
Lant Pritchett, investigador de la Universidad de Oxford, publicó a mediados del año pasado un provocador documento académico. El título explica por sí solo el enfoque del trabajo: “El crecimiento económico es suficiente y solo el crecimiento económico es suficiente” (énfasis del autor). De acuerdo con Pritchett y su coautor, Addison Lewis, “si bien existe amplia literatura que muestra una fuerte relación entre el PBI per cápita y métricas monetarias de bienestar (…), o medidas físicas directas en dimensiones específicas de bienestar como salud, nutrición, educación, acceso a saneamiento, o índices de pobreza multidimensional, nuestro argumento es que cualquier medida de bienestar básico plausible, general, tendrán una relación fuerte, no lineal, empíricamente suficiente y empíricamente necesaria con el PBI per cápita” (traducción propia). En otras palabras, ningún país tiene alto PBI per cápita, pero bajos indicadores de bienestar, y ningún país tiene altos indicadores de bienestar y (muy) bajo PBI per cápita.
Esta es una lección especialmente importante para países como el Perú. No son pocas las personas que construyen regularmente un argumento como el siguiente: “claro, el PBI del Perú puede haber subido, pero debemos dejar esa obsesión por el crecimiento de lado para enfocarnos en los temas que realmente mejoran la calidad de vida; después de todo, el PBI no se come”. La evidencia internacional apunta a que esta visión, aunque bienintencionada, es equivocada.
La lógica es bastante simple. A mediano plazo, no hay otra forma de pagar todo lo que cualquiera pueda entender como mejores condiciones de vida (ingresos, salud, educación, saneamiento, etc.) si no es con más crecimiento. Es aritmética básica. Puede haber una infinidad de maneras de reorganizar la provisión, la compra o la distribución, esquemas más colectivos o más individuales, más sofisticados o menos, pero al final todo tiene que salir del mismo pozo.
Y eso es lo que hace especialmente preocupante que el crecimiento del PBI peruano esté dando serios síntomas de desaceleración, tal como evidencia el IPAE Mide de IPAE Acción Empresarial* –sistema de monitoreo de indicadores clave del desarrollo del país–. El 2022, por poner un ejemplo, fue el primer año desde 2004 en que el Perú creció menos que el promedio de la región (excluyendo el 2020, un periodo particular para el mundo). De tasas de PBI potencial estimadas en 6% hace algo más de una década, ahora estas se hallan cerca de la mitad. Los estimados para el periodo 2023-2025 proyectan el crecimiento anual entre 2% y 3%.

Eso no es una velocidad adecuada para un país con un PBI per cápita, en paridad de poder de compra, de aproximadamente USD13,000, o casi la mitad que el chileno. Cuando Chile tenía esos niveles de riqueza promedio por habitante, hacia mediados de la década de los noventa, su velocidad de crecimiento promedio anual era más cercana al 5% o 6% que al 3% actual del Perú. Así, bajo cierta perspectiva, el Perú parece haber caído en la trampa de los ingresos medios antes de llegar a los ingresos medios.
Repuntar es posible. El Perú tuvo la velocidad de crecimiento más alta de la región -con excepción de Panamá y República Dominicana- en lo que va del siglo. Los cimientos que permitieron que el llamado milagro peruano sea posible -responsabilidad macroeconómica, una constitución política adecuada, población en edad de trabajar creciente, etc.- siguen ahí. Incluso el precio del cobre, principal producto de exportación, apunta a mantenerse alto por los siguientes años. Aprovechar este contexto económico al máximo, diría Pritchett, no solo es necesario para mejorar los estándares de vida; es suficiente.
*Desde IPAE Acción Empresarial se aporta así al seguimiento de la evolución del país, con la construcción del IPAE MIDE, sistema de monitoreo realizado por APOYO Consultoría e IPSOS Perú.

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