
Un niño adoptado de casi siete años, llamado Buffet (Aparador, en español), ha reabierto el debate sobre el impacto psicológico de los nombres poco habituales. Según a desvelado el portal Velds, sus padres adoptivos, residentes en Francia, decidieron mantener su nombre original para preservar su herencia familiar, pero aquel gesto de respeto se ha convertido en un motivo de sufrimiento para el pequeño.
Desde que comenzó el colegio, Aparador se ha visto expuesto a burlas continuas. Sus compañeros no han tardado en relacionar su nombre con el mueble de almacenaje homónimo, generando un clima de mofa constante que afecta de forma directa a su autoestima. La familia intentó aliviar la situación añadiendo un segundo nombre, Harrison, y modificando su apellido, con la esperanza de suavizar el impacto. Sin embargo, el nombre Aparador sigue apareciendo en documentos oficiales y formularios escolares, recordándole al menor, día tras día, el motivo de sus angustias.
“Nos lo suplica a diario”
Su madre, preocupada, decidió compartir la experiencia en las redes sociales, donde la historia rápidamente se viralizó. En declaraciones recogidas por Velds, confesó que “nos lo suplica a diario, no quiere seguir llamándose así, le duele”. La situación se agrava ahora que el niño se acerca a su séptimo cumpleaños, etapa en la que está empezando a definir con mayor claridad su identidad.

El propio Aparador ha pedido que se le permita adoptar Harrison como primer nombre de manera oficial. Sus padres, aunque comprenden la petición, se debaten entre la importancia de conservar el vínculo con sus orígenes y la necesidad de proteger su bienestar emocional.
Impacto en la salud mental
La situación descrita por Velds refleja los riesgos de imponer un nombre excesivamente singular a un menor. Diversos expertos coinciden en que nombres inusuales pueden derivar en dificultades sociales, falta de autoestima, ansiedad y sensación de exclusión. El nombre actúa como primera carta de presentación y, si genera rechazo, puede condicionar la imagen que el menor tiene de sí mismo y de su entorno.
En el caso de Aparador, su denominación se ha convertido en un lastre que, según el medio francés, le impide desarrollar con normalidad su personalidad y su vida escolar.
La legislación francesa facilita desde 2017 los trámites de cambio de nombre cuando se acredita un interés legítimo. Las mofas reiteradas y la afectación emocional del menor podrían ser argumentos suficientes para justificar la modificación ante el ayuntamiento correspondiente.
Por el momento, los padres no descartan iniciar el procedimiento, aunque siguen recabando opiniones de psicólogos y familiares. Entre tanto, reflexionan sobre el modo de conjugar el respeto a la identidad de origen de su hijo con el derecho a crecer sin ser objeto de burla constante. La historia de Aparador ha servido para poner sobre la mesa el profundo impacto que puede tener un nombre mal elegido en la vida de un niño.
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