
Jason Statham se enfrenta en 120 minutos a tres megalodones, a un kraken, a infinidad de bichos jurásicos que aparecen en la llamada Isla Diversión —un enclave que parece haber sido generado por Chat GPT y cuyos turistas beben cócteles como si fueran Los Sims—, a una adolescente huérfana con ímpetu de salvar el mundo, a unos piratas marinos que quieren boicotear el ecosistema y a los indecentes magnates tecnológicos que buscan rédito a costa de la explotación de la riqueza que la naturaleza alberga.
Megalodón 2: El gran abismo, dirigida por Ben Wheatly (Rebecca) y basada en la novela Meg: La Fosa (1999) de Steve Alten, va mucho más allá de la encarnizada (y milenaria) lucha del hombre contra el monstruo. La segunda parte de la exitosa historia sobre los escualos prehistóricos que habitaron la tierra hace 20 millones de años es un ejercicio de acción pluscuamperfecto. Jonas Taylor (Statham) regresa para salvar el mundo y le sobra tiempo para tomarse un carajillo.
La continuación de Megalodón (2018) son tres películas en una: hay tiburones, hay un guiño a las vicisitudes de las islas exóticas en las que se dio cabida a Parque Jurásico y, aunque involuntario, también existe una oda a esos millonarios y empresarios tecnológicos que hacen todo tipo de locuras (véase el último episodio de la explosión del sumergible Titán) con tal de sentir que tienen algún tipo de control sobre sus vidas... y sus nóminas bancarias.
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La primera historia del Meg (el diminutivo cariñoso con el que se dirigen al bicharraco prehistórico) consiuguió recaudar 530 millones de dólares (unos 485 millones de euros) en la taquilla mundial, confirmando la predilección del público por las historias estivales sobre el animal con el que Steven Spielberg consiguió lo que la crisis climática, de momento, no replica: vaciar las playas mediterráneas.
Por encima de todo, Megalodón 2 es un visionado camp y hortera en el mejor sentido de la palabra. No hay nada más gratificante para un espectador buscando escapar del sofocante calor veraniego que ver al personaje de Jonas surfear una ola gigantesca para no ser engullido por un tiburón. Pase lo que pase, Statham y compañía tienen todo tipo de recursos a su alcance para no ser devorados por un animal de 25 metros de longitud con una dentadura más espaciosa que algunos de los alquileres que se anuncian en Idealista. Por eso, y por muchas otras cosas, quiero ser como Jason Statham.
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La capacidad del actor de ser un Action Man es del todo inspiradora, sobre todo cuando lo más complicado de tu jornada laboral es coger un metro sin aire acondicionado. Statham pega puñetazos, mata a tiburones con la hélice rota de un helicóptero sin perder el equilibrio (un David contra Goliath que desafía las leyes de la fábula), sobrevive a las diferentes presiones del fondo marino sin perder el conocimiento y dispara a dinosaurios extintos. Nada, vuela, camina, corre y pelea. Mientras, un mundano apenas puede levantarse de la cama y caminar los 100 metros que separan su cama del baño.
Quiero saber cómo sortearía él la horda de turistas locales e internacionales que se agolpan en la Gran Vía mientras hacen cola para entrar al musical de El Rey León. O a aquellos que, desde julio, compran lotería de Navidad buscando un ápice de esperanza en el siempre macabro juego del azar. Me gustaría saber cómo lidiaría con el abarrotamiento de las escasas piscinas públicas que existen en Madrid o con el incesante calor que se acumula en su asfalto. Si Statham es capaz de asesinar a tres megalodones subido en una moto acuática, y sin recibir ningún rasguño, que nos aconseje a los demás para lidiar con el peso de la existencia estival en una ciudad sin escapatoria.
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