
Zazza, youtuber italiano reconocido por documentar zonas de conflicto, relata sin reservas su experiencia al convivir y entrevistar a sicarios en Bogotá. “Ahí me cagué muy fuerte”, admite al recordar el primer encuentro con estos grupos armados y declara con firmeza: “ahí no vuelvo más”.
El relato en primera persona muestra la crudeza de la realidad para quienes se adentran en el mundo del sicariato colombiano.
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Al explicar qué lo llevó a acercarse a estos entornos, Zazza cuenta: “Me pongo en contacto con unos chicos, que no me acuerdo si eran raperos o artistas de la zona, y me dicen: ‘Mira, hay algo que se llama aquí oficina de sicariato’. Digo: ‘Oficina...’ Me imagino que entro y no sé, hay ordenadores y cosas así”.
Sin embargo, su expectativa chocó con otra realidad. “Entro en un lugar mega tétrico con ocho personas y veo en una mesa pistolas, hierba y muchas balas”.

La entrevista a dos miembros del grupo marcó un punto crítico en su experiencia. “Uno de los dos, de hecho, yo creo que era psicópata o como lo quieras llamar. No estaba bien. No tenía ningún tipo de remordimiento”.
Sobre el precio, aclara: contratar a un sicario para un encargo común costaba “unos trescientos euros”, aunque “si quieres ya matar a un político, igual te necesita veinte mil”. Detalla también la mecánica de estos encargos: “Ellos simplemente necesitan una foto y una dirección y en tres, cuatro, cinco días desaparece”.
Tras publicar su video, sobrevinieron consecuencias inesperadas. “Publico el vídeo y no sé por qué una semana después uno de los dos desaparece… Pasan tres o cuatro meses y pon en la cárcel el otro. Y sale en los titulares, ‘sicarios que han hablado en el vídeo de Zazza, preso’. Y la gente dándome la culpa”.
La cuestión de mantener el anonimato de los entrevistados fue inmediata: “Antes de salir, le pregunto a estas personas: ‘¿Quién quiere salir y quién no? ¿Quién pixela y quién no?’ Todos me dicen: ‘Me pixelas’, menos ellos dos. Ellos me dicen: ‘Qué va, me da igual. Esto es mi barrio, es mi zona’”.
La ausencia total de remordimiento y el desprecio ante las consecuencias definen la relación de estos individuos con su entorno. Zazza resume esa distancia: “Es mi barrio, es mi zona”.

Después de ese primer encuentro, el youtuber accedió a un segundo círculo delictivo. “En la otra zona unos días después y empiezan a sacar esta vez armas largas, con silenciadores... Eran muchísimo más organizados”, recuerda.
El ambiente lo describe como hostil y cargado de desconfianza: “Bajamos en una zona destrozada. Las calles sin pavimentar, todo chabolas. Empieza un temporal increíble. He pasado creo dieciséis horas con esta gente.”
La precariedad era tangible en cada detalle del asentamiento: “Estamos en casa de un abuelo que no sé quién era. Simplemente han dicho: ‘No estamos aquí’. Pum. Y este abuelo sentado, así que me miraba en la cama. De repente llega una toxicómana con miles de monedas y empiezan a contarla. El tío le pasa dinero, droga, bla bla y se va.”
Las tensiones surgieron al poco tiempo de estar en aquel lugar. Zazza relata: “Empiezan como a revivir el día. Y no, esto lo tienen que borrar, esto no, esto sí. Se empieza a crear una situación rara”.
La excusa de un móvil perdido dio paso a la extorsión: “‘¿Y el móvil, qué?’ Digo: ‘Hermano, lo has perdido tú, ¿yo qué tengo que ver?’ ‘Ahora tú no te vas hasta que no me pagas’. Entonces, ahí le das un poco de dinero… Es muy desagradable”.
En esas circunstancias, el instinto de supervivencia resulta decisivo. “Intento desconectar lo máximo posible de mis emociones. Intento estar tranquilo y evaluar la situación, en plan: empiezo a ver si hay salidas, dónde puedo ir… Intentas caerle bien, prometerle cualquier cosa solo para salir de ahí. Pero te digo, es muy difícil poder hablar con personas que están bajo sustancias, porque no entienden lo que estás diciendo. Ahora me das dinero. Es que no tengo físicamente dinero, ¿de dónde te lo saco? No, no, ahora me paga”.
El clima de juego psicológico se impuso: “Es todo un juego psicológico entre tú, que estás asustado y tienes miedo por tu vida, y ellos que no le importa nada, ni de ti, ni de su vida, ni de nada”.

Su análisis aborda el perfil y las motivaciones del profesional del sicariato: “Me interesa, uno, entender si lo hacen por necesidad o porque le gusta de alguna manera. Entender un poco la necesidad que hay detrás. En plan, eres un tío que te dan doscientos euros, vas allá, te emborrachas porque te duele, pum, pum, pum y te vas y luego no duermes. O te gusta, ¿no?, el poder que te da la pistola, el olor, de la sangre, de hierro, te excita…”. Advierte que la mayoría muestra total indiferencia ante el crimen: “No hay ninguna emoción, ni positiva ni negativa… Disfrutar, hay muy pocos que disfrutan.”
Zazza insiste en que, pese a la imagen de fortaleza que algunos proyectan, en muchos casos percibe despersonalización y vacío.
“Es difícil que te lo contesten, ¿sabes? Entonces, no, a mí me da igual, siempre ellos son más fuertes, más chulos. Pero hay un otro, igual cuarenta, cincuenta por ciento, que de verdad… Disfrutar, hay muy pocos que disfrutan. Que les importa poco o que están tan perdidos en esta vida, pues te repito, la mitad seguramente. No, no sienten nada, ni antes ni después”.
Sobre el peligro de acercarse a estos entornos, la respuesta es contundente: “Que lo harían sin ningún tipo de problema… Esta gente sigue órdenes. Si tú no sigues órdenes, te matan a ti, entonces, lo matan a él. Entonces, prácticamente mi vida contra la tuya. Entonces, si me tienen que matar a mí, ¿qué le importa? Me matan y punto. Nunca nadie me ha dicho te torturaría, te haría cosas, ¿sabes? Me gusta preguntarlo, pero me dice: ‘No, te mataría si me lo ordenan y no voy a sentir absolutamente nada’”.
Salir de ese espacio implicó atravesar calles hasta encontrar un lugar seguro. “Subimos un poquito y encuentro una calle así de asfaltada con taxis. Saludo esta gente y empiezo a caminar lo más rápido posible. Entro en una calle que, por suerte, empiezan a haber tiendecitas. Lo importante es seguir moviéndote.”
La experiencia, para Zazza, ha dejado una visión clara: la rutina precaria y brutal de los sicarios en Bogotá apenas cambia, aunque la exposición conlleva riesgos imprevisibles. Aun así, reconoce, la fortuna ha estado de su lado al lograr salir ileso de esos escenarios donde la vida vale poco y la violencia es regla.
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