¿Y si Caín no fue tan villano? Rivalidades, celos y la herida secreta que une a hermanos y amigos

Desde la Biblia hasta las novelas de Unamuno y Saramago, la historia de Caín revela cómo la envidia, la búsqueda de reconocimiento y el dolor silencioso moldean los vínculos más íntimos y complejos de la humanidad

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La figura de Caín simboliza
La figura de Caín simboliza el conflicto interno y la violencia fraternal en la historia de la humanidad

¿A quién no le gusta que le vaya mal al prójimo? Mucho más si este, además, es una persona exitosa. ¿A quién no le gusta ver el ascenso y descenso de los preferidos? ¿Qué hincha de un club no mira los partidos del equipo rival para gozar de cómo pierde? ¿Por qué siempre hay lectores o espectadores para las notas en que se habla del terrible presente de un actor que fue furor en otra época?

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Pegan a un Niño

Por Sigmund Freud

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Sigmund Freud escribió un artículo muy bello para dar cuenta de esta cuestión. El título fue “Pegan a un niño”, y su tema era el análisis de una fantasía común a diferentes personas que encontraban satisfacción en ver (imaginar) cómo se le pegaba a un pequeño. El desarrollo implícito de ese goce mezquino era: si le pegan a él, es porque me prefieren a mí. Por cierto, no son pocas las personas que aún hoy –con valentía– cuentan en análisis que, si le pasa algo malo a otro, sienten que así se salvaron ellas.

El origen psíquico de la intención malévola hacia el otro es complejo. No siempre está en un odio directo; a veces incluso este mismo reconoce una cláusula preliminar: desearle el mal a otro es una fuente de alivio; puede ser que así me sienta más digno en mi narcisismo herido, pero también podría ser una manera de protegerme de un temor (“Qué suerte, el otro es humano y también le pasan estas desgracias”) o la vía por la que expío la frustración por todas las cosas que no me salen.

Tengo la convicción de que hay muy pocas personas malas en este mundo. A los demás nos toca serlo por miedo, torpeza e inseguridad. Ser bueno no es algo que sea realizable por sí mismo; en todo caso, alcanza con ser un poco menos miedoso, torpe e inseguro, en una lucha constante contra los impulsos malignos en nuestro interior. Los celos y la envidia son, por un lado, un síntoma y, por el otro, un pecado, que reflejan mucho más una falta de libertad y de capacidad para sentirse amado que una vocación de daño.

Las pasiones bajas carcomen a los seres humanos desde que el mundo es mundo. Quizá tengamos algo para aprender si, en vez de juzgar, nos abrimos seriamente a la comprensión. Una vieja historia, la de Caín y Abel, muestra que no siempre fue fácil tolerar la diversidad y que hasta entre quienes se quieren, cuando hay debilidad, se puede llegar a provocar dolor, sin tener en cuenta que al lastimar también nos lastimamos a nosotros mismos.

La complejidad de Caín

Ya en otra ocasión escribí para este medio sobre el libro de Gérard Haddad titulado El complejo de Caín, en el que plantea cómo la ferocidad carcome la relación fraterna. Si Freud le prestó más atención a la filiación y al modo en que cada quien se deshace, si puede, de su posición de hijo (a través del complejo de Edipo) dejó de lado el vínculo con ese otro que es, a un tiempo, el más cercano y el más lejano.

¿Por qué las grietas suelen ser más terribles entre personas que piensan más o menos de la misma manera? A este fenómeno se lo conoce como “narcisismo de la pequeña diferencia” y se reconoce su incidencia a partir de la acción que busca diferenciarse denostando a alguien que nada malo nos hizo, pero que pasa a representar el mal contra el cual, por contraposición, nos proponemos como el bien.

La envidia, los celos y
La envidia, los celos y el deseo de ver caer al otro se vinculan con miedos, inseguridades y falta de libertad emocional

La historia de Caín y Abel suele interpretarse en términos de Bien y Mal. El malo mata al bueno; pero, ¿si el malo no era tan malo y, en consecuencia, el bueno no era tan bueno? El pobre pastorcito muere en manos del hermano resentido que, por no sentirse bendecido por Dios, asesta el golpe mortal. En algún momento tenemos que dejar de lado la narrativa burda que reconstruye los vínculos en estos términos.

En el mismo año en que Freud publicó Pegan a un niño, 1919, también se lanzó al mundo un libro reeditado a través de las generaciones: Demian, de Herman Hesse. Con una clara influencia de Carl Jung y Nietzsche, Hesse reconstruye la versión de Caín a través de su personaje Max Demian. ¿Y si Caín, en vez del celoso fratricida, fue mejor el chivo expiatorio de una colectividad de mediocres que se hacen los buenos?

