
La noche del 5 de abril será registrada en la historia del mundo como el parteaguas entre dos eras: la de la permisividad frente al crimen organizado y la del combate a ese flagelo. Desde ese momento, los criminales serán tratados como tales y los perseguidos políticos protegidos como tales.
Ese deslinde vendrá seguido de violencia ante la reacción de las bandas delictivas cuyo único objetivo es proteger la cadena de valor de los ilícitos pero también de una mayor movilización ciudadana en apoyo al refuerzo institucional de la región. Porque finalmente un líder ha puesto en claro de que se trata el combate ya ha asumido total responsabilidad por los hechos.
Desde hace demasiadas décadas comenzando con la ventanilla siniestra establecida en el banco central de Colombia para canjear dólares provenientes de ilícitos sin problemas hasta la fusión de estado con crimen organizado perpetrada por Jorge Glas, el proceso de penetración de las instituciones estatales por el malandraje regional había proseguido sin corta pisa alguna. Y así las democracias de la región fueron fagocitadas por el morbo criminal privando poco a poco a los ciudadanos de los servicios de seguridad y protección civil para luego invadir los de salud educación y transporte.

Y si bien es cierto que pocos están de acuerdo con la manera como se ejecutó el operativo de extracción de Jorge Glas de la embajada de México, el mundo hoy tiene bien claros dos temas: el primero, no puede haber asilo para criminales. El segundo, las democracias cuentan con instrumentos para defenderse de la penetración del crimen organizado y los van a usar.
Este avance, a mi juicio, tiene que ver con el arribo a las posiciones de dirección de una nueva generación. La mayoría de las nuevas generaciones de dirigentes latinoamericanos son lo que podríamos denominar ciudadanos hemisféricos. Porque muchos han culminado estudios de postgrado en Estados Unidos. En las universidades norteamericanas han encontrado otros estudiantes de países distintos a los suyos y eso los ha llevado a crear redes en la región. En segundo lugar, estas generaciones practican deportes lo cual les hace mucho más competitivos que sus antecesores. Por último, han sido testigos del auge y caída de los regímenes democráticos de la región.
Todo ello los ha llevado a ser mucho más pragmáticos a la hora de tomar decisiones, menos corporativistas y mucho más visionarios. Y cada uno de ellos está dejando un interesante impronta en la región. En Chile, Gabriel Boric ha manejado con tino el retorno del país al centro democrático y el relanzamiento de la economía. En El Salvador, Nayib Bukele ha devuelto a los hogares la tranquilidad de la seguridad ciudadana y aparentemente una mejoría notable de los servicios públicos. En Venezuela, María Corina Machado ha creado una fuerza ciudadana que por primera vez ha hecho temblar al régimen criminal que gobierna esa nación. En México, dos mujeres competentes e imaginativas pugnan por la presidencia en una justa cuyo desenlace sepultará el feudalismo opresor establecido por el PRI y disfrutado por muchos que no se atrevieron a hacerlo caer. Y en Ecuador, Noboa ha puesto el punto final al laissez faire frente al crimen organizado y ha mostrado el camino de combate con instrumentos que otorga el estado de derecho.
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