
En los próximos días comenzarán las celebraciones de tres festividades de las tres confesiones principales de Tierra Santa: el Ramadán musulmán, la Pascua judía y la Semana Santa cristiana. Y lo que debería ser causa de regocijo, lo es en realidad de preocupación.
La convergencia de las fiestas suele traer consigo un aumento de la violencia y sobre eso alertan los servicios de seguridad israelíes hace semanas.
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Sin embargo, las autoridades israelíes no contemplaban un escenario como el actual: tres ataques terroristas en el corazón de Israel en una semana, causando 11 muertos. Dos de los atentados fueron llevados a cabo por árabes israelíes, ciudadanos del país, con simpatías y lazos con el Estado Islámico. Muy malas noticias.
El terrorista del tercer ataque en la muy poblada ciudad de Bnei Brak, un suburbio al este de Tel Aviv, que acabó con la vida de cinco personas, era un palestino de Cisjordania cercano a la Yihad Islámica llevando a cabo el escenario más preocupante: un atentado por imitación de los dos anteriores.
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En las últimas semanas la retórica violenta de grupos terroristas como Hamás y Yihad Islámica, pero también de grupos de derechos humanos palestinos, ha subido algunos decibelios, ha habido una serie de ataques con arma blanca continuados en Jerusalén y Cisjordania y esa escalada ha desembocado en masacres a gran escala.
Es la lógica perversa del conflicto en el que se enfrentan las fuerzas de la muerte y la destrucción contra las de la vida y la construcción. Los palestinos fundamentalistas juraron destruir el Estado de Israel, ese principio los ha creado y los sustenta, y en eso invierten tiempo, energía y dinero.
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Viejos fantasmas
Israel no es ajeno a sangrientos ataques terroristas desde que se creó el país y si bien ha vivido olas de esa aguda tragedia, hacía más de 15 años que no se producían masacres como las de esta semana.
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Una semana en la que tuvo lugar la primera Cumbre de Sde Boker en la que se reunieron por primera, pero no última vez, cuatro países árabes que han normalizado sus relaciones con Israel, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Egipto, junto con Estados Unidos, y han hablado de retos e intereses comunes. Entre esos intereses y retos se encuentra la lucha contra el fanatismo y la violencia.
Todos ellos condenaron unánimemente los atentados que sacudieron a Israel estos días. La causa palestina manifestada en terrorismo cada vez queda más fuera de juego, como se ha podido comprobar.
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Y es que el terrorismo, aunque trate de destruir una idea en particular y a un pueblo en particular, fracasa cuando, como en este caso, mata a una diversidad: a dos jóvenes padres judíos ultraortodoxos (uno de ellos murió protegiendo a su bebé), a dos emigrantes ucranianos y a un policía árabe israelí cristiano. Todos ellos en Israel, sí, que es un país diverso y de acogida.
La ideología islamista fundamentalista y su manifestación terrorista debe ser hecha frente no solo en el terreno del micro, sino que tampoco hay que dejarla avanzar en el macro, oponiéndonos a los Estados y organizaciones que las abanderan, como si fuera una opción ideológica más y legítima entre todas las demás ideologías.
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Quien defiende la muerte frente a la vida no puede tener lugar en el foro de intercambio de ideas civilizado.
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