Saramago, Haddad y Unamuno reinterpretan
Saramago, Haddad y Unamuno reinterpretan el mito de Caín para analizar la relación entre el bien y el mal en la sociedad

En la versión sugerida por Hesse, Caín es el superhombre que no se amilana ante su voluntad de poder; es el fuerte capaz de integrar la oscuridad, de hacerle lugar a su sombra y sus conflictos, en un mundo hipócrita que toma partido por la ingenuidad victimizada de Abel para no enfrentarse con sus propios crímenes. No es nada raro que quienes quieren defender a los supuestos buenos terminen reproduciendo el mal que querían remediar.

En esa misma época, dos años antes, hubo otra recreación del drama de Caín. Se trata de la novela Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno. En 1917, se publica esta historia de dos amigos, Joaquín y Abel, el primero de los cuales sufre al ver cómo al segundo todo le sale de la mejor manera, mientras que él tiene que esforzarse. Joaquín es un médico perseverante y Abel un pintor celebrado. A este el mundo se le brinda, al punto de que se casa con la mujer de la que Joaquín está enamorado.

La amistad continúa, ya que Joaquín se casa con otra mujer (a la que no ama) y la vida de las familias se entrelaza a través de los hijos: Abelín y Joaquina, que a su vez contraen matrimonio. Luego llega el nieto y los viejos amigos, ahora devenidos abuelos, comienzan a disputarse su cariño. Aquí hay dos detalles que es preciso tener en cuenta: por un lado, en una ocasión al médico le toca salvarle la vida al pintor, lo mismo que, en otra ocasión, elogia su trabajo –a pesar de que en su fuero interno lo carcome que sea un “bendecido”–.

Por otro lado, el nieto no se llamará como su abuelo Abel porque este no quiere que sea el tercero en llevar el nombre y, a su vez, Abelín cuenta que su padre no lo inclinó hacia la pintura… lo que hace sospechar que el bueno de Abel quería ser el único y no quería que otro lo reemplazase, ni en la profesión ni en la transmisión generacional. Por lo tanto, ¿quién era el envidioso que quería retener todo para sí?

Finalmente, en una discusión entre Joaquín y Abel, este tiene un ataque y muere ahí mismo, dejándole a Caín un tremendo cargo de conciencia. El Caín de Unamuno no se deja atrapar en la oposición del malo y el bueno, porque el bueno no es tan bueno y el malo, a su vez, es un hombre trágico que combate contra sí mismo, que quiere redimirse y da cuenta de su fe desgarrada, sumamente piadosa.

El Caín de Saramago

En la Navidad pasada dediqué una nota dedicada al Jesús de Saramago (a partir de su Evangelio según Jesucristo). Podría decirse que esa novela estuvo centrada en el comentario del Nuevo Testamento, mientras que, un tiempo después, Saramago decidió hacer una nueva interpretación del Antiguo en otro libro, más reciente: Caín, de 2009.

En esta novela Saramago toma al fratricida como protagonista y, a su vez, representante de la Humanidad. A lo largo de las páginas, recorre todos los episodios fundamentales de la Escritura, para plantear un conflicto inédito: el Hombre contra Dios. Caín no es solo quien mató a su Hermano, sino quien, por este mismo hecho, queda enfrentado al Creador. Vamos a intentar reconstruir el argumento.

La Historia comienza con la Creación y la expulsión del Paraíso de Adán y Eva. Según Saramago, si Dios hubiera querido que no comieran del árbol, podría haber tenido el delicado gesto de no ponerlo ahí. Incluso cuando Eva le dice a Dios que fue la serpiente la responsable de convencerla, Dios le dice: “Yo no cree serpientes”.

Con un motivo casi freudiano, Eva soñó con el reptil venenoso… y que cada quien se haga cargo de lo que sueña, que ahí están sus deseos. Este breve episodio sirve para situar el tono de Saramago, irónico y algo herético. Los seres humanos no entienden a Dios y, sobre todo, este no entiende a los seres humanos.

De un modo compasivo podría decirse que ser Criatura es una responsabilidad; que no podemos caer en la acusación fácil de que las calamidades pasan porque Dios no las evita. La existencia de la Divinidad tampoco excluye del azar y a veces el ateísmo no es más que una defensa neurótica para no vivir con la intuición de un destino.

De la pareja edénica, nacen tres hijos; los más célebres de los cuales son Caín y Abel. ¿Tanto le costaba a Dios recibir el regalo de ambos y dejarlos contentos? ¿Será tan cierto que Dios desairó a Caín o, a lo mejor este fue un poco susceptible? Los celos y la envidia tienen una raíz proyectiva; uno se vive quejando de que los demás hacen lo que uno hace. Es lo que le ocurre a Caín.

