
El invierno no llega hasta diciembre, en teoría. Aun así, lo más habitual es que el ambiente refresque a medida que pasa el otoño, y con la llegada del frío ir sumando capas de ropa hasta parecer más un hombre michelín que una persona. Es normal, entonces, que llegados a ese punto el tiempo pasado en el exterior sea casi un suplicio, entre lo incómodo de las capas y el frío que cala en la piel. Llegar a casa y quitarse el abrigo de encima se convierte, entonces, en el momento más esperado de cada día, por aprovechar el refugio que concede el hogar y deshacerse, poco a poco, de esa sensación frígida que se introduce en el cuerpo.
Es frustrante, entonces, llegar a casa y que este ritual se vea impedido por un frío inexplicable, a pesar de que el termostato marque 20ºC, haciendo a uno tiritar y, preocupado por la factura de gas o eléctrica, optar por echarse por encima una manta y esperar que el cuerpo se regule solo. Pero tiene una explicación.
La diferencia entre sensación térmica y temperatura
“Temperatura” puede definirse como la medida objetiva de energía térmica de un cuerpo o del ambiente. El calor o el frío tiene que ver con la velocidad a la que vibran las partículas que componen dicho cuerpo o ambiente, es decir, con su energía cinética. Cuanto mayor sea esa energía, mayor será la temperatura.
La sensación térmica, sin embargo, es la percepción subjetiva que un “observador” o perceptor tiene de dicha temperatura. Esa subjetividad está influenciada por diversos factores, como la humedad, el viento, o el sol, además de una serie de variables fisiológicas y psicológicas. Por tanto, no es un misterio, ni el termostato está estropeado, ni hay un engaño: estos son los posibles motivos por los que uno puede tener frío aunque, en teoría, no debería.
La humedad
La humedad tiene que ver con la cantidad de vapor de agua que hay en el aire. Tiene sentido, entonces, que tanto el exceso como la escasez influyan en la percepción de la temperatura.
Cuando el aire está demasiado seco, por ejemplo, la piel se deshidrata fácilmente, ya que el hecho de que haya poca densidad de partículas de agua en el aire favorece la evaporación. Al ser un proceso endotérmico (que absorbe energía térmica para y al suceder), provoca el enfriamiento del cuerpo.

Al mismo tiempo, de haber demasiada humedad en el ambiente, el aire se vuelve pesado e incómodo. Esta carga excesiva de partículas de agua en el aire supone que se dificulte la evaporación del sudor, impidiendo al cuerpo enfriarse y aumentando la sensación térmica. Sin embargo, que esa humedad se adhiera a las paredes puede, a su vez, enfriar el ambiente.
Según La Agencia de protección ambiental de los Estados Unidos (EPA), la humedad en interiores debe oscilar entre un 30% y un 50%, dependiendo de la temperatura exterior: cuanto más calor haga, la humedad debe ser mayor, y viceversa. La mejor forma de mantener ese equilibrio es utilizando humidificadores o deshumidificadores.
Corrientes de aire
El viento es otro de los factores que influyen en la sensación térmica. En caso de que las puertas, ventanas, suelo o paredes estén mal aisladas, pueden dejar pasar corrientes de aire frío desde el exterior, reduciendo tanto la temperatura como la sensación térmica. Al mismo tiempo, ese mal aislamiento también puede provocar que el calor almacenado en el interior “escape” hacia fuera, reduciendo, por tanto, el calor percibido.

Fisiología y Psicología
El estado físico y mental de las personas también influye ampliamente en la sensación térmica percibida. La fatiga y el cansancio, por ejemplo, debilitan el cuerpo. Esa falta de energía provoca que el organismo tenga más dificultades regulando su temperatura interna.
La edad es otro factor influyente: con el paso de los años, el metabolismo se ralentiza, lo cual supone que el cuerpo genere menos calor. El sexo también tiene que ver: los hombres tienen más masa corporal no grasa, ya que su tasa metabólica es un 23% más alta que la de las mujeres. Ese mayor ritmo de quema de calorías genera calor, lo cual influye directamente en la percepción de temperatura.
Asegurarse que las ventanas están bien cerradas y aisladas e invertir en cortinas gruesas puede ayudar a mantener una temperatura más alta, del mismo modo que cubrir el suelo con alfombras hace lo propio. Ponerse más capas de ropa puede ayudar a no tener que subir la potencia de la calefacción. En caso de que nada de esto funcione (funcionará), usar velas o iluminación tenue puede “engañar” al cerebro y cambiar la percepción de la temperatura ambiente y poder disfrutar del calor del hogar.
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