
El 3 de diciembre fue un día de tragedia y de vergüenza para el mundo musulmán, en especial para los musulmanes de Pakistán. Priyantha Kumara, una persona budista de Sri Lanka, que trabajaba en Sialkot (Pakistán) como dirigente de una fábrica, fue asesinado brutalmente a golpes y luego quemado a plena luz del día por una turba.
En los videos difundidos por las redes sociales se puede ver como decenas de hombres lo arrastran por las piernas mientras otros filman con sus teléfonos, llegando incluso a tomarse “selfies” frente al cuerpo de la víctima, que finalmente es incendiada en medio de la calle.
Kumara fue acusado por la turba de blasfemia, alegando que rompió carteles con representaciones islámicas. Incluso, en algunos videos se puede escuchar a la multitud coreando consignas como “Oh profeta del islam, estamos presentes”, un eslogan del partido de extrema derecha “Tehreek-e-Labbaik de Pakistán (TLP)”, que -entre sus principios- supuestamente tiene la protección de la santidad del profeta Muhammad. No obstante, no se encontró ninguna evidencia contra la victima de haber cometido blasfemia. Remitiéndonos a su familia y a su entorno cercano rechazan por completo esta acusación por improcedente no habiendo pruebas para semejante crueldad. Incluso, según varios informes, el ataque violento contra el dirigente de la fábrica fue impulsado por sus propios empleados, que lo acusaron de blasfemia, encubriendo en realidad las hostilidades personales que sentían hacia Kumara.
De hecho, conforme a la Constitución pakistaní, cualquier insulto o disrespeto al islam, por medio de palabras, representación visible o cualquier insinuación, es definido como blasfemia, cuya multa puede ser la “pena capital” en un caso muy grave. Entonces, un individuo puede ser acusado de blasfemia basado en meros rumores o rencores personales siendo las consecuencias extremadamente graves. En el año 2020 hubo 80 personas en Pakistán sentenciadas a la pena de muerte por blasfemia.
A su vez, los casos de presunta blasfemia en Pakistán se resuelven frecuentemente fuera de los tribunales, en actos de violencia masiva y ataques selectivos. A finales de noviembre, una multitud prendió fuego a una estación de policía después de que los agentes se negaran a entregar a un hombre acusado de blasfemia. En 2009, una localidad cristiana fue incendiada y seis personas fueron quemadas vivas en la ciudad de Gojra por su supuesto crímen de blasfemia.
Un caso destacado fue el de un gobernador de la provincia de Punjab, quien fue asesinado por su propia guardia tras defender a una mujer cristiana, Asia Bibi, quien fue acusada de blasfemia. El asesino del gobernador fue celebrado en Pakistán por varios sectores de la sociedad y tratado como a un héroe, mientras que Bibi fue absuelta tras pasar ocho años en el corredor de la muerte y emigró finalmente a Canadá tras recibir amenazas de muerte.
En Pakistán, la blasfemia también sirve como un escudo para perseguir a la Comunidad Musulmana Ahmadia, que fue fundada en la India en el año 1889 por Su Santidad Mirza Ghulam Ahmad. Los Ahmadis creen que el fundador de su comunidad es el Mesías Prometido de los musulmanes, cuyo advenimiento fue profetizado en los últimos días por el profeta Muhammad. Por tal creencia, los Ahmadis son acusados de blasfemia y se convirtieron en el blanco de violencia y persecución. Sólo en las últimas tres décadas, cientos de sus mezquitas y propiedades fueron ilegalmente expropiadas y más de 250 Ahmadis fueron asesinados brutalmente.
En resúmen, la blasfemia es una licencia abierta para eliminar y silenciar a cualquier opinión diferente, crítica e inconveniente.
No obstante, lo más preocupante y doloroso es que se justifica la blasfemia en nombre del islam. En realidad, no existe ningún castigo por blasfemia en las propias fuentes del islam, no hay un solo versículo del Corán ni un solo incidente en toda la vida del Profeta Muhammad, el fundador del islam, donde él hubiera mostrado alguna reacción violenta o castigado a alguien debido a sus actos injuriosos. Al contrario, el profeta era un modelo en garantizar la libertad religiosa y en respetar la libertad de opinión. El profeta con su propio ejemplo nos enseñó cómo hay que responder a la maldad con bondad, al odio con la paz y a los insultos con paciencia. No hay ningún permiso ni justificación para que un musulmán responda violentamente, incluso a provocaciones o actos blasfemos. Por lo tanto, corresponde a cada musulmán quien afirma amar al Profeta Muhammad, seguir su noble ejemplo y sus enseñanzas en vez de justificar falsamente en su nombre la violencia y el odio.
*Marwan Sarwar Gill es teólogo islámico y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina.
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