En las faldas del monte Fuji, se libra una batalla contra los turistas revoltosos

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Justo después del amanecer, en un día de primavera sin nubes, Junichi Horiuchi salió a la caza con un gorro de los Dodgers, guantes de color rosa intenso y un bastón.

Horiuchi, líder de un grupo cívico, recogía basura y buscaba turistas revoltosos en el parque Arakurayama Sengen de Fujiyoshida, una idílica ciudad de unos 46.000 habitantes situada en las faldas del monte Fuji. Lo acompañaron en su búsqueda una personalidad de la radio local y un profesor de medicina. El trío hizo amables advertencias a los turistas que se aventuraron fuera del camino designado.

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Para Horiuchi, de 54 años, la misión es personal: dijo que el año pasado se rompió casi 30 huesos cuando chocó en su bicicleta mientras intentaba evitar a un grupo de turistas que se tomaba una foto al estilo Abbey Road con el monte Fuji de fondo.

"Quiero que la gente respete la cultura y las normas de Japón", dijo mientras observaba a la multitud de turistas que se agolpaba a primera hora de la mañana, algunos de los cuales habían acampado toda la noche para conseguir la foto perfecta del amanecer. "Es una cuestión de vida o muerte".

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Fujiyoshida, situada al suroeste de Tokio, está en el centro de la lucha de Japón contra los turistas que se comportan de forma inadecuada. Los visitantes extranjeros, estimulados en parte por la debilidad del yen que hace que su dinero rinda más en Japón, han llegado a raudales: en 2025 hubo unos 42 millones, el doble que hace una década. Ahora está aumentando el sentimiento antiextranjero en algunas partes del país, y las autoridades se han enfrentado a presiones para limitar el número de visitantes.

Fujiyoshida, ante el declive de su industria textil, en otra época anhelaba más turistas para revitalizar su economía.

Ya no es el caso.

Ha habido reportes ampliamente difundidos de visitantes que utilizan los patios traseros como baños, entran en las casas sin permiso, bloquean el tráfico escolar y dejan tras de sí montones de basura.

Este año, la ciudad tomó medidas drásticas: canceló su festival de los cerezos en flor, que se celebraba desde hace una década, con el argumento de que "la vida pacífica de nuestros ciudadanos se ve amenazada". Las autoridades también prohibieron a los medios de comunicación capturar escenas pintorescas que "pudieran contribuir al turismo excesivo".

El alcalde Shigeru Horiuchi dijo que la decisión de cancelar el festival no pretendía impedir que la gente viera los cerezos en flor --de hecho, los funcionarios no bloquearon ninguna zona--. En su lugar, dijo, estaba intentando desalentar el turismo en las zonas más concurridas en respuesta a las quejas de los residentes sobre las aglomeraciones. Aunque la ciudad ha construido más baños y espacios de estacionamiento, ha tenido problemas para hacer frente al tráfico peatonal. También quiere que los turistas vayan a partes de Fujiyoshida que no les resulten familiares por Instagram.

"La paciencia de los residentes está llegando a su límite", dijo en una entrevista en el ayuntamiento.

A pesar de la cancelación del festival, decenas de miles de personas han seguido acudiendo a la ciudad, y hacen fila para tomarse selfis en la Pagoda de Chureito y comen especialidades locales como los fideos udon de Yoshida o los helados suaves con sabor a fresa, cuyo color rojo busca evocar el amanecer sobre el monte Fuji.

Hace poco, un grupo de amigos de Estados Unidos se aventuró fuera del camino principal para tomarse selfis bajo los cerezos en flor.

"Vi una foto preciosa en las redes sociales y pensé: '¿Cómo puedo venir lo más pronto posible?'", dijo Julia Morrow, de 26 años, trabajadora del sector minorista de Ohio. "Si no consigues esa foto, es como, ¿qué sentido tiene el viaje?".

Algunos visitantes dijeron que se habían tomado el tiempo para estudiar las costumbres japonesas antes de su llegada: no caminar y comer al mismo tiempo. Llevar tu propia bolsa de basura.

"Intentamos ser respetuosos", dijo Karlene Morgan, profesora de Nueva Zelanda, quien estaba de viaje por Japón durante 11 días con su pareja para ver los cerezos en flor. "Es lo que querríamos si alguien viniera a nuestro país".

