
Ignorando la helada invernal que descendía de los Alpes, una mañana reciente dos hombres se despojaron de sus chaquetas, se pusieron los trajes de neopreno y se lanzaron en un caudaloso arroyo del centro de Múnich. Un ayudante les entregó una barra metálica de 6 metros, que los hombres empujaron bajo el agua.
Intentaban crear una ola al instalar un obstáculo que curvara el agua agitada hasta alcanzar una superficie surfeable perfecta. Pero fracasaban.
Múnich, a pesar de estar a unos 320 kilómetros del mar más cercano, era hasta hace poco un lugar insólito para practicar surf. Los entusiastas acudían en masa a la vía acuática, llamada Eisbach, en un parque cercano a un barrio universitario, para turnarse en la ola artificial.
Pero después de que las autoridades dragaran el canal el año pasado, la ola desapareció.
Ahora la comunidad de surfistas de Múnich --sí, existe-- intenta rehacerla.
La naturaleza y la burocracia han complicado las cosas. Las autoridades municipales han pedido precaución tras una muerte ocurrida en el arroyo el año pasado. Quieren que los surfistas instalen lo que consideran un tipo más seguro de generador de olas: uno que se fije al lecho del arroyo, a diferencia de la versión antigua, que colgaba de un puente.
El problema es que los esfuerzos de los surfistas por satisfacer esa exigencia aún no han generado olas: cada vez que los hombres con trajes de neopreno clavaban la barra metálica en el lecho del arroyo, la corriente del Eisbach la desprendía.
Tao Schirrmacher, de 43 años, diseñador industrial y líder informal del equipo que busca generar la ola, dijo: "Es tan ridículo que podríamos recuperar la ola en 15 minutos, pero tenemos que pasar por todas estas molestias para demostrarle a las autoridades de la ciudad que podemos hacerlo con seguridad".
Durante más de tres décadas, la ola de Eisbach fue una atracción muy querida en Múnich; atraía a decenas de miles de visitantes al año y generaba imitadores en Múnich y en otros sitios de Europa.
Patrick Ritchie, de 63 años, de Bondi Beach, Australia --una capital del surf más tradicional--, visitaba el Eisbach durante unas vacaciones. "Estamos fascinados por esto", dijo. "¿Cómo se puede surfear con este frío, cómo se puede surfear en una ola tan pequeña?".
Al principio, la ola solo aparecía ocasionalmente cerca de un puente centenario en el sur del parque, el Englischer Garten. A principios de la década de 1990, un surfista llamado Walter Strasser intentó ingeniárselas para generarla a voluntad.
Strasser dijo en una entrevista que había pasado unas 300 horas probando diferentes configuraciones en el agua antes de encontrar una solución sencilla y fiable. Bajó una larga tabla metálica, utilizando cuerdas y cadenas, desde el puente hasta el agua. Una vez en su sitio, la rampa empujaba las corrientes hacia arriba para crear una ola constante.
"Sin la rampa, Múnich pierde un trozo de su alma", dijo Strasser, que ahora tiene 67 años, en una entrevista telefónica.
Instalar una tabla de madera cuesta unos 1200 dólares, dijo Schirrmacher, quien financió las sustituciones en varias ocasiones; compara el desembolso con el costo de un forfait de esquí.
Con el tiempo, se formaron largas filas en las orillas, sobre todo en verano. Los surfistas esperaban para subirse a la ola y permanecer en la cima el mayor tiempo posible antes de salir despedidos, derivar río abajo y volver a unirse a la fila: una mezcla entre surfear y montar en un toro mecánico.
Los espectadores se reunían en el puente para verlo.
Surfear la ola se hizo tan popular que los surfistas dedicados lamentaban la larga espera. Algunos traían linternas para surfear de noche; otros imploraban a una tienda de surf cercana que no alquilara tablas.
La ciudad, que se beneficiaba de los visitantes, toleró durante mucho tiempo a los surfistas y la rampa, e incluso instaló aros salvavidas y una lista de normas al borde del agua.
La primavera pasada, sin embargo, una surfista se ahogó después de que su cuerda de seguridad se enganchara en un obstáculo bajo el agua.
La ciudad investigó, e incluso desvió el agua durante algunos días, pero no pudo descubrir la causa exacta. Los surfistas afirman que la rampa artificial no estaba instalada en ese momento y que aquel día los sedimentos del lecho del arroyo habían creado la ola. La ciudad nunca ha culpado a la rampa de esa muerte.
En octubre, una vez concluidas las investigaciones, los trabajadores municipales limpiaron el canal. Pero la ola desapareció, dejando solo agua agitada.
La ciudad se niega a permitir que los surfistas instalen una nueva rampa, alegando problemas de seguridad y responsabilidad legal.
El alcalde de Múnich, Dieter Reiter, dijo que quería que volviera el surf, pero que tenía que hacerse de forma segura. "No te imaginas lo importante que es esta ola para Múnich, porque es la expresión de todo un estilo de vida", dijo en una entrevista.
Los surfistas dicen sentirse cada vez más frustrados. Algunos revivieron la ola con una rampa no aprobada durante la Navidad, pero las autoridades los frenaron, amenazándolos con multas.
La prueba de la barra metálica fue supervisada por Robert Meier-Staude, quien, además de ser un ávido surfista, es profesor de ingeniería mecánica.
Tras una hora intentando mantener la barra bajo el agua, Meier-Staude y el equipo se rindieron. Bajaron brevemente una tira de madera al agua, recreando temporalmente la técnica de la rampa no autorizada. Inmediatamente apareció una ola.
"Como ingeniero", dijo Meier-Staude, "es frustrante ver que existe una solución muy sencilla, pero que sencillamente no es bien acogida".
Christopher F. Schuetze es reportero de The New York Times en Berlín y cubre temas de política, sociedad y cultura en Alemania, Austria y Suiza.
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