta ver el fútbol. Mi tío no llegó a profesional, pero sí que tuvo un buen nivel”, contaba Ferran. Ambos fueron un apoyo constante en su carrera.
No obstante, su ojo derecho es su hermana Arantxa, con quien mantiene una relación muy estrecha y comparte incluso un tatuaje. Para él, es una figura clave, un pilar emocional que ha estado presente en todas las etapas de su vida. “La familia es muy importante, son las personas que te ayudan a mejorar”, ha repetido en varias ocasiones.

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