'Quiero escapar'

Durante décadas, Fujiyoshida estuvo fuera del radar, incluso para muchos japoneses. Eso empezó a cambiar en 2013, cuando la UNESCO incluyó el monte Fuji en su lista de Patrimonio de la Humanidad. La ciudad, ante una industria local del tejido en declive, intentó atraer a un público más cosmopolita. Bares de vinos y bares izakaya tradicionales aparecieron donde antes había tiendas vacías.

Luego, después de la pandemia, llegaron hordas de turistas que buscaban reproducir las majestuosas vistas del monte Fuji que habían visto en internet, a menudo ambientadas con música de Coldplay, Hans Zimmer y otros. "Esto no es una escenografía de cine. Es Fujiyoshida", se lee en Instagram.

Los problemas con el turismo excesivo están muy extendidos en la zona. En la cercana ciudad de Kawaguchiko, las autoridades colocaron una pantalla del tamaño de una valla publicitaria en 2024 para disuadir a los turistas de fotografiar una tienda que se había convertido en un fenómeno en las redes sociales porque parecía que la montaña brotaba de su tejado.

Coji Maeda, propietario de una empresa de serigrafía, compró en 2000 una casa cerca de la estación de tren de Fujiyoshida con vistas al monte Fuji. Se sintió atraído por el barrio por su serenidad. Ahora observa cada día cómo miles de personas pasan junto a su casa camino del parque. A veces toman un atajo a través de su jardín delantero.

"Cuando empecé a ver turistas, pensé: 'Esto es una locura'", dijo. "Realmente tengo la sensación de que quiero escapar. Quiero mudarme".

Sin embargo, algunos residentes han hecho las paces con la afluencia. Eido Watanabe, sacerdote principal del templo de Nyorai, cerca del parque Arakurayama Sengen, dijo que el budismo hace hincapié en la importancia de la tolerancia. En la actualidad, los extranjeros superan en número por mucho a los visitantes japoneses de la zona. En un santuario cercano, los mensajes escritos por los visitantes en los amuletos que cuelgan en el exterior están ahora en su mayoría en inglés.

"Es difícil que alguien cambie repentinamente sus costumbres, por lo que creo que es importante, al recibir a los extranjeros, orientarlos en la medida de lo posible", dijo.

Y añadió: "Si te acercas a la gente con un corazón amable y una sonrisa, les transmitirás tus sentimientos".

Los empresarios dicen que Fujiyoshida necesita encontrar formas de conseguir que los turistas pasen más tiempo y gasten más dinero en las tiendas, restaurantes y hoteles locales. Hoy en día, los visitantes suelen quedarse en la ciudad solo unas horas, lo suficiente para tomar una foto y marcharse.

Kazuko Watanabe, propietaria de tercera generación de una zapatería en el centro de la ciudad, dijo que "todo el mundo pasa de largo". Desde el escaparate de su tienda, observa cómo multitudes de turistas sacan fotos de los anticuados escaparates con el monte Fuji como telón de fondo, lo que crea un peligro para el tráfico.

Dijo que veía con buenos ojos que hubiera más turistas, pero que la ciudad debería hacer más para ayudarlos a comprender las normas japonesas.

"Creo que es demasiado esperar que lo entiendan todo", dijo.

Horiuchi, quien dirige el patrullaje del parque, dijo que esperaba persuadir a los visitantes para que se relacionaran más con la cultura japonesa. En los últimos días, ha estado pidiendo a los turistas que se detengan y los anima a rezar en un santuario sintoísta del parque, en apego a la tradición japonesa, antes de subir las escaleras para tomarse fotos cerca de la pagoda. Les dice a los visitantes que, para los japoneses, el parque es una zona sagrada.

"Tienes que adaptarte a la gente del lugar, no solo a tus propios modales y sentimientos", dijo. "Quiero que este lugar, esta zona, se mantenga limpia, en este estado, durante mucho tiempo, incluso para la generación de mis nietos".

Javier C. Hernández es el jefe de la corresponsalía de Tokio del Times, desde donde dirige la cobertura informativa sobre Japón. Ha informado desde Asia durante gran parte de la última década y anteriormente fue corresponsal para China en Pekín.

Kiuko Notoya es una reportera e investigadora que vive en Tokio y cubre noticias y reportajes de Japón.

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