
Es poco probable que la mera reconstrucción de la industria petrolera, sin un cambio político y económico más profundo, transforme al país.
A mediados de la década de 1990, Venezuela parecía entrar en una edad de oro capitalista. El país estaba abriendo su industria energética nacionalizada, lo que atrajo capital extranjero y conocimientos empresariales. "No se podía encontrar un apartamento en Caracas", dijo Ali Moshiri, quien trabajaba para Chevron en aquella época y acudía con frecuencia al país para supervisar sus operaciones. "Era la fiebre del oro".
Pero en 1998, el precio del petróleo se desplomó y dejó un agujero en el presupuesto del gobierno. Los dirigentes del país recortaron drásticamente el gasto, lo cual sentó las bases para una reacción política negativa y la elección del populista de izquierda Hugo Chávez.
Después de la audaz captura por Estados Unidos del sucesor de Chávez, el dictador Nicolás Maduro, a principios de este mes, el presidente Donald Trump pintó un panorama económico halagüeño para Venezuela. Prometió que decenas de miles de millones de dólares de capital estadounidense fluirían al país y harían que Venezuela fuera "muy exitosa", y dijo que la intervención estadounidense ya estaba haciendo "que Venezuela vuelva a ser rica y segura".
Pero la historia del país demuestra que el capital extranjero por sí solo dista mucho de ser una garantía de éxito o estabilidad. La economía de Venezuela ha tendido a funcionar mejor cuando esa inversión va acompañada de unos precios del petróleo elevados --algo sobre lo que Trump tiene poco control--, junto con un gobierno que responda a las frustraciones populares por la corrupción y la desigualdad, cuestiones que parecen estar muy abajo en la lista de prioridades de Trump.
Es poco probable que la mera reconstrucción de la industria petrolera sin un cambio político y económico más profundo transforme a Venezuela en un país donde la riqueza esté ampliamente repartida, afirman los expertos. La mayoría de los países que dependen de un recurso natural como el petróleo son vulnerables a los auges y las crisis, y es inusual que consigan entrar en el grupo de las economías plenamente desarrolladas. Pero Venezuela tiene retos incluso bajo esos estándares
"Es un régimen dirigido principalmente por la ideología y una gran corrupción", dijo Jeffrey Davidow, quien fue embajador de Estados Unidos en el país a mediados de la década de 1990. "Esto no es Noruega construyendo un gran fondo soberano para su distribución".
La nacionalización suele ser recibida con horror por empresarios y economistas, pero cuando se produjo la nacionalización de la industria petrolera a mediados de la década de 1970, acompañó a lo que los venezolanos suelen describir como una "bonanza" económica. Con el precio del petróleo disparado en medio del embargo y las crisis de suministro de la época, la economía venezolana presumía de forma regular de una de las tasas de crecimiento más altas de Latinoamérica.
"La moneda era muy fuerte y, como consecuencia de ello, las importaciones eran baratas", dijo Néstor Carbonell, ejecutivo de PepsiCo en aquella época.
Eso era bueno para las empresas estadounidenses como Pepsi. Carbonell recordó que vivía con su familia en una hermosa villa de tres plantas con un exuberante jardín en una calle sin salida en Caracas. "La mayoría de las empresas eran muy prósperas", añadió.
Tan prósperas, de hecho, que los venezolanos atribuían al presidente que nacionalizó la industria petrolera, Carlos Andrés Pérez, el mérito de haber contribuido a transformar su país en la "Venezuela saudita".
Pero todo ese dinero del petróleo hinchó la burocracia estatal. La corrupción floreció y sectores clave de la economía se deterioraron. Al depender cada vez más de los ingresos del petróleo, el gobierno se hizo más vulnerable a las fluctuaciones de su precio.
Poco después de que Pérez dejara el cargo en 1979, el precio del petróleo empezó a bajar, y se produjeron brutales recesiones. Los venezolanos, con el recuerdo de los días de bonanza, devolvieron a Pérez a la presidencia una década después, a pesar del hedor a corrupción que lo había perseguido durante mucho tiempo.
Esta vez, Pérez se despojó de su populismo y contrató a un gabinete lleno de tecnócratas. Redujeron las subvenciones a los precios y vendieron empresas estatales, como los economistas habían recomendado durante mucho tiempo. También abrieron la industria petrolera a la inversión extranjera, una medicina muy parecida a la que hoy receta Trump. El entorno empresarial mejoró y atrajo a gente como Moshiri, de Chevron.
"Se percibe que Latinoamérica está en auge", dijo Bill Mullenix, quien supervisó las operaciones de Pepsi en Venezuela entre 1996 y 2000, en referencia a las perspectivas de entonces. "La gente habla de que vamos a tener un equipo de las Grandes Ligas de Béisbol en Caracas".
Tranquilizadas por lo que percibían como una mejora de la gestión económica del gobierno, muchas empresas ajenas a la industria petrolera también empezaron a invertir. Pepsi gastó más de 100 millones de dólares para construir una nueva planta y una red de distribución, dijo Mullenix.
