No gritar ni mirar fijo: cómo manejar el miedo a los perros

Se llama la cinofobia y se manifiesta con sudor en las manos, taquicardia y respiración acelerada. Consejos para evitarlo y tener una gran amistad con los perros

No gritar ni mirar fijo: cómo manejar el miedo a los perros (Getty Images)
No gritar ni mirar fijo: cómo manejar el miedo a los perros (Getty Images)

Todos les tienen algo de “respeto” a los perros grandes, pero cuando una persona se petrifica o siente algo de taquicardia al ver un can, tiene que saber cómo actuar con ese miedo desmedido. Lo que se da en esos casos es una cinofobia, es decir, una fobia a los perros.

La cinofobia se manifiesta con sudor en las manos, taquicardia y respiración acelerada, explica el psicólogo Johannes Rother, de un centro especializado en miedos, pánicos y fobias en Alemania. Algo muy típico del miedo a los perros es la petrificación cuando el can se acerca.

A los perros nada de eso parece importarles demasiado: no salen corriendo, ni se acercan de más adrede. Sin embargo, como los perros suelen reaccionar al comportamiento y a los gestos de las personas, los fóbicos deberían atenerse a algunas reglas básicas para que los perros sigan su paso sin darles demasiada importancia.

Evitar el contacto visual

Si el pánico es muy fuerte, es difícil mantener la calma. (AFP)
Si el pánico es muy fuerte, es difícil mantener la calma. (AFP)

Lo primero es no gritar, mantener la calma y no salir disparado. Si uno sale corriendo, el perro puede creer que queremos jugar. Lo mejor es mirar hacia otro lado para evitar que el perro malinterprete nuestro gesto como un llamado a entablar contacto.

Si el pánico es muy fuerte, es difícil mantener la calma. En esos casos puede que sirva hacer alguna terapia para saber cómo lidiar con el miedo. Entre otras cosas, las terapias aportan técnicas de relajación y distensión. El objetivo es poder vivir la vida cotidiana con normalidad, porque hay casos en que algunas personas incluso evitan salir de la casa para no toparse con un perro.

Muchas veces ese miedo desmedido es por experiencias en la temprana infancia. Tal vez alguna de las personas más cercanas haya transmitido ese miedo o uno mismo haya visto cómo alguien haya caído por el salto de un perro. Según Rother, son pocos los casos en que el pánico fue realmente provocado por algo tan traumático como una mordedura.

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