La acumulación excesiva de grasa en las células hepáticas, conocida como hígado graso, afecta aproximadamente al 25% de la población mundial, según explicó Alejandra Villalba, especialista en medicina familiar y vocera de Heel Colombia. Esta condición puede ser de origen alcohólico o no alcohólico, vinculándose en este último caso con obesidad y diabetes.
De acuerdo con lo revelado por la especialista a Infobae Colombia, en la mayoría de los casos, el hígado graso no presenta síntomas y suele detectarse mediante ecografía abdominal o análisis de enzimas hepáticas, muchas veces de manera incidental.
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Aunque algunas personas pueden experimentar dolor o distensión abdominal tras comidas grasosas, lo habitual es que la enfermedad pase desapercibida hasta etapas avanzadas, cuando puede evolucionar a inflamación (esteatohepatitis), fibrosis, cirrosis o incluso cáncer hepático.

Prevención, tratamiento y factores de riesgo
Las principales estrategias para tratar y prevenir el hígado graso incluyen las siguientes recomendaciones avaladas por el Colegio Americano de Gastroenterología:
- Reducir entre 7 y 10% del peso corporal, adoptar una dieta mediterránea rica en fibra y grasas saludables como el aceite de oliva.
- Evitar azúcares y ultraprocesados.
- La actividad física es esencial: se recomienda realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico (caminar rápido, nadar o montar bicicleta) y combinarlo con entrenamiento de fuerza y resistencia.
- Evitar el alcohol es fundamental, especialmente en los casos de hígado graso de origen alcohólico.
Por otra parte, Villalba destacó que el manejo del estrés y la regulación emocional son pilares en la prevención, junto con una alimentación equilibrada y el consumo de alimentos ricos en omega tres.
Aunque a menudo el hígado graso se relaciona con el sobrepeso, también puede presentarse incluso en personas delgadas que llevan una vida sedentaria o una dieta desequilibrada, por lo que es indispensable incluir hábitos saludables a su rutina.

Villalba recomendó realizar chequeos médicos regulares, al menos una vez al año, o cada seis meses si existen factores de riesgo como obesidad, sedentarismo o antecedentes familiares de alteraciones metabólicas. El control periódico de colesterol y azúcar es igualmente importante, ya que estos desbalances contribuyen al desarrollo del hígado graso.
En cuanto a tratamientos farmacológicos, Villalba aclaró que actualmente existen pocas opciones de medicamentos efectivos y enfatizó que la intervención principal es de tipo nutricional y conductual. Aunque se habla de que la vitamina E puede incluirse como tratamiento al tener un papel antioxidante, es necesario reiterar que solo debe administrarse bajo supervisión médica y en dosis adecuadas.

Los alimentos que afectan al hígado graso
Entre las causas principales del hígado graso se encuentra la obesidad, resistencia a la insulina, consumo excesivo de grasas saturadas, azúcares y alimentos ultraprocesados, así como la falta de ejercicio regular, así que es necesario consultar a un médico y seguir sus recomendaciones.
La lista de alimentos a evitar en hígado graso incluye los azúcares añadidos y la fructosa presentes en refrescos, zumos, tés helados, miel, jarabes, golosinas, pasteles y mermeladas. Los expertos han señalado que la fructosa se diferencia de otros azúcares por su capacidad de transformarse directamente en triglicéridos dentro del hígado, un mecanismo que potencia la progresión de la enfermedad.
Asimismo, el alcohol aparece como uno de los factores dietéticos más perjudiciales para el hígado graso, por lo que la recomendación de los expertos está dirigida a evitar por completo todo tipo de bebidas alcohólicas, incluyendo vino y cerveza.
Por su parte, las grasas saturadas y las grasas trans constituyen otro grupo a restringir debido a que su consumo incrementa tanto la acumulación de lípidos en el hígado como el proceso inflamatorio asociado. Productos como la carne roja, vísceras, embutidos, mantequilla, queso alto en grasa, nata, margarinas industriales y alimentos fritos (como chicharrón o empanadas) representan fuentes comunes de estos compuestos.
La dieta también debe excluir la mayor parte de carbohidratos refinados (pan blanco, arroz blanco, pastas y harinas procesadas) y alimentos ultraprocesados (comida rápida, pizzas congeladas, snacks envasados y salsas comerciales ricas en sodio).

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