
Un plan mal concebido y ejecutado de manera amateur. Una firma de seguridad sin dirección. Un ex boina verde de cuestionable profesionalismo y estabilidad. Un contrato que compromete al Presidente interino, Juan Guaidó, y a dos de sus colaboradores más cercanos. Un supuesto incumplimiento de los términos que obliga a preguntar porqué siguió adelante y—fundamentalmente—con financiamiento de quién.
Era la operación “Gedeón”, un desembarco con el objetivo de infiltrar y movilizar células militares. Y así propiciar una sublevación en las filas castrenses, capturar a Maduro y desalojarlo del poder. Pero no se adelante el lector, que no fue “Saving Private Ryan” de Spielberg sino más bien “Bananas” de Woody Allen.
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Ello por la inverosimilitud. Operacionalmente, se trató de dos barcazas de pescadores llevando alrededor de 60 comandos—no se conoce la cantidad exacta—a la playa de Macuto, a 34 kilómetros de Caracas, y a la localidad de Chuao, a 79 kilómetros de la capital. Cómo llegarían de allí a Caracas es una nota adicional que ilustra el disparate en cuestión, un conjunto de errores de todo tipo.
O bien una entregada completa. La “historia oficial”—del régimen, esto es—es que las dos embarcaciones habrían partido de Colombia y navegado desde allí hasta las localidades mencionadas. Un poco de geografía: invito al lector a observar el mapa y concluir por sí mismo si es posible navegar en barcazas de pescadores desde la Guajira colombiana hasta los estados venezolanos de Aragua y Vargas.
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Declaraciones inmediatas del propio Maduro sonaban como si hubiera estado en la planificación de la “invasión”. Aseguró que la misma “dependía de una convocatoria que lograra, desde la oposición extremista y golpista, desencadenar un conjunto de hechos violentos y crear una escalada con una impresión de desestabilización creciente. Lo sabíamos todo: qué hablaban, qué comían, qué no comían, qué tomaban, qué no tomaban, quién los financiaba”.
Pues suena que él mismo. Cabello lo había admitido a fines de marzo en su programa de televisión. Reconoció que la operación estaba abortada desde octubre de 2019, tal cual lo afirmó Juan José Rendón, asesor de Guaidó, pero continuó gracias a la logística e infiltración del régimen. Continuar con la aventura, precisamente, era el negocio de los “mercenarios”, a falta de mejor palabra.
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No es menor que los ex comandos estadounidenses arrestados llevaban sus pasaportes. Tómese ello como prueba de colusión: las fuerzas de elite jamás llevan sus pasaportes en misiones de inteligencia. Esto indica que Washington no tuvo nada que ver y sugiere la intención de los contratistas de ser identificados. Maduro exhibió los documentos de “los gringos” con orgullo impostado. Es cuestión de seguir la ruta del dinero: quién pagó y cómo.
Para muchos fue bochornoso pero, así y todo, me animo a declarar a “Gedeón” un éxito político de los demócratas venezolanos. Es el tercer intento reciente de rebelión militar. Óscar Pérez y su grupo, masacrados en enero de 2018, el alzamiento del 30 de abril de 2019 y ahora esta operación fallida. Ello indica la existencia de una masa critica de oficiales dispuestos a levantarse. Maduro cantó victoria, pero está cada vez más aislado y, por supuesto, más asustado.
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La naturaleza de la operación, capturar y llevar a Maduro a Estados Unidos, no es descabellada políticamente ni desde el punto de vista del derecho internacional. Ni mucho menos, Eichmann fue capturado en Argentina en 1960 y llevado a juicio en Israel. Los crímenes de Maduro tampoco prescriben. Miraflores bien podría ser su propia “calle Garibaldi”.
Entre tanta volatilidad la “oposición” venezolana que cohabita y colabora con el régimen (de ahí las comillas) aprovecha la coyuntura. De inmediato pidieron la cabeza de Rendón, quien salió a inmolarse con la prensa por su jefe, el Presidente encargado. Más vale que Guaidó lo defienda a capa y espada. Si entrega esa cabeza, seguirá la suya propia.
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Esta crisis obliga a los actores a definirse, ello siempre es bueno. Si Guaidó sucumbe, el régimen habrá logrado otro escenario propicio para la “solución negociada” que los colaboracionistas siempre reclaman. Volverán los diálogos ilusorios, las negociaciones ficticias y las elecciones fraudulentas de antaño. Y en el camino, el cese de la usurpación habrá sido otra esperanza frustrada.
El jueves pasado me entrevistó Carmen Aristegui sobre estos temas, una realidad que nos presenta un dilema sin precedentes: lograr la democratización con una organización criminal en el poder. Al concluir, le pregunté, ¿cómo harían los mexicanos para derrocar al Chapo Guzmán si él ocupara el sillón presidencial, antes en Los Pinos y ahora en Palacio Nacional? ¿Hay negociación posible con un cartel?
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Pues de eso se trata tener a Maduro en Miraflores. Esa es la trágica realidad de Venezuela y la amenaza para toda la región: un cartel de narcos en control de un Estado.
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