Tiene 86 años, trabaja 10 horas al día y no se quiere jubilar: “No puedo parar, no sé sentarme en una silla a ver la televisión”

Hubert Planté dirige una empresa de importación y venta mayorista desde hace más de seis décadas

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Una mujer pasa junto a
Una mujer pasa junto a carteles que dicen "No a la jubilación a los 64" en Francia. (AP Foto Bob Edme)

Cada vez más países del mundo buscan retrasar la edad de jubilación para hacer frente al envejecimiento de la población. Más de la mitad de los países de la OCDE ya están en ello, y España la llevará hasta los 67 años —para el 100% de la prestación— en 2027. En algunos lugares, este intento provoca protestas masivas y tumba gobiernos: el mayor ejemplo es Francia, donde la reforma de Macron para atrasar este límite de los 62 a los 64 años ha hundido la popularidad de su gobierno. En ese país, sin embargo, hay gente que navega a contracorriente y que, al contrario que la mayoría de la gente en cualquier parte del planeta, quiere trabajar para siempre.

Es el caso de Hubert Planté, como ha contado esta semana el periodista Claudio Arthur en el medio France Info. A sus casi 87 años, inicia su jornada a las 7:30 en la localidad de Saint-Pierre y afirma que trabaja 10 horas al día, manteniéndose al frente de su empresa de importación y venta mayorista tras más de seis décadas de actividad ininterrumpida. “Me gusta el trabajo y no puedo parar. No sé sentarme en una silla para ver la televisión. No es posible para mí”, explica el veterano empresario en el diario francés.

La pasión por el trabajo de Planté se remonta a su infancia. Desde los 13 años, mientras aún asistía a la escuela, ya llenaba estantes en pequeños comercios por encargo de un conocido importador local. Rememorando aquellos inicios, Planté relata: “El señor Olano, que era un hombre de negocios, tenía una fábrica que hacía jugos de frutas y bebidas gaseosas, para competir con los canadienses, porque no había gran cosa en el territorio. Así que yo iba a hacer eso, y después, los jueves, entre los jóvenes, recogíamos botellas, y el señor Olano las compraba. Después trabajé también en una gran lavandería. Lavábamos las botellas, y luego poníamos sirope dentro, jugos de frutas, bebidas gaseosas y después les poníamos la tapa. Trabajé así mucho tiempo. Incluso hacíamos lejía y bebidas alcohólicas”.

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“Quiero llegar hasta el final”

La trayectoria laboral de Planté abarcó también temporadas en la sociedad de pesca y congelación local, y empleos estivales como pequeño gravero —encargado de extender y secar el bacalao u otros pescados sobre los terrenos pedregosos de la orilla— en la costa de Saint-Pierre. Pero su horizonte se amplió definitivamente al emigrar a Canadá a los 18 años, impulsado por el deseo de aventura y el reencuentro con familiares en Montreal. Allí encontró su primer empleo formal como vendedor de repuestos para automóviles y desempeñó turnos nocturnos como informático en la revista Reader’s Digest. La experiencia canadiense se completó en Toronto, donde perfeccionó el inglés y acumuló conocimientos valiosos para su futuro empresarial.

El regreso a Saint-Pierre en 1965 marcó el inicio de su propio proyecto: una pequeña tienda de comestibles que, rápidamente, prosperó. Al año siguiente, Planté combinaba la venta minorista con un servicio de taxi, hasta que decidió apostar por la venta al por mayor. Construyó su primer almacén y expandió su actividad. Una actividad en la que, según admite, no sabe parar: “Como creé mi empresa, quiero llegar hasta el final para que siga funcionando”, finaliza.