
“¿Hablas conmigo?¿Me lo dices a mí?”, estas eran las preguntas que Travis Bickle (Robert de Niro) se realizaba a sí mismo enfrente del espejo en una de las escenas más recordadas de Taxi Driver. “Dime, ¿es a mí?¿Entonces a quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo”. Frases asociadas con el descenso a la locura del personaje, pero cuya naturaleza podría no ser tan inquietante como pensamos si algún día fuéramos nosotros quienes decidiéramos hablar solos.
Los niños lo hacen a menudo, por ejemplo, y es algo que no nos extraña y que incluso sabemos que es positivo. En un estudio realizado en el año 2008, se demostró que los niños de cinco años con “habla privada”, el concepto técnico utilizado para este acto, presentaban mejores resultados en tareas motoras, como si al nombrar las cosas sus pensamientos fueran más tangibles y les resultara más fácil actuar en consecuencia. En cambio, que lo haga un adulto puede generar cierta inquietud en quienes están junto a él.
El poder de “decir algo”
“No es algo que se haga irracionalmente”, señaló el profesor de psicología de la Universidad de Wisconsin, Gary Lupyan, en una entrevista con la BBC. “No sabes todo lo que vas a decir. Te podría sorprender incluso”. Y es que este experto fue el responsable de algunos de los experimentos más interesantes realizados sobre este tema para ilustrar cómo hablar solo mejora notablemente la memoria.
Por ejemplo, con varias decenas de voluntarios, poner una pantalla llena de objetos que algunos tenían que nombrar en voz alta y otros retener en su mente en silencio. El resultado fue que, cuando trataron de localizar dichos objetos en la pantalla, quienes habían hablado en alto los encontraron más rápidamente que los otros. “Es un indicador para una parte de información en tu mente”, explicó Lupyan en su momento. “Escuchar el nombre agranda lo que podría suceder normalmente cuando solo lo traes a la memoria. El lenguaje impulsa ese proceso”.
Pero más allá de los recuerdos, el lenguaje hablado puede ser también un impulso y un gran apoyo para nuestras emociones. Sobre esto destaca una investigación realizada en la Universidad de Michigan en la que se pidió a las personas que hablaran consigo mismas, pero en segunda y tercera persona. Quienes así lo hicieron, mostraron un mayor control de sus propios sentimientos. Una tendencia que se podía aplicar a la confianza, cuando intervinieron también a un grupo de participantes para que se prepararan un discurso. Quienes se trataban de “tú” o “él”, se mostraron más confiados y tuvieron un mejor rendimiento.
“No solo el diálogo interno en segunda y tercera persona ayuda a la gente a tener mejor rendimiento bajo estrés y a controlar las emociones”, sentenció Ethan Kroos, uno de los responsables del trabajo publicado en Quarterly Journal of Experimental Psychology, al ofrecer las conclusiones, “sino que también contribuye a que tomen sus decisiones más sensatamente”. La concentración, la percepción de los acontecimientos, y en última instancia el bienestar, se ven incrementados.
Una técnica terapéutica
Así, más allá de que en nuestro día a día podamos usar esta técnica para rendir mejor en nuestras múltiples tareas, los beneficios de hablar solo también pueden ser empleados en el ámbito sanitario. La psicoterapeuta y escritora Anne Wilson Schaef, una famosa psicoterapeuta -y autora superventas- ya fallecida que en vida defendió siempre la capacidad de autosanación de sus pacientes, lo ponía en práctica con quienes acudían a su consulta.
“Todos necesitamos hablar con alguien interesante, inteligente, que nos conoce bien y está de nuestra parte”, afirmó en una de sus frases más conocidas, “y esa persona somos nosotros mismos”. Es por eso mismo que esta conocida oradora canalizaba la ira de las personas que trabajaba pidiéndoles que expresaran en voz alta todo lo que les molestaba. “Conocerte y saber cómo te sientes puede ayudarte a ser mejor”, afirmaba entonces. “Tú eres la persona más interesante que conoces”.
Una idea con la que concuerda la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos (NIH), que explica cómo el diálogo personal puede ser beneficioso para aumentar la atención y el estado de ánimo. Por ello, señala la institución, “se utiliza ampliamente para mejorar el rendimiento en los deportes, el compromiso académico y la regulación de la ansiedad o la depresión en una clínica”.
Por todo ello, y lejos de la asociación que generalmente hacemos cuando oímos un soliloquio -por ejemplo, relacionándolo con la esquizofrenia o el trastorno visto en el Travis de Taxi Driver-, el diálogo interno y expresado en voz alta puede ser una poderosa herramienta que, lejos de la enfermedad, nos ayude a todos a sanarnos en nuestro día a día, así como a afrontar los distintos obstáculos que podamos encontrarnos en nuestro camino hacia la meta.
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