(Kino Lorber)
(Kino Lorber)

Beverly Hills (California) – Grace Jones no dice exactamente que ella sea psíquica. Es solo que ella, a veces, puede decir de antemano lo que va a suceder. Como esa vez que estuvo en una fiesta en México con Arnold (Schwarzenegger) y Maria (Shrive), esperando un ascensor. Las puertas del elevador se abrieron, y Jones pensó: "No entraré allí". Ella tenía un mal presentimiento.

"Y todos se quedaron atrapados", dice ahora, sonando con un tono complaciente. La gente le ha dicho que debería estudiar sus habilidades psíquicas para comprenderlas mejor.

Grace Jones pasó décadas en el centro de todo: es una de esas personas que ha sido famosa durante tiempo que es fácil olvidar lo que realmente hace. En la década de los setenta fue una supermodelo convertida en una cantante de discoteca. Posó para Helmut Newton, caminó por las pasarelas de París, estuvo con Andy Warhol en Studio 54. Era, a la vez, severa y provocativa, la encarnación glamorosa del hedonismo de la década.

En los años ochenta se convirtió en una estrella de cine de acción, con una vida romántica tormentosa y una afición por sus guardaespaldas.

Recientemente publicado una autobiografía titulada I'll Never Write My Memoirs (Nunca escribiré mis memorias, 2015) y un nuevo documental, Bloodlight and Bami, que se estrenó en Nueva York, Los Ángeles y Washington DC. En una era de excesivas redes sociales, incluso las divas no pueden ser tan impenetrables como solían serlo. Y además, ella ha hecho todo lo demás.

Grace Jones (Andrea Klarin, Kino Lorber)
Grace Jones (Andrea Klarin, Kino Lorber)

El documental la lleva al bar del hotel Four Seasons de Beverly Hills. Jones es más pequeña que lo que sugeriría su reputación de Glamazon, pero sigue teniendo una presencia formidable. Es atenta y amigable, con una risa fácil y un acento jamaiquino que puede sonar vagamente francés o británico. Se ve serena y vigilante, como la mantis religiosa más bella de la galaxia; su rostro es una colección de ángulos rectos. Aterroriza a la camarera.

Las celebridades tienden a parecer más pedestres en la vida real, pero Jones parece incluso más como una alienígena que de mala gana vino a la Tierra de visita. Es imposible imaginarla haciendo cosas normales, como conducir un automóvil o comer un taco. Hay un escudo de misterio y mito que la protege, incluso en medio de su conocimiento público. Ella trata de mantenerlo así. "Digo muchas mentiras. Mi edad es una de ellas. Siempre digo que el FBI sabe mi edad".

Para Jones el tiempo es irrelevante. Ella se ve a sí misma como una entidad que siempre ha sido y siempre será. "Ya tengo 5.000", bromea. Según las estimaciones más confiables, cumplirá 70 años en unas pocas semanas. Ella se encoge de hombros. "Algunas personas piensan que soy un hombre", dice.

Para hacer Bloodlight and Bami, Jones pasó una década sometiéndose a las órdenes de la directora Sophie Fiennes, a quien adora. Fiennes había hecho previamente un documental sobre el hermano de Jones, Noel, que, como su padre, era un predicador. Sus cámaras siguieron a Jones hasta Jamaica, donde nació, y donde recordó a sus familiares para hablar de su infancia de fuego y azufre.

"Crecí con mido", dice ahora. "Dejar ir el miedo fue lo mejor que me pasó. Temor a Dios, miedo al infierno, miedo al fuego".

Jones, que se mudaría con sus padres a un pueblo cerca de Syracuse (Nueva York), cuando era una adolescente, no tenía permitido escuchar discos o la radio. Huyó a Manhattan tan pronto como pudo, y finalmente se fue a París. Se convirtió en una modelo y en una cantante disco, una figura andrógina, guerrera, de gran fascinación y muy novedosa. La música parecía el siguiente paso lógico.

