
Un contaminante hormonal presente en aguas residuales modificó el comportamiento reproductivo de los machos de Pimephales promelas en un lago experimental, durante un ensayo de 3 años dirigido por investigadores de la Universidad McMaster.
El compuesto analizado es el etinilestradiol (EE2), un estrógeno sintético empleado en anticonceptivos orales y otras terapias hormonales. Aunque las plantas municipales de tratamiento eliminan buena parte de esta sustancia, cantidades pequeñas pueden llegar a ríos y lagos.
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El estudio publicado en la revista Current Biology examinó qué ocurre fuera del laboratorio cuando los peces están expuestos a esta hormona. El seguimiento incluyó poblaciones de lagos cercanos sin EE2, lo que permitió contrastar sus conductas con las registradas en el ecosistema sometido al compuesto.
Más rivales alrededor de los nidos

Los investigadores añadieron dosis mínimas de EE2 al lago experimental y observaron a los machos antes, durante y después de la exposición. Los ejemplares conocidos como peces cabeza gorda suelen establecer un territorio, atraer hembras y vigilar los huevos depositados.
De acuerdo con el artículo publicado en Phys.org, durante el período de exposición hubo más individuos alrededor de los nidos activos. El aumento en la cantidad de ejemplares masculinos provocó una competencia más intensa, por lo que quienes se encargaban de esos lugares dedicaron más tiempo a proteger tanto su territorio como los huevos.
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La observación contrasta con lo que anticipaban ensayos controlados, ya que estudios anteriores habían sugerido que el EE2 reduciría la agresividad de los machos, pero el experimento realizado en el lago registró una rivalidad más intensa en torno a los nidos activos.

“Este es un excelente ejemplo de cómo los animales pueden reaccionar de manera diferente en el mundo real que en los experimentos de laboratorio”, explicó Karen Kidd, profesora del Departamento de Biología de la Universidad McMaster.
Kidd señaló que “cuando los peces viven en un entorno natural, su comportamiento se ve influenciado por la competencia y las interacciones sociales que son difíciles o imposibles de recrear en el laboratorio”.
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Menos cuidado y más competencia
El equipo concluyó que el EE2 cambió la dinámica social de la población. Durante la etapa final de exposición, los machos pasaron menos tiempo atendiendo sus nidos y esa tarea se dividió en más intervalos.
A la vez, realizaron más persecuciones contra los peces que se acercaban a los sitios de reproducción. El estudio atribuyó ese aumento de la agresividad a la mayor presencia de intrusos cerca de los sitios de anidación.

Los investigadores plantearon que esa redistribución del cuidado parental, con menos atención directa a los huevos y más episodios de defensa, pudo dificultar que los machos cuidaran por completo de su descendencia.
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“La hormona no solo afectó a los peces individualmente. Cambió las condiciones sociales en el lago”, afirmó Erin McCallum, profesora asociada de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas, quien codirigió la investigación con Kidd y Paul Blanchfield, del Departamento de Pesca y Océanos de Canadá.
McCallum agregó que “esos cambios tuvieron repercusiones en la reproducción de toda la población”. El hallazgo sitúa el efecto del contaminante más allá de alteraciones físicas o reproductivas que ya se conocían en la especie.
El laboratorio no reproduce la vida en un lago
Buena parte de las investigaciones ambientales se realiza en entornos controlados, donde es posible aislar el efecto directo de una sustancia. Sin embargo, esas condiciones controladas simplifican el entorno y limitan interacciones como la competencia por un nido, la defensa del territorio y el vínculo entre los integrantes de una población.
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El ensayo de lago completo permitió seguir esos factores durante un período prolongado. Según los autores, esta metodología ayuda a detectar respuestas complejas e impredecibles de la vida silvestre frente a contaminantes químicos.
“En el laboratorio, el entorno y las interacciones con los animales se controlan y simplifican; en estos experimentos a escala de ecosistema completo, observamos las respuestas complejas y a menudo impredecibles que se producen ante la contaminación química”, indicó Kidd.
La profesora sostuvo que este tipo de experiencias es valioso porque permite identificar “consecuencias que de otro modo permanecerían ocultas”. A partir de estos datos, los investigadores consideran que los riesgos ecológicos de la contaminación hormonal y de otros compuestos podrían estar subestimados.
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El equipo espera que los resultados ayuden a mejorar las evaluaciones de riesgo ambiental y los esfuerzos de protección de los ecosistemas de agua dulce frente a la contaminación hormonal.
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