
Harold Evans falleció la semana pasada, a los 92 años. Quizás su nombre diga poco entre quienes buscan likes en las redes, pero se trata de uno de los grandes periodistas ingleses del siglo XX. “Un periódico es una discusión con hora límite. Si no hay debate, no se le puede llamar periódico”.
Se inauguró en el periodismo en un medio de las afueras de su ciudad natal, Manchester, el Ashton-under-Lyne Reporter. Un jefe le preguntó cuántos radios tenían las ruedas de las bicicletas que había en el periódico. “No lo sé, señor”, respondió Evans. “¡Haz preguntas, Evans!”, le dijo. Nunca lo olvidaría.
A los 38 años lo nombraron editor de The Sunday Times. Allí creó un equipo de investigación, Insight, para iluminar oscuridades de la sociedad británica: entre ellos se destacan los hechos que llevaron al Bloody Sunday, en 1972. Allí informó que quienes primero dispararon contra la manifestación pacífica fueron las armas del Primer Batallón de Paracaidistas del Reino Unido.
También se enfrentó a una de las grandes empresas farmacéuticas británicas, Distillers, a fines de los años 50. Ese laboratorio había lanzado al mercado la Talidomida, una droga diseñada para quitar las nauseas en las mujeres embarazadas. El problema es que esta droga tenía efectos secundarios atroces: niños que nacían sin brazos o piernas, con ceguera o corazones defectuosos.
Evans no se amilanó y logró que el que también era el principal anunciante del periódico tuviera que asumir indemnizaciones millonarias. En su radar estuvo también el caso Kim Philby, espía de los soviéticos, protegido por su misma clase social.
Cuando Rupert Murdoch llegó al Times con su mordaza tatcheriana, Evans renunció y se mudó a Estados Unidos con su nueva esposa, Tina Brown. Ella se convirtió en una estrella del periodismo como directora de las revistas Vanity Fair y The New Yorker. Evans estaba más allá de la gloria y jamás se resintió a ser el señor Harold Brown. Trabajó en Random House y editó libros memorables. Es posible que ahora converse en algún lugar con Ben Bradlee, uno de su talla.
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