
En 1973, el psicólogo David Rosenhan, profesor de la Universidad de Stanford, publicó en la revista Science los resultados de un experimento que pondría patas arriba las capacidades de la comunidad psiquiátrica para distinguir entre la cordura y la enfermedad mental.
El artículo, titulado Sobre estar cuerdo en lugares dementes, resumía un estudio realizado entre 1969 y 1972 en el que ocho personas sin patologías mentales se infiltraban como pacientes en distintos hospitales psiquiátricos de Estados Unidos.
La voz no existía
Los voluntarios, entre quienes había un pintor, una ama de casa, un pediatra, un psiquiatra, tres psicólogos y el propio Rosenhan, se presentaron en hospitales de cinco estados diferentes. Todos utilizaron sus nombres reales y contaron detalles verídicos de su vida personal.
El único síntoma que reportaron fue haber escuchado una voz que repetía palabras como “vacío”, “golpe” o “hueco”. Siete fueron diagnosticados con esquizofrenia y el otro con psicosis maníaco-depresiva.
A partir de los ingresos, adoptaron una conducta completamente normal: interactuaban con el personal y otros pacientes, cumplían las normas estrictas y tomaban notas sobre su experiencia. Pese a ello, sus acciones fueron consideradas como parte de su supuesta enfermedad.
Una enfermera llegó a registrar: “El paciente muestra una conducta compulsiva de escritura”, sin saber que el voluntario estaba anotando sus observaciones.

El peso del diagnóstico
El personal sanitario no detectó el engaño. La etiqueta de “loco” condicionó todas las percepciones. Cualquier comportamiento, por trivial que fuera, era interpretado como un síntoma. Sin embargo, 35 pacientes reales intuyeron la verdad y se acercaron a los infiltrados con frases como: “No estás loco. Eres periodista o profesor. Estás aquí para investigar el hospital”.
La estancia media de los pseudopacientes fue de 19 días. La más breve duró 7; la más extensa 52. Para salir, debían aceptar el diagnóstico y tomar la medicación antipsicótica, que ocultaron sin ingerir.
En total, se recetaron más de 2.100 pastillas, todas innecesarias. A ninguno se le consideró mentalmente sano al salir: el diagnóstico final fue “esquizofrenia en remisión”.
Condiciones inhumanas y maltrato
Dentro de los hospitales, los voluntarios documentaron un entorno inverosímil. El personal evitaba el contacto visual, ignoraba las preguntas, invadía la privacidad y restringía derechos básicos.
Las experiencias fueron calificadas por Rosenhan como degradantes. Una vez publicado el artículo, el psicólogo denunció públicamente la negligencia y el trato deshumanizador que sufrieron él y sus compañeros durante el experimento.
El Efecto Rosenhan
El estudio provocó una reacción airada en la comunidad psiquiátrica. Incluso un hospital de prestigio retó a Rosenhan a repetir la prueba, asegurando que esta vez serían capaces de detectar a los impostores.
Durante tres meses, el centro informó que había identificado a 41 falsos pacientes entre 193 nuevos ingresos. No obstante, Rosenhan no había enviado a nadie. El temor a ser engañados llevó al personal a ver impostores donde no los había, en un fenómeno que se conocería como el Efecto Rosenhan.
Cierre de hospitales y nuevo manual
Las conclusiones del experimento provocaron una crisis profunda en la psiquiatría. Se cuestionó la validez y objetividad de los diagnósticos, así como la capacidad de los profesionales para distinguir entre pacientes reales y sanos.
La investigación impulsó el cierre de numerosos hospitales psiquiátricos, la revisión de los criterios diagnósticos y el fortalecimiento del movimiento por los derechos de los pacientes.
Además, en 1980, como respuesta a estas críticas, se publicó una nueva edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III), con criterios más sistematizados.
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