
Que el director de cine Manuel Gutiérrez Aragón comenzara a escribir no fue ninguna sorpresa. Como él mismo dice, un guion es también una forma de literatura. Con su primera novela, La vida antes de marzo (Anagrama, 2009) ganó el Premio Herralde y dos años después, firmaría la que sería su última película, Todos estamos invitados. A partir de ese momento, dejó las imágenes por las palabras.
Ahora, después después de la publicación de un buen puñado de obras y de ingresar como miembro de la Real Academia de la Lengua Española, reúne una serie de relatos en Oriente, un libro que rescata algunos de los cuentos que han aparecido en prensa en los últimos tiempos y que ahora, al conectarlos en un solo volumen, adquieren un mayor peso que por separado, una contundencia y un significado.
“Puede que sea un capricho, pero me da la sensación de que al tenerlos en un libro, perduran más. Reuní ocho cuentos, los modifiqué, los alargué y solo entonces me di cuenta de que había en todos ellos una especie de coherencia interna, porque hablaban, de alguna manera, del relato, sobre lo que es el relato en sí mismo”.
Autobiografía y fantasía
Entre las páginas de Oriente encontramos un sinfín de reflexiones en torno a la literatura. El primer relato, ‘El matemático’ termina con la frase: “Las historias no se acaban, las acabamos por delicadeza”. ‘El Nestrovich’, uno de los fragmentos más enigmático de la colección gira en torno a las palabras, aquellas que apenas se pronuncian, que salen en busca de un significado, palabras que no significan nada, palabras que solo nos gustan por cómo se pronuncian.
También encontramos un buen número de alusiones autobiográficas. “Asistía a las sesiones del cine Amaya, en donde estrenaba Carlos Saura, y del cine Paz, donde lo hacía Gutiérrez Aragón”, dice en ‘Kehler’, la historia de un productor que encuentra su lugar en Arabia Saudí hasta que se enamora de una mujer por sus manos, desafiando el sistema patriarcal del país y fugándose con ella. En realidad, todas las historias parecen contadas por el propio escritor. “Es un juego de espejos que me sale de forma natural. Como si los cuentos me los contaran a mí o yo al lector, pero siempre hubiera un receptor de esas historias.”.
El descubridor de Ana de Armas

En algunos casos, como el relato que da título al libro, adquiere un carácter todavía más personal al tratarse de una historia que le contaba su abuela para explicarle sus orígenes cubanos. Precisamente en Cuba rodó una de sus últimas incursiones como cineasta, Una rosa de Francia (2005) que supuso el debut de Ana de Armas como intérprete antes de venir a España y triunfar con El internado. El resto, ya todos lo sabemos, es historia, ahora que se ha convertido en una de las actrices más solicitadas del momento en Hollywood tras su nominación al Oscar por Blonde. “Cuando la vimos nos quedamos prendados. Otra actriz iba a hacer su papel y no tuve más remedio que sustituirla, porque esa chica tenía algo magnético. Era muy joven, pero con las ideas muy claras. En realidad tuve suerte, estaba en el momento y el lugar adecuado y pude descubrirla”, cuenta Gutiérrez Aragón.
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Entre las páginas encontramos también un capítulo, ‘Sesión de cine’, que pertenece a su novela Rodaje (Anagrama, 2021) y otro que escribió a petición del director José Luis Borau para el libro Cuentos sin cámara (Alfaguara, 1999). Se titula ‘Sevilla en el fondo del mar’ y en ella, la ciudad amanece con el cielo repleto de especies marinas. “Mira que he hecho entrevistas y nunca lo había contado. Yo hice una película que se llamaba Malaventura, protagonizada por Icíar Bollaín y Miguel Molina que trataba de lo mismo, solo que no había peces en el cielo. El relato lo escribí después, al contrario de lo que suele ocurrir. Así que cuando José Luis Borau lo leyó me dijo: Manolo, ¡si esta es la película que has hecho!”.
Resulta inevitable preguntarle por qué dejó de hacer cine. Su respuesta es rotunda: “Sentí que ya no había espacio para el tipo de historias que yo hacía. Lo percibí enseguida, antes de que cambiara el paradigma digital. Notaba que los tiempos estaban cambiando. Antes todo era más rápido, y ahora todo tiene que pasar por muchos filtros, es agotador. Lo que se llevan son las series, que suelen financiar plataformas extranjeras y hay que pasar por tantas etapas que se pierde la autenticidad, por eso todo parece tan prefabricado. Y ya no tengo paciencia ni edad”.
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