El desequilibrio de la economía china se deja ver en el puerto más activo del mundo

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Para comprender cómo la economía china está viviendo ahora tanto los mejores como los peores momentos, pensemos en la ciudad portuaria de Ningbo, a dos horas en coche al sur de Shanghái.

El inmenso puerto de Ningbo recibe 150.000 barcos al año y es el más grande del mundo por tonelaje de carga. Una armada aparentemente interminable de petroleros y graneleros llega para descargar petróleo y grano importados, mientras que otros buques recogen decenas de miles de contenedores diariamente.

Los barcos que zarpan están abarrotados de productos manufacturados destinados a los mercados mundiales. Enormes portacoches, básicamente estacionamientos flotantes con una decena de plantas, transportan las exportaciones de automóviles de China, que aumentan rápidamente.

Repleta de fábricas que hacen de todo, desde telas y ropa hasta electrodomésticos y vehículos eléctricos, Ningbo ofrece una muestra completa de la destreza industrial de China. Su puerto y sus instalaciones manufactureras son el motor que contribuyó a impulsar el superávit comercial récord de China el año pasado.

Sin embargo, se puede ver un retrato muy diferente de la economía china varios kilómetros río arriba, en el río Yong, donde se alza el distrito histórico del Antiguo Bund, en el sitio del puerto del siglo XIX de Ningbo. Allí, los precios de la vivienda se han hundido, como en muchas otras partes de China. La construcción se ha paralizado y el gobierno municipal ha recortado gastos. El descenso del valor de la vivienda ha mermado el patrimonio neto de la clase media de la ciudad, lo que ha reducido el gasto de los consumidores.

El barrio restaurado del Antiguo Bund --donde hay galerías de arte, restaurantes y bares-- estuvo prácticamente desierto dos noches del mes pasado. Los cantantes de los bares cantaban a las mesas vacías. Los turistas evitaban aventurarse en ninguno de los establecimientos.

"La razón principal es que la gente no tiene dinero", dijo Sarah Jin, encargada de una tienda de inodoros en un mercado de materiales de construcción a las afueras de Ningbo.

En el mercado, la caída de las ventas ha sido desoladora: las ventas de la tienda de inodoros habían bajado un tercio, las del establecimiento de suministros de fontanería se habían desplomado un 70 por ciento y el negocio del vendedor de puertas había caído un 80 por ciento.

Los datos del gobierno indican que los problemas de Ningbo están empeorando rápidamente. Las inversiones en nuevos departamentos, edificios de oficinas, fábricas y otros activos fijos, antaño la piedra angular de la economía china, cayeron inesperadamente un 1,4 por ciento en 2024.

El año pasado se tocó fondo, según los datos de la Oficina Municipal de Estadística de Ningbo. La inversión en activos fijos se desplomó un 21,4 por ciento el año pasado.

En Occidente, los gobiernos nacionales aceleran el gasto durante las recesiones económicas para amortiguar el impacto. Pero en China, los gobiernos locales realizan la mayor parte del gasto, y durante mucho tiempo han dependido de la venta de terrenos y otras actividades relacionadas con el sector inmobiliario para obtener ingresos.

Cuando el sector inmobiliario cayó en picada, los funcionarios de Ningbo recortaron los gastos. El gasto de la ciudad cayó un 5,6 por ciento el año pasado, según la agencia municipal de estadísticas. En los años de auge anteriores a la pandemia, el gasto municipal había aumentado entre un 11 y un 13 por ciento anual.

Tang Feifan, alcalde de Ningbo, reconoció las dificultades de la ciudad en un discurso pronunciado la semana pasada. Ningbo carece de "seguimiento" en los grandes proyectos industriales, y existe una "presión continua sobre el crecimiento estable del comercio exterior y la inversión extranjera", dijo. "El potencial de consumo aún no se ha liberado del todo".

Solo las fábricas de exportación de la ciudad están prosperando.

"El mercado inmobiliario ha estado tan débil que ya casi nadie compra casas", dijo Jennie Yang, quien administra la tienda de suministros de fontanería. "Mi negocio depende ahora principalmente de clientes habituales de las fábricas para seguir funcionando".

Mientras las empresas locales pasan apuros, la potencia manufacturera de China sigue siendo un rayo de luz. A la tienda de inodoros de Jin le iba mejor que a otras tiendas de materiales de construcción, debido a la popularidad de los inodoros de alta tecnología con controles electrónicos y funciones similares a las del bidé, otro ejemplo de un mayor fortalecimiento de las capacidades técnicas de China.

Cuando ella entró en el sector hace ocho años, se importaban inodoros más caros y mejor equipados. Ahora proceden de fábricas chinas.

"China ya no necesita depender de las importaciones para muchas cosas: podemos producirlas nosotros mismos y, lo que es más importante, a un precio muy bajo", dijo.

Pero incluso el sector de la exportación tiene dificultades. El grave exceso de capacidad y los nuevos aranceles del presidente Donald Trump han provocado una caída de los precios, lo que ha paralizado los márgenes de ganancia de las empresas. Aunque las fábricas bullen de actividad, cada vez están más automatizadas, y eso reduce la necesidad de trabajadores.

La élite china, que antes era un mercado líder para los coches deportivos italianos y la alta costura francesa, ha frenado el gasto. Incluso una de las industrias más antiguas y famosas de Ningbo se está reduciendo: la producción de trajes de hombre hechos a mano, tremendamente caros.

Los trajes más costosos, hechos de lana de vicuña, se venden por hasta 100.000 dólares. Pero una de las sastrerías más conocidas de Ningbo, Yinyi Hongbang, vende ahora sobre todo trajes de unos 2000 dólares, hechos con telas menos caras.

"Hoy en día, los pedidos están cayendo en todo el país", dijo Young Liu, gerente de la tienda principal de Yinyi en Ningbo.

La debilidad económica ha causado descontento entre los residentes menos acomodados de la ciudad, que han perdido sus ahorros o luchan por encontrar un trabajo a tiempo completo. Aunque la censura y el poderoso aparato de seguridad de China mantienen en secreto las muestras públicas de malestar, es fácil encontrar atisbos de resentimiento.

"Todo el mundo se queja de lo difícil que es conseguir dinero, de lo difícil que es sobrevivir", dijo un residente de mediana edad que dio su apellido, Yang. "La gente está muy enfadada con el gobierno".

Ruoxin Zhang colaboró con investigación.

Keith Bradsher es el jefe de la corresponsalía de Pekín para el Times. Antes fue jefe del buró en Shanghái, Hong Kong y Detroit, y corresponsal en Washington. Vivió e informó en China continental durante la pandemia.

Ruoxin Zhang colaboró con investigación.