
Subir una foto familiar, una anécdota de los hijos o una imagen de vacaciones forma parte de la dinámica contemporánea en redes sociales. Pero ¿cuándo hemos normalizado compartir la intimidad? Vivimos en una espiral que nos hace fotografiar cualquier evento con el objetivo de subirlo a Instagram, pero ¿por qué? No es algo que nos preguntemos. No pensamos en las motivaciones pero tampoco en los riesgos. Exponemos nuestras vidas de forma voluntaria -con mayor o menor reflexión al respecto- pero también mostramos la de aquellos que no tienen voz ni voto -ni consciencia- sobre su propia imagen: los niños.
Muchos padres comparten fotografías de sus hijos en todo tipo de escenarios, desde el día del bautizo hasta la construcción de castillos de arena en la playa. Son parte del atrezo. Y una vez más, es una acción motivada por la inercia a la que nos lleva que el teléfono sea casi una prolongación del cuerpo. Por eso, Francisco Pérez Bes, adjunto a la presidencia de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), propone hacerse siempre la misma pregunta antes de darle a la tecla de compartir: ¿En qué beneficia esto a mis hijos?
“Compartir sus fotos no supone ninguna ventaja para los niños, es más una cuestión de que los padres quieren que terceras personas, familiares, amigos, conocidos o seguidores directamente, tengan acceso a una visión de la familia que para ellos puede ser bonita porque están los niños en la playa o de vacaciones en montaña”, reflexiona el experto, que insiste que ningún menor tiene capacidad de decisión al respecto, “porque precisamente los padres tienen esa patria potestad y deciden cómo utilizan la imagen de sus hijos”.
Dado que hay familias que prefieren no renunciar a compartir su día a día o los eventos especiales en los que aparecen los más pequeños, Pérez aconseja que, al menos, no aparezcan sus rostros. Por ejemplo, dice “si lo que quiero trasladar es que estamos en la playa, puedo poner al niño de espaldas o puedo poner al niño una gorra sin que se le vea la cara, también pixelarla o ponerle un emoji”. Todo con el objetivo de proteger la identidad del menor, porque “puede haber determinados riesgos en esas imágenes de las que, al final, perdamos el control en el mismo instante en que las subimos a las redes sociales”. El experto advierte de que no sabemos quién las ve, ni si se hacen pantallazos o si se manipulan con cualquier fin.
Perder el control de la imagen
Las imágenes pueden acabar en cualquier parte. De hecho, ese es uno de los principales riesgos. El informe Perfil del detenido por delitos relativos a la pornografía infantil del Ministerio del Interior detalla que detectan entre las incautaciones “imágenes que no se engloban dentro de la categoría de pornografía infantil”, es decir, “imágenes no eróticas y no sexualizadas de niños total o parcialmente vestidos o desnudos, provenientes de fuentes comerciales, álbumes familiares o fuentes legítimas”. Esta realidad desconocida es una de las principales motivaciones para proteger a los menores en las redes. “Si el niño está desnudo, lógicamente sabemos que hay un riesgo de que alguien se quede con esa foto porque es un pedófilo”, advierte Pérez.
¿Es ilegal compartir sus fotos?
Pérez recuerda que compartir imágenes de los niños, siempre que estén alejadas de situaciones ilegales, sexualizadas o en situaciones de peligro, es legal, ya que los padres tienen la patria potestad y deciden sobre el uso de la imagen del menor de la misma manera que hacen con la suya, “salvo que sea una imagen indigna o que perjudique la intimidad y la buena imagen del niño”. Por eso, desde la agencia apelan a la responsabilidad, a las buenas prácticas, “ya que nadie te puede multar por poner una foto del niño en la playa en bañador, por lo menos que se conozcan sus riesgos”.
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