Cada vez llegaban más extranjeros acaudalados, que se reunían en restaurantes y hoteles glamurosos, como el InterContinental de Tamanaco. "Era como el Fontainebleau en Miami Beach", dijo Luis Montoya, miembro desde hace mucho tiempo de la junta directiva de Pepsi en Venezuela. "El Tamanaco era, en la década de 1990, el lugar donde alojarse".
Pero la mejora del clima empresarial ocultaba una frustración latente que estallaba periódicamente. Se produjeron disturbios cuando el gobierno suprimió las subvenciones al gas, e incluso hubo intentos de Chávez y sus partidarios de derrocar al gobierno por la fuerza.
El gobierno parecía más preocupado por cortejar a los inversores extranjeros que por calmar el malestar interno. "El costo de la vida era muy alto y no había una red de seguridad social ni programas sociales", dijo José Guerra, economista que trabajaba en el banco central del país en aquella época. "Era un desastre".
Cuando el precio del petróleo se desplomó en 1998 y el gobierno recortó el gasto, fue como una chispa que encendió el sistema político del país. Los venezolanos tendían a creer que su país era rico, y que si no se beneficiaban, debía ser porque la élite política les estaba robando, dijo David Smilde, experto en Venezuela de la Universidad de Tulane, quien vivió en el país en la década de 1990. Chávez hizo campaña para recuperar la riqueza petrolera de Venezuela para el pueblo de Venezuela y ganó ampliamente las elecciones presidenciales de 1998.
Al menos al principio, el populismo de izquierda de Chávez pareció funcionar para la economía. Aunque su presidencia estuvo plagada de corrupción e ineficacia, el gobierno sí distribuyó los ingresos petroleros del país mucho más ampliamente que antes. Y lo que es más importante, el precio del petróleo estaba subiendo y había mucha más riqueza para repartir.
"Realmente empiezas a sentir un poco de impulso", dijo Mullenix, antiguo ejecutivo de Pepsi. "Desde nuestra perspectiva, hay dinero en la calle".
Su colega Montoya recordó que los volúmenes de ventas de Pepsi durante el gobierno de Chávez, a mediados de la década de 2000, fueron los más altos que se habían registrado nunca en Venezuela, y mucho más altos que en cualquier otro momento desde entonces. Un reluciente hotel Four Seasons abrió sus puertas en Caracas a principios de la década de 2000 y parecía señalar otro auge.
Entonces, la maldición del petróleo llegó también para Chávez. A finales de la década, su milagro económico se había deshecho por la caída de los precios del petróleo y unas políticas disfuncionales. Había sustituido a los tecnócratas de la empresa petrolera estatal por partidarios suyos y se había apoyado en su desdén por la democracia liberal. Había consolidado el poder al reescribir la Constitución del país y promulgar leyes unilateralmente, y había nacionalizado los activos petroleros extranjeros.
Pero incluso los críticos reconocieron que Chávez estaba en lo correcto al menos en un aspecto: el impulso de distribuir más ampliamente la riqueza petrolera de Venezuela.
"Creo que en este asunto Chávez tenía razón", dijo Guerra, quien más tarde representó a un partido de la oposición en la Asamblea Nacional. "La gente no veía que el auge del petróleo beneficiaba a la clase trabajadora y a los pobres".
Mientras Trump promete ayudar a reactivar la economía venezolana, el país lleva más de una década de corrupción a gran escala y de extraordinarias penurias para la gran mayoría de su población.
El precio del petróleo no está ayudando. Se sitúa en torno a los 60 dólares por barril, muy por debajo de donde estuvo durante gran parte del mandato de Chávez, y Trump ha indicado que quiere hacer bajar el precio.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha dicho que Estados Unidos controlará los futuros ingresos del petróleo para garantizar que beneficien al pueblo venezolano, y algunos expertos dicen que hay motivos para creer que se destinarán al presupuesto nacional y a financiar las escuelas y hospitales que el gobierno de Chávez construyó, pero dejó que se deterioraran.
Otros son más escépticos. Dicen que bombear más petróleo bajo el gobierno actual beneficiaría principalmente a la élite, lo que mantendría la corrupción y haría poco por ayudar a los pobres y a la clase trabajadora.
La medida adoptada por Trump es digna de elogio, dijo Carbonell, quien más tarde se convirtió en vicepresidente de asuntos gubernamentales globales de PepsiCo y en autor y comentarista de política latinoamericana, pero "no es la solución definitiva".
Para ello sería necesario cultivar un gobierno verdaderamente democrático que tratara de atender las necesidades de sus ciudadanos. Si se mantiene el liderazgo actual, añadió Carbonell, "levantar la economía beneficiará más a quienes están en el poder que a quienes forman parte de la población".
Noam Scheiber es un reportero del Times que cubre a trabajadores de cuello blanco y se enfoca en la paga, la inteligencia artificial, la movilidad descendente y la discriminación. Ha sido periodista durante más de dos décadas.
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