Manuel Guzmán Hennessey: “Las universidades en general han estado ausentes de la crisis climática”

Ticmas dialogó con el periodista y profesor titular de la cátedra de cambio climático en la Universidad del Rosario de Bogotá, en Colombia, sobre una educación que nos urge: medio ambiente, sustentabilidad y una nueva manera de pensarnos en el planeta Tierra

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Manuel Guzmán
Manuel Guzmán

“Dicto clases y escribo libros”, dice sobre sí mismo Manuel Guzmán Hennessey quien vive su pasión por la reflexión y el medio ambiente no solo desde las aulas y la academia; sino también desde la acción cotidiana que lo lleva a estar en una perspectiva de transformación continúa.

La entrevista a la distancia se inicia con el interés de Hennessey por la poesía. No duda en asegurar: “Porque soy poeta, soy ambientalista. Porque la poesía te permite una visión profunda y compleja de los procesos de la vida. La poesía te conecta con la sensibilidad, es decir, con el sentido más puro de lo humano, que es precisamente lo que hemos perdido en medio de esta civilización voraz que nos tiene al borde, evidentemente, de un abismo. Y, pues, en realidad, yo lo primero que hice cuando era muy joven fue escribir poesía.”

Guzmán Hennessey es profesor titular de la cátedra de cambio climático en la prestigiosa Universidad del Rosario de Bogotá de la cátedra Julio Carrizosa de pensamiento ambiental y crisis climática de la Universidad Nacional de Colombia. Además se desempeña como consultor senior para Gobiernos, organizaciones y empresas que buscan una mirada estratégica sobre la sustentabilidad. También preside el Klimaforum Latinoamérica Network (KLN) un espacio que va más allá de la reflexión y apunta a cambios estratégicos desde el ambientalismo.

Botella al mar, de Manuel
Botella al mar, de Manuel Guzmán

—La poesía requiere de sensibilidad, el medio ambiente también ¿Cómo es educar desde la sensibilidad?

—Educar es conmover. Y esto es un aprendizaje que me ha prodigado a mí el largo ejercicio de mi trabajo como profesor en la universidad. Yo siento y les digo a los estudiantes que mi trabajo consiste en dispararles simultáneamente dardos al corazón y al cerebro. Porque creo que esa combinación, corazón y cerebro, es precisamente la posibilidad, quizá la única posibilidad, que tenemos de reaccionar frente a la crisis climática.

—En la reciente IFE Conference del Tecnológico de Monterrey se planteó en varios paneles la importancia de repensar la educación superior desde la sustentabilidad. La cuestión ambiental empezó a tener un nuevo enfoque para muchos, incluso con la llegada de la inteligencia artificial y su impacto en el mundo laboral ¿Coincidís?

—Muy parcialmente. Creo que las universidades en general han estado ausentes de la crisis climática. Es decir, no se han apersonado, percatado, responsabilizado a fondo de enseñar la crisis. Pero antes de enseñarla, de reconocer lo que significa estar al borde de pasar de 1.5 grados Celsius en la temperatura promedio de la Tierra, de reconocer lo que significan todos los límites planetarios que hemos sobrepasado, todo lo que significa ni siquiera ya la crisis ambiental, sino la policrisis; los vínculos entre la pérdida de diversidad biológica, contaminación, crisis climática, guerras, deterioro de las democracias. Todo eso forma parte de una gran crisis que se ha comenzado a llamar policrisis. Y ante este fenómeno, que es ante todo un fenómeno de la cultura, no es un fenómeno de la ecología ni del ambiente, es un fenómeno de nuestra cultura; de la cultura civilizatoria de quienes estamos aquí desde el siglo XX.

Esto no ha sido reconocido por las universidades. ¿Qué tendrían que hacer las universidades frente a esta problemática? Tendrían que revisar todos los currículos. Es decir, tendría que revisarse qué estoy enseñando en materia de ingenierías, si estoy enseñando la ingeniería del siglo XIX o si necesito enseñar la ingeniería de la crisis climática del siglo XXI. Y lo mismo podría decirse de la economía. Lo mismo podría decirse de las ciencias sociales y humanas. Lo mismo podría decirse de las ciencias de la salud. ¿Estoy enseñando medicina sin ninguna posibilidad de que hubiera una pandemia? ¿O estoy incorporando el hecho de que este mundo hace apenas 3, 4 años se vio acosado por una pandemia que diezmó a mucha población y eso fue como consecuencia de la policrisis, de la pérdida de diversidad biológica y de la crisis climática? Ante esos fenómenos, la universidad ha estado ausente. La universidad ha estado atendiendo el fenómeno de manera lateral, con una que otra conferencia, promoviendo algún seminario, pero no se ha dado a la tarea de revisar a profundidad su misión educativa; su responsabilidad educativa frente al mundo. Y cuando uno advierte que irrumpe la inteligencia artificial, bueno, yo volvería entonces a lo que te dije hace un momento, esto es un tema de conmover, esto es un tema de corazón y de cerebro al mismo tiempo.

—También hay un foco económico que algunas universidades están empezando a considerar ante la baja de la matriculación internacional y es que muchos jóvenes eligen instituciones que priorizan políticas académicas y edilicias sustentables, por ejemplo. Pero ¿qué significa educar en cambio climático?

—Es educar para una nueva vida. Creo que estamos ante el problema de mayor complejidad de toda la historia humana. No ha habido un problema de mayor complejidad en nuestra historia que el que estamos afrontando hoy. El cambio climático nos cuestiona todo, nos cuestiona nuestra manera de vivir, nos cuestiona nuestra manera de transportarnos, nos cuestiona nuestra manera de ir a las ciudades, de hacer turismo, de viajar a Europa, por ejemplo. Nos cuestionan nuestros gustos intelectuales, nuestros gustos culinarios.

