
Rodríguez, González, Fernández y López. Lo que tienen en común cuatro de los (primeros) apellidos más frecuentes en España, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) —con excepción de García, el primero en la lista—, es que todos acaban en ‘ez’. En nuestro país, a 1 de enero de 2023, tienen Rodríguez como primer apellido 930.746 personas; Gónzalez, 925.285; Fernández; 900.881; y López, 868.163. Pero la lista continua con Martínez, Sánchez, Pérez o Gómez, entre muchos otros.
Pero, ¿cuál es su origen y a qué se debe que todos estén acompañados del sufijo -ez? Según relata la revista de divulgación y ciencia popular Muy Interesante, la abundancia de apellidos que terminan en “ez” en España tiene sus raíces en la Edad Media. A medida que las ciudades crecían y el comercio se expandía, surgió la necesidad de crear un sistema más efectivo para distinguir a las personas, ya que los nombres de pila no eran suficientes. Para resolver este problema, comenzaron a surgir los apellidos, que inicialmente servían como identificadores temporales basados en características físicas, oficios, lugares de origen o ascendencia.
En estos primeros tiempos, los apellidos no eran fijos ni hereditarios. Dependían de las circunstancias individuales y podían cambiar de una generación a otra. Sin embargo, a medida que la sociedad evolucionaba y se estructuraba más, se hizo evidente la necesidad de establecer líneas de herencia más claras y estables. Este cambio permitió que los apellidos comenzaran a transmitirse de padres a hijos, consolidando un sistema que reflejaba un orden social más definido, donde la familia y el linaje pasaban a ser elementos fundamentales de la identidad personal.
La terminación “ez” y su origen
Uno de los rasgos más característicos de los apellidos en España es la prevalencia de aquellos que terminan en “ez”. Como indica Muy Interesante, esta terminación proviene del sufijo latino “-ici”, que indica descendencia, es decir, “hijo de”. Así, apellidos como Pérez, que significa “hijo de Pedro”, o Rodríguez, “hijo de Rodrigo”, son ejemplos de cómo se formaron los patronímicos en la sociedad medieval. Este sistema de apellidos fue especialmente común en Castilla, aunque con el tiempo se extendió a otras regiones de España.
El uso de los apellidos patronímicos no solo facilitaba la identificación de las personas, sino que también reforzaba el valor de los lazos familiares y la herencia genealógica, pilares importantes en la sociedad española de la época. Otros ejemplos comunes incluyen Martínez (hijo de Martín), González (hijo de Gonzalo) y Benítez (hijo de Benito), todos ellos reflejo de una sociedad en la que la filiación y el linaje jugaban un papel clave.
Además de los patronímicos, en España también son comunes los apellidos toponímicos, que indican el origen geográfico de una persona o su familia. Apellidos como Zamora o Navarro son ejemplos de este tipo de apellidos, que eran especialmente útiles en una época en la que las personas empezaban a moverse con más frecuencia, ya fuera por motivos comerciales o por otros factores sociales. Los apellidos toponímicos permitían a las personas mantener una conexión con su lugar de origen, y a menudo se convirtieron en un elemento clave de la identidad tanto personal como colectiva.
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