
Mucho se ha escrito sobre la muerte de Henry Kissinger, intentando capturar la esencia de su talento. Se trata de una tarea compleja porque Kissinger fue uno de los intelectos más distintivos del siglo 20, un periodo que, por sí mismo, fue sumamente complejo.
Para empezar, Kissinger era un hijo de la razón. Su pasión por los equilibrios de poder fue resultado de su convicción de que el ser humano debe ser sometido a controles para prevenir que sus pasiones afecten las decisiones que impactan a la colectividad. A su parecer, las emociones nublan la realidad e inspiran decisiones que acaban siendo perjudiciales para los involucrados. Así inicia un ciclo de decisiones equivocadas que conduce a otras aún peores, deteriorando la situación y abriendo puertas al caos.
El orden nacional e internacional debe ser mantenido como una prioridad absoluta, porque cuando este se quiebra, los actores toman iniciativas que, al no ser compartidas o comprendidas, llevan inevitablemente al caos, que trae consigo destrucción y muerte.
De ahí surge su tesis de la realpolitik, basada en la premisa de que cada Estado persigue en el orden internacional la protección de sus intereses, definidos como la conservación de la estatalidad y el progreso económico.
Los principios y valores morales no son parte del ámbito decisivo de los estados, sino de la práctica individual de los miembros de cada sociedad, quienes deben imprimir estos elementos en decisiones individuales y en sus relaciones con otros.
Así, la protección de los intereses de Estados Unidos, definidos como el mantenimiento del liderazgo político y defensivo de Occidente, exigía establecer controles a procesos que podrían erosionar los sistemas democráticos y los entendimientos entre estados, pilares del orden liberal que rescató a Europa del caos.
Es por eso que Kissinger dedicó su vida pública a identificar estados y liderazgos capaces de sostener un esquema de balance de poder de carácter mundial, con el objetivo de avanzar la causa de la democracia y el progreso económico.
El logro de la estabilidad a veces demanda el uso de la fuerza para confrontar radicalismos. Como Kissinger atestiguó durante la ocupación de Alemania, el mejor antídoto contra el autoritarismo es el establecimiento del estado de derecho, permitiendo canalizar las aspiraciones populares hacia una visión colectiva con metas políticas y económicas claras.
Sin embargo, muchos argumentan que en esta visión intelectual no hay espacio para alianzas con entidades que violen los derechos humanos o decisiones que implican muerte y destrucción para los pueblos. El problema con este razonamiento es que no considera el proceso de establecimiento del equilibrio ni las circunstancias particulares de la toma de decisión.
En la misma línea, el restablecimiento de equilibrios dentro de un conflicto bélico a menudo requiere medidas drásticas que acerquen la victoria y fin del conflicto.
Dentro de este contexto se debe analizar la obra de grandes líderes como Henry Kissinger, y dicho análisis debe fundamentarse en las condiciones del sistema internacional y las circunstancias de los actores principales junto con las alternativas existentes en ese momento.
Kissinger, desde luego, cometió errores en la aplicación de su realpolitik, relacionados con su poco conocimiento sobre las condiciones internas de las elites locales del Sur Global. Suponer que en América Latina los militares combatirían el terrorismo dentro de un marco de legalidad era ignorar el carácter feudal de muchas sociedades latinoamericanas.
Pero, a pesar de estos errores, recordaremos sus aciertos, como su legado intelectual a través de sus libros y sus jugadas geopolíticas que condujeron al debilitamiento terminal de la Unión Soviética y la extensión de la democracia liberal hasta Asia Central. Además, la nación creada por Mao Tse Tung ingresó en la modernidad, creando la clase media más grande del planeta. Estos logros son fundamentales para que la libertad avance de forma incontenible en nuestro mundo. Nuestro mundo del siglo XX se divide en antes y después de Kissinger.
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