A la caída del primer Hombre, le toca la de su hijo, porque la Humanidad entera tiene que perderse para reencontrarse. Dios pone una marca en la frente de Caín, para que este sea errante y vague para conocer la Historia de la Humanidad, la de su descendencia, ya que en la primera estación Saramago hace que Caín se encuentre con Lilith –que en la tradición pagana simboliza a la primera mujer, previa a Eva; hay quienes la representan como a la serpiente sin más– y tenga un hijo.

El mito de Caín como
El mito de Caín como símbolo de la lucha entre pasiones bajas y la búsqueda de comprensión atraviesa literatura y psicoanálisis

La Humanidad nace para perderse. En la muerte de Abel se pone en juego la pérdida de la ingenuidad y el conflicto en el interior del alma. El ser humano debe luchar consigo mismo para no crearse un Dios a la medida de su propia hostilidad, porque así solamente aspira a ser divino por su maldad. Cada vez que se cree con capacidad de juzgar a otro, el ser humano es malvado y se cree Dios.

En su errar, Caín se encuentra primero con Abraham y su hijo Isaac. Dice: “Qué va a hacer, viejo malvado, matar a su hijo, quemarlo, otra vez la misma historia, se comienza por un cordero y se acaba asesinado a quien se debería amar”. Una vez más, Caín proyecta en el otro su propio conflicto interno.

Luego llega a Babel, cuya destrucción se atribuye a Dios, pero también es cierto que los hombres pensaron que “después de hacer la torre ya nadie nos podría impedir que hiciéramos lo que quisiéramos, por eso nos confundió las lenguas”. Otra vez la misma historia, se pone afuera una intención interna que no se reconoce como tal; lo que es efecto se propone como causa.

El ser humano proyecta en un Dios malo su propia maldad. De acuerdo con este rasgo es que en la narración de Saramago, después de los episodios del sacrificio de Isaac y la Torre de Babel, se suceden los de Sodoma, la adoración del Becerro de Oro ante la ira de Moisés, los de las ciudades de Madián y Jericó, etc., hasta que llegamos al Arca de Noé.

Como el mundo era un desastre, Dios decide hacer borrón y cuenta nueva. Entonces le encarga a Noé hacer una selección de dos animales de cada especie y construir una barca, que es la que salvaría del Diluvio. Allí viajan Noé y sus tres hijos con sus esposas, pero Caín se da maña y logra infiltrarse.

Durante el trayecto, Caín mata a cada uno de los viajantes y, cuando pasa la lluvia y el tiempo de deambular en las aguas, Dios espera junto a la puerta. Entonces Caín baja y Dios le pregunta qué hizo. Como en una comedia de enredos, uno y otro se quedan discutiendo en off, “argumentando el uno contra el otro una vez y muchas más, aunque la única cosa cierta es que siguieron discutiendo y que están discutiendo todavía”.

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El gesto de Caín

Por Massimo Recalcati

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Podría terminar mi comentario aquí, pero no quisiera dejar de decir que el de Eva no es el único sueño que tenemos en esta gran novela. También hay uno de Caín, en el que ve “al hermano en el umbral de la puerta, a su espera. Así lo recordará durante toda la vida, como si hubiera hecho las paces”.

El Caín de Recalcati

La novela de Saramago es excelente para dar cuenta de cómo se construye una fantasía paranoide. Caín es un paranoico. Caín es la paranoia que habita en el alma y en el corazón de todo ser humano.

Esta es una idea que le debemos al psicoanalista Massimo Recalcati, que en un libro de reciente traducción retoma el valor del episodio del Antiguo Testamento: “Caín y Abel no solo son dos figuras del relato bíblico literariamente autónomas –dos personajes–, sino dos partes ‘internas’ del sujeto, el indicador de una división que nos atraviesa a cada uno de nosotros”.

El gesto de Caín es un ensayo que está en una serie de libros del psicoanalista italiano, junto con El grito de Job y La noche de Getsemaní, que realizan un acercamiento entre la religión católica y los fundamentos de la práctica propuesta por Freud.

El libro fundamental de Recalcati, de acuerdo con esta orientación, es La fuerza de la palabra: Raíces bíblicas del psicoanálisis, que debería ser leído de la mano con el clásico de Françoise Dolto El Evangelio ante el psicoanálisis.

En el ensayo sobre Caín, Recalcati comienza –al igual que Saramago– con el relato de la creación. Destaca algo que suele pasar desapercibido: que Dios haya creado el mundo es un modo de decir que este no es una prolongación de Él; por lo tanto, lo creado no proviene en línea directa (como en las emanaciones plotinianas).

