
La polémica sobre el avión venezolano-iraní detenido en Argentina no cesa. Los improperios que dispara el dictador Nicolás Maduro solo abonan más al terreno de suspicacia con que se maneja el caso de la aeronave Boeing 747 y sus tripulantes. Por algún motivo los sátrapas de Miraflores despliegan toda su maquinaria política y comunicacional para intentar liberar a los detenidos en Buenos Aires, sin importar que esto afecte sus lazos de amistad con el gobierno cómplice de Alberto Fernández.
Hay varias incógnitas detrás de este episodio que resulta de mucha preponderancia comenzar a desentrañar. Lo primero que hay que decir del avión es que no se hubiera sabido absolutamente nada de este escándalo si países como Uruguay y Paraguay no hubiesen alertado sobre sus vinculaciones. La administración de Fernández recibió alertas tempranas sobre esta aeronave y sus conexiones; sin embargo, desde un primer momento han tratado de minimizar lo sucedido. Resulta increíble que, a estas alturas, cuando la justicia argentina ha revelado que uno de los pilotos está relacionado con una organización terrorista de origen iraní, el gobierno de Fernández siga banalizando el hecho, percibiéndolo como algo habitual.
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Lo más triste del papel que está jugando el presidente Fernández es que está poniendo en tela de juicio hasta su dignidad. Ya no es solo un asunto de que no le importe la seguridad de los argentinos, que es algo sumamente grave, sino que no le importa que los personeros del régimen venezolano lo llamen “jalabolas”, “pelele” y “arrastrado” de los Estados Unidos. Tampoco parece quitarle el sueño que el principal canal de televisión de la dictadura de Maduro publique un spot donde califica el atentado de la AMIA de 1994 como un “falso positivo”. Ni siquiera hay una respuesta tibia a esos señalamientos, por el contrario, la respuesta del gobierno argentino a ese lenguaje soez es decir que en Venezuela, Cuba y Nicaragua hay democracia, o lo que es peor, vilipendiar el trabajo de su propio sistema judicial como lo hizo el embajador de Fernández en Caracas, quien declaró más como representante del régimen venezolano, que como representante de los argentinos.
Aunque el presidente Fernández se haga el ciego frente a lo evidente, lo cierto es que el tema del avión trascendió y ya no se puede tapar el sol con un dedo. Existe ya un despertar de las democracias latinoamericanas sobre este capítulo, y es que las pruebas que vinculan a Maduro y al régimen de Irán con el terrorismo y el narcotráfico son irrefutables.
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Es un avión que antes de estar en Argentina, había aterrizado en Irán, Rusia, México, Venezuela, Nigeria y la Triple Frontera (Paraguay), todos destinos donde confluyen organizaciones dedicadas al crimen organizado. Todos destinos donde existen sistemas judiciales frágiles, y donde los grupos al margen de la ley ejercen cierta autoridad. Lo segundo que hay que remarcar del avión es su tripulación y sus conexiones. El número de personas que en definitiva aterrizaron en Ezeiza no coincide con la lista que inicialmente estaba registrada en el plan de vuelo. Razón por la cual cabe preguntarse: ¿Qué ocurrió con el resto de la tripulación? ¿Se quedó un tripulante en la Triple Frontera?
Pero eso no es todo. Las pesquisas realizadas arrojan que uno de los pilotos habría formado parte de la llamada Guardia Revolucionaria iraní. Se conoce además que en uno de los teléfonos decomisados había distintas fotos que hacían alusión a elementos de combate bélico, como tanques y misiles. También llamaron la atención las imágenes de banderas con leyendas que decían “muerte a Israel”.
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Por otro lado, existen otros datos que no deben pasar por debajo de la mesa. La inteligencia de Paraguay ha establecido que uno de los tripulantes se operó incluso el rostro en Cuba para cambiar su identidad. Y, por si fuera poco, el mismo fiscal anticorrupción de Paraguay sostuvo que hay vínculos entre la tripulación del avión y la organización criminal que acabó con la vida del fiscal antinarcóticos de ese país.
Todo lo expuesto constituye un panorama nítido de una realidad que el presidente Fernández lamentablemente no quiere ver. Prefiere esconderse en posiciones ideológicas para no llamar las cosas por su nombre. Prefiere seguir percibiendo el fenómeno con un filtro político, sin importar que exista un trasfondo de seguridad para los propios argentinos que ya enfrentaron en el pasado dolorosos atentados terroristas planificados por grupos afectos a Irán. Prefiere seguir refugiándose en el discurso falaz de autodeterminación de los pueblos y de no intervención para no condenar la maquinaria de violaciones de DDHH que existe en Venezuela.
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Lo que está detrás del avión es una realidad muy visible: Maduro le abrió las puertas de Venezuela a un conjunto de actores como Irán que han convertido nuestro país en su santuario para llevar adelante acciones de desestabilización y subversión del orden democrático de la región. Eso significa que los venezolanos no estamos luchando solamente contra un régimen autoritario, estamos luchando también contra todo un entramado internacional que busca hacerse del control de los países para ponerlos al servicio de agendas antioccidentales y antidemocráticas. La aeronave que está detenida en Buenos Aires esconde precisamente lo que llevamos años denunciando: Maduro protege y se financia del narcotráfico y el terrorismo.
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