
El método Montessori de pedagogía, creado por la italiana Maria Montessori, se ha puesto de moda en gran parte del mundo en las últimas décadas. Como explica la propia página web de este sistema de enseñanza, busca adaptarse e impulsar los intereses de los niños, en lugar de ‘imponerles’ unos conocimientos mediante la memorización. Por ello, “los niños deben tener libertad para desarrollarse y aprender a su ritmo, en un entorno estimulante, de comprensión y de observación por parte del adulto”. “María Montessori aseguraba que todo educador debe ‘seguir al niño’, reconociendo las características de cada etapa de edad, así como sus necesidades educativas específicas”.
Este método, sin embargo, no es para todo el mundo. En Francia, por ejemplo, una madre, Laura Julien, acaba de publicar un artículo que se ha vuelto viral, en el medio Café Babel, en el que critica los efectos de este sistema sobre su hijo. “Después de 4 años en una escuela Montessori, me vi obligada a poner al día a mi hija con clases particulares”, escribe.
La progenitora relata que uno de los grandes problemas es que el método Montessori no se ajusta al sistema educativo que los niños deben seguir en los cursos superiores. “Los primeros años de mi hija en infantil fueron mágicos. Se desarrollaba en un entorno adaptado a su ritmo, desarrollando su capacidad de expresión y de explorar el mundo. Sin embargo, las dificultades comenzaron a manifestarse tras primero de primaria, momento en el que la distancia con respecto a las competencias exigidas en el sistema tradicional empezó a ampliarse”, comenta.
Y es que Montessori defiende que “cada niño tiene un ritmo diferente y el adulto debe respetarlo, evitando intervenir o hacer las cosas en lugar del niño, pues esto obstaculiza el aprendizaje y provoca en él un sentimiento de inferioridad y frustración”. Este ‘ritmo adaptado’ puede tener sus inconvenientes, como señala Laura Julien. “Lo que más me impactó fue la lenta adquisición de algunas competencias fundamentales. Mi hija aprendió a leer muy tarde, solo al final de primero de primaria. La ortografía y la gramática no se enseñaban de manera sistemática. En matemáticas, tenía dificultades para comprender la numeración básica. Peor aún, la ausencia de evaluaciones regulares no le permitió prepararse para los exámenes formales”.
Una pedagogía opaca y frustrante
Por todo ello, al entrar a una escuela tradicional, vio que la distancia entre sus conocimientos y los de sus compañeros era muy grande. Sin embargo, “tras unos meses de clases particulares, mi hija dio un gran salto. Como les conté a mis allegados: ‘Antes lloraba solo con pensar en ir al colegio. Hoy va con una sonrisa’. Este cambio demuestra que, pese a todo, era posible superar las carencias y recuperar la confianza”.
“Lo que más me frustró de la experiencia Montessori fue la falta de comunicación y de transparencia pedagógica. Los docentes se negaban a menudo a compartir los contenidos trabajados en clase y no existía ninguna evaluación formal, lo que era frustrante”, agrega la madre. Y advierte: “Muchos padres viven una situación similar y el paso al sistema tradicional puede requerir un periodo de adaptación”.
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