
Torre del Burgo, en pleno corazón de la Alcarria guadalajareña, se ha convertido en un caso singular dentro del mapa de la España despoblada. Con apenas 493 vecinos, este pequeño municipio ostenta un récord poco habitual: el 89,52% de sus habitantes son inmigrantes. Lo que en otros pueblos se percibe como un síntoma de fuga y olvido, aquí se traduce en un renacimiento sostenido por los cultivos agrícolas y el tirón económico de los polígonos industriales cercanos.
Los espárragos se han erigido en el emblema de este resurgir. La campaña atrae cada año a cientos de temporeros que, en muchos casos, acaban fijando su residencia en el pueblo. Pero no son los únicos cultivos que marcan la vida diaria: níscalos, olivos, naranjas y manzanas completan un mosaico agrícola que da empleo y sentido a la comunidad.
El empuje de los polígonos vecinos
El fenómeno de Torre del Burgo no puede explicarse sin mirar hacia Torija y Tórtola de Henares, dos localidades próximas donde la industria logística ha encontrado un terreno fértil para instalarse. Álvaro Murillo, alcalde de Torija, explica a EFE que “ya hay creados y consolidados más de 3.000 puestos de trabajo y una previsión de crecimiento exponencial en los próximos años con nuevas implantaciones”.
Ese crecimiento, reconoce el regidor, tiene su cara menos amable: la escasez de vivienda. “Este crecimiento está agotando las viviendas disponibles”, apunta. Un problema que, paradójicamente, ha beneficiado a Torre del Burgo, al ofrecer alojamientos más asequibles y convertirse así en una alternativa natural para quienes buscan echar raíces en la zona.
En la práctica, este movimiento ha cambiado por completo la fisonomía del pueblo. La mayoría de los recién llegados proceden de Bulgaria, aunque también hay comunidades rumanas y magrebíes.

Vidas que se entrelazan
Entre ellos está Iván Radev Ivanov, búlgaro de Xascovo, que llegó a España en plena crisis financiera de 2008 siguiendo los pasos de su hermana, instalada en el pueblo tres años antes. “Muchos paisanos trabajamos seis meses al año en los espárragos y luego algunos se vuelven a Bulgaria hasta la próxima campaña”, relata a EFE. En su caso, además de los cultivos, ha encontrado empleo en la construcción, lo que le permite mantener la estabilidad durante todo el año.
Ivanov no contempla regresar a su país. “Quiero quedarme en el pueblo, incluso tras mi jubilación, porque toda mi familia vive en la comarca”, asegura. El arraigo de su familia se refleja en la experiencia de su hija, de nueve años, que “no quiere ni escuchar de Bulgaria”. Sus sobrinas, adolescentes ya integradas en la vida local, “hablan mejor el español que el búlgaro”.
La suya es una historia de adaptación, pero también de transformación colectiva. Las nuevas generaciones, nacidas o criadas en la Alcarria, ya se identifican con la tierra que habitan y no con la que dejaron sus padres.
Inmigración contra la despoblación
España enfrenta uno de los mayores retos demográficos de Europa: más mayores que jóvenes, una pirámide invertida y una tasa de natalidad de apenas 1,12 hijos por mujer, una de las más bajas del planeta. En ese escenario, la inmigración no es solo un complemento, sino un salvavidas para mantener vivos los pueblos del interior.
Torre del Burgo representa esa encrucijada. La llegada de familias extranjeras permite que la escuela no cierre, que los servicios básicos se mantengan y que la actividad económica no se detenga. Pero también plantea la necesidad de pensar a medio plazo en integración, servicios y cohesión social.
El pueblo, antaño anónimo y en riesgo de extinción, se ha transformado en símbolo de cómo la diversidad y la llegada de inmigrantes pueden darle una segunda vida al mundo rural. Entre espárragos y camiones de mercancías, Torre del Burgo ha encontrado la fórmula para desafiar al olvido y proyectar un futuro compartido.
*Con información de EFE
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