
Crujirse los dedos, la espalda o el cuello es un gesto tan común como polémico para algunas personas. Hay quienes lo hacen casi sin pensar y otros que no soportan oír el sonido. Pero detrás de ese chasquido que produce satisfacción ,y a veces escalofríos en los demás, existe una explicación científica que desmonta mitos y revela cómo funciona nuestro cuerpo.
El sonido no proviene de los huesos chocando entre sí ni de un daño articular, como muchas personas creen. Dentro de cada articulación existe un líquido viscoso llamado líquido sinovial, que actúa como lubricante para facilitar el movimiento. Ese líquido contiene burbujas de gas, principalmente dióxido de carbono y nitrógeno.
Según explica el quiropráctico Matthew Cavanaugh, de Lafayette (Estados Unidos), cuando estiramos una articulación hasta su límite natural, la cápsula articular se expande y genera un vacío momentáneo, lo que provoca el colapso de esas burbujas. Ese colapso es, en realidad, el famoso chasquido que tanto nos inquieta o nos satisface.
Aunque solo se trate de burbujas explotando, el gesto produce una sensación liberadora. La explicación está en que ese movimiento puede aumentar temporalmente la amplitud de la articulación, haciendo que sintamos más movilidad.
Algunas hipótesis sugieren que el movimiento brusco puede estimular terminaciones nerviosas alrededor de la articulación, generando una ligera disminución del dolor y la liberación de endorfinas, las hormonas del bienestar. Sin embargo, esta teoría todavía no cuenta con una evidencia suficiente.

El factor psicológico
Muchas personas también se crujen sus nudillos de manera compulsiva. Sin embargo, más allá de un hábito repetido, también puede influir el efecto placebo. El cerebro interpreta el chasquido como un acto de alivio, y la rutina refuerza esa asociación. Por eso, algunas personas sienten una especie de “subidón” solo con oír el sonido.
No se trata de una adicción química, sino de un refuerzo psicológico similar a quien aprieta los bolígrafos repetidamente o mueve las piernas sin parar.
¿Crujirse los dedos provoca artritis?
Este es el mito más extendido y repetido en los hogares de todo el mundo. La buena noticia: no hay pruebas científicas que lo respalden. Aunque existan advertencias para asustar a los más jóvenes, “los estudios no han mostrado una correlación significativa entre el crujido habitual de nudillos y la presencia de artrosis de mano”, afirma la especialista Melikiam.
Aunque no causa artritis, algunos estudios han observado ciertos efectos prácticos: aquellos que se crujen constantemente sus nudillos pueden presentar una mayor hinchazón en las manos y menor fuerza de agarre. Esto sugiere que, aunque no sea peligroso, tampoco conviene convertirlo en un hábito excesivamente repetido.

Crujirse las articulaciones es un gesto natural que responde a un proceso físico inofensivo y que puede ofrecer una sensación de alivio, tanto física como psicológica. No causa artritis, pero tampoco mejora la salud articular. La clave está en la moderación: si el chasquido no va acompañado de dolor, inflamación o limitación de movimiento, no hay nada de qué preocuparse. En definitiva, crujir no es un problema, salvo para aquellos que no soporten escuchar el sonido.
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