La envidia, los celos y
La envidia, los celos y el deseo de ver caer al otro se vinculan con miedos, inseguridades y falta de libertad emocional

Esta diferencia introduce desde el principio en las criaturas humanas la posibilidad de la libertad. Porque haber sido creados a imagen y semejanza de Dios no quiere decir ser iguales a Él y, por lo tanto, aquí se da la primera prohibición, la de no pretender ser como dioses. En este punto es que Dios prohíbe a Adán y Eva comer del árbol de la sabiduría.

Así se realiza la primera transgresión, incentivada por la serpiente. La función de esta habría sido secundaría si solo se hubiera limitado a estimular el deseo. Más bien lo que hace el animal venenoso es decir a las criaturas que son víctimas de un Dios malo que quiere todo para Él; Dios privador que goza con su sometimiento.

De este modo, Adán y Eva se alejan del amor de Dios y pecan. Como buena perversa, la serpiente convence de la perversión del Otro y, luego, abandona. Sin embargo, por amor Dios falta a su palabra: si en su momento les dijo que, en caso de comer el fruto prohibido, morirían, lo cierto es que les perdona la vida; mejor dicho, les da una vida a partir de que se sientan desnudos –desnudez que recubre.

Leamos a Recalcati: “Tal es la labor específica de ‘toda’ serpiente: difamar, fomentar el odio, desacreditar. […] el error perverso de la serpiente consiste en no considerar que, cuando el goce se separa de la Ley –cuando entra en conflicto con la Ley–, se convierte, como recuerdan los propios versículos bíblicos, en un goce que no provoca sino muerte”.

A partir de estas líneas se entiende por qué la difamación es un pecado gravísimo y, de acuerdo con las comillas de Recalcati (‘toda’) víboras no hubo solo en un tiempo lejano y mítico. La lengua que viene que separar y poner a unos en contra de otros, en contra del amor de Dios, tiene una enorme vigencia.

Ahora bien, si el relato de la creación concluye con un robo, la siguiente transgresión es un asesinato. Este es el turno de los hijos de Adán y Eva. “Con esta opción narrativa, lo que el logos bíblico quiere mostrar es que, para mirar de verdad a la cara el fenómeno escabroso de la violencia humana, hay que suponer que cada uno de nosotros lleva consigo a Caín: que la violencia humana en absoluto se limita a comportamientos defensivos o de ataque dictados por el instinto, sino que habita en el corazón de nuestros vínculos más íntimos”.

A continuación, Recalcati establece una relación entre el fratricida y la serpiente: “Caín también interpreta la acción de Dios como un gesto de puro poder arbitrario. Caín también –al igual que la serpiente– comparte el fantasma neurótico del padre dominador, del padre perverso que aplasta la vida de sus hijos, que gestiona la Ley con el único criterio del propio capricho”.

Desde otro punto de vista, la envidia de Caín también puede pensarse en términos del narcisismo del hijo único que no toleró la llegada del hermano. Como un Narciso que reniega de la ley de la sucesión y la herencia, Caín no habría tolerado ceder su lugar: “Caín quiere ser él solo, quiere ser el único hijo del mundo, la compleción del vacío de Eva”. El odio de Caín es correlativo de su derrumbe imaginario en el espejo de la Madre. Curiosamente, esta que parece una interpretación psicoanalítica básica, es la que propuso el teólogo André Wénin en su libro No solo de pan: El deseo en la biblia.

La fascinación del odio

Pocas cosas producen más placer que odiar. Existe un goce de odiar, ¿quién puede ser tan ingenuo (o mentiroso) como para negarlo? El punto es si tendremos la honestidad de ir a la raíz de esa pasión.

Recalcati lo dice con claridad meridiana: “El envidioso nunca envidia simplemente algo del envidiado, sino que envidia su vida viva: su vida más viva que la de él”. Si el odio con que se carga la envidia es mortífero, es porque reconoce la muerte del envidioso.

Hay que estar de algún modo muerto para darle lugar en la propia vida a las pasiones bajas; por eso el conflicto interno que plantean es de la vida contra muerte, la vida que debe ser recuperada.

Odiar fascina. Quienes odian se pueden quedar horas mirando a quien odian, hablando de esa persona, imaginando qué estará haciendo, suponiéndole satisfacciones exclusivas, de esas que murmura la serpiente en el oído.

Repensar la figura de Caín en este mundo fratricida es un modo de revitalizar el valor de una diferencia sustantiva y real. No hay lugar para el otro si este no es Otro y el costo de la atribución de perversión se paga con paranoia.