Es decir, yo hacia donde miro, hay una relación con el cambio climático. Entonces, yo creo que educar hoy sobre cambio climático no consiste en contar las interferencias de los rayos del sol con los gases de efecto invernadero depositados en la atmósfera, y hablar del efecto invernadero, y hablar de los aspectos científicos de la temática. Sino de cómo eso repercute en la vida de los más vulnerables y cómo eso es consecuencia de una manera colectiva de vivir que adoptamos todos durante el siglo XX. De una manera colectiva de entender el progreso. Y entonces nos obliga a cuestionarnos ideas más profundas como el progreso humano, el crecimiento ilimitado, el progreso material de las sociedades, las economías para el desarrollo. Educar frente al cambio climático nos lanza a este tipo de reflexiones más humanísticas que técnicas, más filosóficas que científicas, más humanas que inherentes, claro, a disciplinas concretas.

—Poner el foco en los jóvenes como verdaderos sujetos de transformación es algo que mencionás en tu último libro “Botella al mar” (2024) ¿Qué es lo que nos hace siempre a los más viejos poner las expectativas en los más jóvenes? ¿Por qué hacemos eso? ¿Es desligarse del futuro?

–Los menos jóvenes no estamos siendo responsables, sino que estamos siendo irresponsables. Estamos preocupados solamente por vivir cómodamente los últimos veinte o treinta años que nos quedan. Hay una postura acomodaticia muy cercana del negacionismo, quizá explicable por un instinto de supervivencia. Sí, ayer llovió intensamente en tal lugar, pero ya va a pasar. Siempre hemos dependido del petróleo y del carbón, pues eso debe ser que es bueno. Ese tipo de reflexiones instintivas pueden obedecer a esta mezcla entre negacionismo o acomodarse para que los últimos años que yo tenga no sean tan graves.

—Incluso se escucha muchas veces que la baja natalidad internacional también encuentra su argumento más apocalíptico en el cambio climático con esto de “no traer más personas este mundo que se destruye”

—Los menos jóvenes, que estamos de salida del mundo, no estamos siendo responsables de reconocer el problema en toda su magnitud, pero los más jóvenes sí están asumiendo la problemática en la medida de la gravedad de la misma, y están llegando a conclusiones como la que tú acabas de anotar. ¿Por qué voy a traer hijos a este mundo? Yo a veces hago una encuesta en mi clase y pregunto, después de las tres o cuatro primeras clases, si esto que yo he dicho ha modificado de alguna manera la decisión de tener o no hijos a los que tienen 20 años, que es el promedio de mis estudiantes en la universidad.

Y la mayor parte de las veces ellos me dicen que sí, que sí ha modificado la decisión de tener o no hijos. No es una sorpresa porque lo estamos viendo en las tendencias poblacionales del mundo, y creo que eso obedece a que los más jóvenes son más responsables de la crisis que estamos viviendo y por eso mi esperanza está en los más jóvenes. La generación del cambio climático son los niños de la pandemia. Los que nacieron en la pandemia y en sus dos o tres años posteriores. Y eso lo digo en mi último libro que es “Botella al mar: Construir la esperanza: entre la crisis climática y la policrisis.”

—¿Qué es y qué aporta Klimaforum?

–Fue en Buenos Aires donde nació KLN, y nació en el marco de esta de esta cumbre de la COP30 de cambio climático, que era una de las primeras COP que se hacía. A partir de mi conmoción, empecé a conmover a otros amigos. Conmoví a Antonio Elizalde, conmoví a Ariel Carvajal, conmoví a a Luis Mariano Rendón de Chile, entre otros; conmoví a amigos de México, de Perú, y comenzamos a pensar en una en una red latinoamericana que se dedicara a la investigación, a la academia.

Teníamos la pretensión de ser un tanque de pensamiento. Cosa que nunca logramos por falta de financiación y entonces nos fuimos dedicando más a la educación y a la publicación de libros y al trabajo con organizaciones inclusive del sector privado siempre enfocados en la educación. Hoy estamos muy comprometidos con un proyecto que se llama Botella al Mar, que es un medio de comunicación de periodismo climático que combina periodismo climático con educación de manera innovadora, y queremos involucrar mucho la voz de los jóvenes. Botella al Mar será lanzado el próximo veintisiete de abril en el marco de una gran conferencia que se va a realizar en Colombia sobre la eliminación progresiva de los combustibles fósiles, que es una convocatoria que hizo el gobierno de Colombia a ochenta países en la pasada COP de Brasil y que es el resultado de un fracaso. Esta convocatoria no tuvo eco en los países desarrollados en los mayores productores de petróleo y no fue incluida una hoja de ruta para la eliminación gradual de combustibles fósiles en la declaración de Brasil. Entonces, Colombia convoca a estos ochenta países a que se haga cada año una conferencia sobre eliminación de combustibles fósiles.

—Volvemos al foco en los jóvenes ¿Una reflexión final?

—Quiero sumar una voz de esperanza, quiero sumar una voz desde aquellos que todavía no tienen palabras. Yo me he guiado mucho por mi nieta Elena, que ahora ya sabe hablar. Yo escribí Botella al mar mientras ella tenía dos o tres años. Y al observar aprendí lo que ellos podían significar en este mundo. Ellos gritarían en defensa de la vida. Y ese grito tenemos que entenderlo en clave de esperanza.

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