
Dentro del hogar, cada persona mantiene sus propias normas, -e incluso manías-, de limpieza. Y para los reyes esto no es diferente, y es que cuando se trata del Palacio de la Zarzuela, la residencia oficial del rey Felipe VI y la reina Letizia, esas prácticas se transforman en un meticuloso protocolo. Más allá del brillo superficial, las instrucciones están pensadas para proteger el mobiliario, preservar los materiales originales del edificio y reflejar una imagen acorde con la institución que representa.
Aunque los monarcas se muestren cada vez más cercanos y espontáneos en sus apariciones públicas, en el interior de su residencia se impone un rigor que también alcanza a los empleados de servicio. La limpieza en Zarzuela no es una simple tarea doméstica: es una operación coordinada, reglamentada al detalle y en la que cada gesto está previamente definido.
Tal y como ha revelado Monarquía Confidencial, uno de los puntos más sensibles en el mantenimiento del palacio son los suelos, muchos de ellos elaborados con materiales delicados y de difícil reposición. Para su conservación, se establece que deben limpiarse diariamente con mopa seca y un captador de polvo, evitando el uso de productos líquidos que podrían deteriorarlos con el tiempo.

Baños relucientes, pero sin rayones
Los cuartos de baño del palacio tampoco escapan a este protocolo. En su limpieza se emplean bayetas suaves, no abrasivas, que no dañen el esmalte de los sanitarios. A ello se suman productos desinfectantes diseñados para eliminar gérmenes sin dejar residuos agresivos. El objetivo no es solo mantener una apariencia impoluta, sino también erradicar olores y garantizar un entorno saludable.
Cada producto que se utiliza debe haber sido aprobado por los responsables de mantenimiento, y las rutinas de higiene están diseñadas para que ninguna superficie sufra daños por contacto con agentes químicos inadecuados. Esta atención al detalle habla de un estándar de calidad propio de una residencia institucional, pero también de una visión cuidadosa y funcional de la convivencia cotidiana.

El enemigo invisible: el polvo
En un entorno tan amplio y con tantas estancias como Zarzuela, el polvo es un enemigo constante. Para hacerle frente, los equipos de limpieza disponen de aspiradoras con tubo telescópico, capaces de llegar hasta los rincones más altos y esquivos. La idea es que ni una mota de polvo permanezca sobre cornisas, estanterías o repisas. Esta precisión ayuda a proyectar una imagen de orden y pulcritud, pero también cumple una función preventiva en términos de salud y conservación del mobiliario.
Otra de las directrices curiosas tiene que ver con los objetos que puedan encontrarse en el suelo. Según ha trascendido, cualquier elemento de más de dos centímetros debe ser recogido de inmediato, sin excepción. Y por supuesto, no se permiten telarañas, ni siquiera en las zonas más difíciles de acceder: se limpian techos, rincones elevados y cualquier espacio susceptible de acumular suciedad o albergar insectos.
Las rejas y marcos de las ventanas también están sometidos a un escrutinio constante. Se establece que deben mantenerse en perfecto estado hasta una altura de dos metros, lo que garantiza que tanto el interior como el exterior luzcan impecables. No se trata solo de una cuestión estética: en un entorno como Zarzuela, donde la discreción y el detalle cuentan, la limpieza es una forma más de representar institucionalidad.
Una cuestión de imagen y de convicción
Los reyes no solo exigen este nivel de exigencia por protocolo. Según fuentes cercanas al entorno de Casa Real, tanto don Felipe como doña Letizia comparten una profunda conciencia sobre la importancia del cuidado del patrimonio. Saben que Zarzuela no es solo su hogar, sino también un símbolo del Estado, y su mantenimiento refleja también el respeto por la institución que encarnan.
Por ello, los trabajadores del servicio están informados desde el primer día de las pautas que deben seguir, muchas de las cuales están recogidas en un documento interno que funciona como una guía de comportamiento y actuación. Esta normativa no se limita a la limpieza, sino que se extiende a otros aspectos de la vida palaciega, aunque la higiene y el orden ocupan un lugar prioritario.
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