Una escena de “Grace Jones: Bloodlight and Bami” (Kino Lorber)
Una escena de “Grace Jones: Bloodlight and Bami” (Kino Lorber)

Cuando hizo sus primeras grabaciones a mediados de los setenta, Jones, criada en la música de la iglesia, no tenía puntos de referencia culturales para navegar. Ella era muy tímida, solo cantaba debajo de una mesa. Su primer éxito fue una versión de 1977 de La Vie en Rose, de Edith Piaf, y se convirtió en una sensación de discoteca en los últimos años de ese género, en ese entonces era la cantante de una nueva generación. Lanzó una serie de álbumes que se vendieron lo suficientemente bien, presentó una serie de éxitos como Slave to the Rhythm y comenzó a tener más confianza en sí misma.

"Aprendes, te mejoras, sabes qué camino deseas seguir, y luego vas a la velocidad de la luz", comenta ella.

Fue en esta época que Jones comenzó una relación con el fotógrafo francés Jean-Paul Goude. Ella era su musa y él era su gran amor. El arte que hicieron fue icónico, y ocasionalmente problemático (en la portada del libro de Goude, Jungle Fever, hay una foto de Jones arrodillada desnuda en una jaula), y su relación fue bastante turbulenta. La escena más desgarradora del documental es una discusión entre los dos: "Tú eres el único hombre que me hizo arrodillar", le dice a Goude, que se muestra impasible.

Para Goude, Jones representaba la perfección. "No me di cuenta", dice ahora. "Me puso en un pedestal, me enteré después".

Jones sintió como si tuviera que ser feroz en cada momento del día, en caso de que Goude y su cámara estuvieran mirando. "Solía posar en el baño. Quería complacerlo tanto que acabé enamorada de su visión de la perfección".

Una vez, Jones tuvo una infección de rodilla mientras viajaba. Goude, horrorizado, voló a casa inmediatamente. "Esa es su forma de lidiar con la imperfección", dice Jones. "Él nunca quiso que fuera imperfecta de ninguna manera".

Su relación se vino abajo cuando Jones quedó embarazada de su hijo, Paulo, que ahora tiene 38 años. Fue una estrella transgresora en el apogeo de su fama durante gran parte de la infancia de Paulo, pero se esforzó por darle una educación normal. Había reglas: tuvo cuidado de no usar palabras negativas a su alrededor.

"Tienes fronteras que no cruzas", comenta Jones. "No expones a los niños a ciertas cosas. Quiero decir que no tuve sexo delante de él".

Después de actuar en una serie de película olvidables, en 1984 Jones coprotagonizó la película de Schwarzenegger Conan the Destroyer, y la película de Bond, A View to a Kill al año siguiente. Era oficialmente famosa, y ahora con un novio famoso a la altura: Dolph Lundgreen. Lundgren fue parte del equipo de seguridad de Jones y obtuvo un pequeño papel en A View to a Kill antes de convertirse en una estrella de las películas de acción. Un día, al final de su relación, Jones lo apuntó con un arma en un fallido intento de secuestro. De todos modos, se separaron.

Los años noventa aún fueron más difíciles. En una época de grunge y supermodelos abandonadas, su estética no era muy solicitada. Jones aceptó un trabajo en una producción itinerante de The Wiz y se casó con su guardaespaldas turco, una relación que acabó siendo abusiva (todavía están casados, aunque solo técnicamente).

Los últimos 15 años han sido más amables: en 2008, Jones lanzó Hurricane, su único álbum desde 1989, aunque actualmente trabaja en otro, inspirado en diversas formas de música africana. Su trabajo ha servido como un mapa de ruta para artistas como Rihanna y Lady Gaga, aunque a Jones le importa poco. Se convirtió en abuela cuando Paulo tuvo una hija, Athena, e incluso fue citada en Black Panther, lo que significó mucho para ella.

Bloodlight and Bami da razones suficientes para considerarla una artista, no una simple provocadora. Su autobiografía, aunque no es obra de gran introspección, traza su vida interior desde su temible infancia hasta la falta de serenidad del presente.

"Es un proceso de aprendizaje", comenta Jones. "A medida que creces, recoges cosas con las que te puedes identificar y aprender, y dejas ir cosas que te retendrán. Si mantienes el miedo, nunca estarás libre".